DE LA REESCRITURA ILEGÍTIMA DE SÍ MISMO:
DEVENIR-CYBORG COMO PRÁCTICA CONTRASEXUAL

 

            Marcelo Navarro Morales[1]

 

Resumen:

Este trabajo analiza el devenir-cyborg como una impostura política contrasexual, en tanto reverso y accidente de la subjetivación fármaco-pornográfica. Nuestra hipótesis es que los seres humanos, en tanto objetos técnico-naturales de conocimiento, son capaces de desinscribir las verdades biológicas que se han hecho carne en sus cuerpos, por medio de un devenir-cyborg, es decir, la reescritura del archivo orgánico del cuerpo a partir de prácticas de experimentación que desencadenan micropolíticas de las percepciones y los afectos.

 

Palabras clave: tecnologías de subjetivación, devenir-cyborg, reescritura, accidente, contrasexualidad.

 

Abstract:

This paper analyzes the becoming-cyborg as a counter-sexual political imposture, as a reverse and accident of pharmaco-pornographic subjectivation. Our hypothesis is that human beings, technical-natural objects of knowledge, are able to un-inscribe the biological truths that have become flesh in their bodies, by means of a cyborg-becoming, that is, the rewriting of the organic file of the body from experimental practices that trigger micropolitics of perceptions and affects.

 

Keywords: subjectivation technologies, becoming-cyborg, rewrite, accident, contrasexuality.

 

RECEPCIÓN: 5 DE FEBRERO 2017/ACEPTACIÓN: 16 DE MAYO 2017

 

Introducción 

Si a alguien se le escapa un pedo
¿en qué medida ese aroma huele a una fuga del deseo?

Néstor Perlongher, Prosas plebeyas.

 

Perlongher plantea un problema: “¿Cómo abrirse a todos los flujos cuando el entramado institucional del imperio nos enseña a cerrarnos, a centralizarnos en un ego despótico, a no dejarnos ir, a controlarnos?” (66). Guattari y Rolnik (2006: 35), por su parte, se preguntan: “¿Cómo producir nuevos agenciamientos de singularización que trabajen por una sensibilidad estética, por la transformación de la vida en un plano más cotidiano y, al mismo tiempo, por las transformaciones sociales a nivel de los grandes conjuntos económicos y sociales?” (35). Estas interrogantes, en las cuales nos concentraremos, apelan a los dos planos en los que actúa todo movimiento político, el molar y el molecular, es decir, al plano de las estratificaciones que delimitan objetos, sujetos, las representaciones y sus sistemas de referencia, así como los flujos, los devenires, las transiciones de fase, las intensidades, (2006: 149). En definitiva, el plano de las tecnologías de subjetivación, por un lado, y por el otro, el plano de los cuerpos que, en su relación con dichas técnicas, devienen subjetividades con derecho a la enunciación y a la acción.

Si, como dice Deleuze (2016), no existe potencia mala, sino poderes malos que truncan las trayectorias vitales de las subjetividades en busca de colmar sus potencialidades, resulta necesario adentrarnos en lo que un cuerpo puede hacer más allá de lo que el poder organiza y dispone. A fin de sondear dichas potencialidades en el marco de lo que Paul B. Preciado ha denominado como “régimen fármaco-pornográfico”, nuestro objetivo es analizar el devenir-cyborg como una impostura política contrasexual, que impugnaría las modalidades de subjetivación serializadas y dominantes. Para acercarnos a dicho problema, en el primer apartado se asumirá un posicionamiento apologético de la relación entre la subjetividad y la técnica, con la intención de reivindicar el valor de la impostura política cyborg en la generación de procesos de subjetivación alternativos. En el segundo apartado se profundiza en dicho posicionamiento, planteando prácticas específicas de reescritura que hallan en el devenir-cyborg, en tanto accidente del proceso de subjetivación, la clave para la formulación de lo que Guattari ha denominado una pragmática de la revolución molecular.

 

De la relevancia de una postura tecnófila

Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu. 
Antonin Artaud, El ombligo de los limbos.

 

En la apertura de los flujos y los agenciamientos de singularización, en la disidencia identitaria y la fuga al ordenamiento biopolítico de los cuerpos, las subjetividades se encuentran con un problema: si el poder es “algo que también forma al sujeto, que le proporciona la misma condición de su existencia y la trayectoria de su deseo, entonces el poder no es solamente algo a lo que nos oponemos, sino también (…), algo de lo que dependemos para nuestra existencia y que abrigamos y preservamos en los seres que somos” (Butler, 2001: 12). Siguiendo a Haraway (1995) podemos calificar nuestros organismos como objetos técnico-naturales de conocimiento, siendo precisamente este el punto de tope de cualquier política de la disidencia, ya que en el acto por medio del cual devenimos objetos de conocimiento. Son asignados tales o cuales funciones y posicionamientos que, a su vez, nos dotan de inteligibilidad social y de una praxis específica para habitar el mundo.

 

Venimos al mundo con la condición de que el mundo social ya está ahí, preparando el terreno para nosotros. Esto implica que no podemos persistir sin normas de reconocimiento que sostengan nuestra persistencia: el sentido de la posibilidad que me pertenece debe primero ser imaginado desde algún otro lugar antes de que yo pueda empezar a imaginarme a mí misma. (…) No puedo ser quien soy sin recurrir a la socialidad de normas que me preceden y me exceden. En este sentido estoy fuera de mi misma desde el inicio y así debe ser para sobrevivir y para poder entrar en el reino de lo posible (Butler, 2006: 56).

 

La ampliación de este reino de lo posible a nuevos y futuros parajes juega en el debate en torno al lenguaje y el conocimiento, en torno a la tecnología y la ciencia. Desde estos espacios es pensado el reconocimiento político de las subjetividades, pero también, el de los seres vivos no-humanos y el de la naturaleza en su conjunto. Sin embargo, la idea de una subjetividad maquínica, la concepción del organismo como objeto técnico-natural orquestado tendenciosamente por una racionalidad instrumentalizadora de los cuerpos y la vida, nos puede precipitar a un aborrecimiento ingenuo de la tecnología, inevitablemente. Quizás hoy más que nunca nuestras formas de vida mantienen una estrecha vinculación con la técnica, siendo quizás, en la enfermedad, es decir, en las instancias de desosiego e inminente colapso del cuerpo, donde se pone de relieve la relación dramática de dependencia y sujeción entre el cuerpo enfermo, el poder y el saber. Es en estas circunstancias cuando apreciamos con mayor claridad el modo en que se desdibujan los límites entre el funcionamiento fisiológico natural y el conjunto de tecnologías abocadas a la suplementación del cuerpo.  Con esta salvedad en mente, con la idea del incuestionable valor de la ciencia en nuestras vidas, debemos volver a plantear la pregunta: ¿cómo recuperar, a la vez que resistirnos al saber y la técnica, el servicio de la dominación y del orden específico de los cuerpos, en condiciones de que nos precipitemos a un espacio social donde son éstas mismas quienes median y determinan nuestra voluntad de vida, al mismo tiempo que controlan y predisponen nuestras subjetividades a determinadas prácticas, deseos y/o afectos? 

            El capital, su fuerza técnica desarrolladora desatada durante el siglo pasado, se ocupó, tanto de la sujeción económica, como de la cultura de la sujeción subjetiva, mostrando que su esencia no se reduce al campo de la plusvalía económica, sino que también en la toma de poder sobre las subjetividades (Guattari y Rolnik, 2006). En otras palabras, la sujeción no se ejerce únicamente por la acumulación primitiva, es decir, por la privatización de los medios de producción denunciada por Marx, sino por una toma del poder sobre la subjetividad que pasa a través de la producción de un saber acerca del sujeto, de la producción de una verdad que los domine, distribuya y potencie, pero que a la vez, ejerza un corte sobre la realidad estableciendo jerarquías. Para Foucault en Las palabras y las cosas (2005), el hombre como objeto de conocimiento y la conformación de las denominadas Ciencias Humanas, serían fenómenos que emergen tardíamente, recién en el siglo XVIII, paralelo al triunfo de la burguesía y, por cierto, a la instalación progresiva del problema de la gubernamentalidad biopolítica; o sea, cuando fue necesario producir un conocimiento del hombre al servicio del control de los mismos.

            En palabras de Broncano (2009: 15), lo que mejor representa la situación ontológica del ser humano, con especial intensidad en la historia reciente, es el cyborg, es decir, la figura de los “seres que no saben lo que son, seres a los que no les deja saber lo que son, porque son interpretados por categorías dominantes, hechas de dicotomías que tienen en sí la semilla de la dominación y la exclusión”. Desde una perspectiva apologética de la confusión, Haraway (1995) plantea que a finales del siglo XX todos resultamos ser cyborgs, es decir, híbridos teorizados y fabricados con partes orgánicas-naturales y maquínicas-culturales. Así, la transición del robot al cyborg sería un marcador histórico que revela un tránsito “del capitalismo industrial, al capitalismo en su fase global, financiera, comunicativa biotecnológica y digital” (Preciado, 2002: 134). Este cambio ha contribuido a la ruptura de dicotomías que habían resultado hasta este punto cuestiones claras y distintas: humano, animal, natural, artificial, físico y no físico que se han tornado, paulatinamente, en cuestiones imprecisas (Haraway, 1995). Queda demostrada la profunda confusión de estos términos en lo que Sloterdijk (2006), siguiendo los planteamientos de Haraway, ha denominado como el giro-postestructuralista de la ciencia médica que, combinada con la biotecnología, han acabado por reducir el organismo a un problema de codificación y lectura y por tanto, a un objeto de conocimiento unitario, modificable y perfectible a partir del dominio de dicho código.

            Es lo que Preciado, en su libro Testo Yonki (2008), ha descrito como una nueva fase del capitalismo que ha convenido denominar régimen fármaco-pornográfico. Con este término, la autora hace alusión a la emergencia de una nueva generación de técnicas de gobierno de lo vivo, constituidas fundamentalmente a partir de dos tipos de tecnologías de subjetivación: la biomolecular (fármaco), y la semiótico-técnica (pornográfico), en los cuales tendría lugar la producción sociopolítica de las subjetividades en serie. En este contexto, el cyborg se torna clave para la formulación de una política emancipatoria, ya que aprovecha la ininteligibilidad de su cuerpo mixturado para empuñar las herramientas que marcan el mundo, las tecnologías de inscripción/subjetivación, y así realizar operaciones escriturales ilegítimas que reescriben los textos de sus cuerpos y de las sociedades, convencidos de que “la supervivencia está en juego en este duelo de escrituras” (Preciado, 2008: 304).

 

Del accidente como trinchera política

El que ha padecido tu abuso te conoce.
William Blake, El matrimonio del cielo y el infierno.

 

La escritura es la tecnología cyborg, puesto que la aspiración de ésta es empuñar las herramientas que describen el mundo para codificar de nuevo la comunicación y la inteligencia que los marcó como otredad y así subvertir el mando y el control (Haraway, 1995). En este sentido, el cyborg impugna la legitimad de la histórica hegemonía de la pluma masculina, en tanto pene metafórico que atribuye, un don creativo innato al hombre y, considera a la mujer como una superficie pasiva en la cual inscribir sus signos, es decir, como un sujeto caracterizado por la carencia de dicho poder de inscripción (Gilbert y Gubar, 1998). Por tanto, éste no está ubicado en una posición de exterioridad con respecto al poder que lo marca como otredad, sino que está inserto dentro de sus redes, resignifica su orden y su ley para transmutarla “en algo que se opone a sus propósitos originales y los desborda” (Butler, 2001: 112). Añade Foucault (2009: 123) que “el discurso puede ser instrumento y efecto de poder, pero también obstáculo, tope, punto de resistencia y de partida para una estrategia opuesta”.

Foucault ofrece como ejemplo de esta circunstancia, en apariencia paradojal, el caso de la sodomía. La aparición de los discursos psiquiátricos y jurídicos en el siglo XIX, si bien impulsaron múltiples controles sociales, también permitieron “la constitución de un discurso de rechazo: la homosexualidad se puso a hablar de sí misma, a reivindicar su legitimidad o su ‘naturalidad’ incorporando frecuentemente al vocabulario las categorías con que era médicamente descalificada” (Foucault, 2009: 124). Por su parte Certeau, en La invención de lo cotidiano (2000), coincide con estas aseveraciones al preguntarse acerca de lo que fabrican los consumidores insertos en el capitalismo, lo que absorben, reciben y pagan. La relevancia de esta interrogante se explica por la generalización actual de ciertas circunstancias sociales en las que el sujeto pierde su derecho de autoría y adviene como mero receptor pasivo de lo que el sistema le provee. Sloterdijk (2013) denominará a esto como “encorvadura autoperativa del sujeto moderno”. Sin embargo, pese a la tendencia general del cultivo de diversas instancias de pasividad, según Certeau los sujetos trazan continuamente trayectorias indeterminadas con el vocabulario de la lengua que han recibido, aun cuando ésta se encuentre sometida a sintaxis prescritas, ya que, de igual modo, construyen frases que denotan otros intereses y deseos que no están ni determinados ni captados necesariamente por el sistema donde se desarrollan: hacen que la lengua del orden funcione en otro registro, permaneciendo diferentes en el interior del sistema que los asimila, desviándolo sin abandonarlo.

En una operación equivalente, el cyborg desvía las lógicas y los usos prescritos de las tecnologías de subjetivación fármaco-pornográficas. El cyborg emprendería una lucha por el lenguaje, a favor de la libertad de producción de sentido, siendo el accidente la trinchera política desde la que opera “contra la comunicación, contra el código único que traduce a la perfección todos los significados” (Haraway, 1995: 302). Lo que caracteriza al cyborg es su capacidad de generar instancias de reapropiación del accidente, a la manera en que Virilio (1997) concibe este concepto: el accidente es aquello que señala lo negativo que se sustrae en lo que se presenta como positivo de las nuevas tecnologías, y que asume la forma de un milagro laico al revés, en el sentido de que, por ejemplo, la invención del avión o de la electricidad trajo aparejado, imprevisiblemente y por añadidura, la invención del accidente aéreo y de la electrocución. El accidente es la cara oculta del progreso tecnológico y aquello que los científicos y técnicos intentan evitar a toda costa, pero de todos modos, termina por ocurrir ya que “ninguna sustancia puede existir en la ausencia de accidente, ningún objeto técnico puede desarrollarse sin generar a su vez un accidente específico” (Virilio, 1997: 90).

El cyborg es un accidente del proceso de subjetivación de las tecnologías fármaco-pornográficas, ya que es el resultado imprevisto de una ciencia de la producción y dominación técnica de las subjetividades que emergiendo bajo el amparo del capitalismo y el patriarcado, accidentalmente ha producido este ser híbrido potencialmente capaz de desestabilizar el código único con que son codificados los cuerpos, capaz de liberar la racionalidad técnica de sus implicaciones en la naturalización del desequilibrio político entre las subjetividades. En definitiva, es el resultado imprevisto del proceso de sustitución de la metafísica esencializadora por una inmunología general, que tuvo lugar durante el siglo XX: en un vuelco imprevisto del destino, nuestro intento de alejar la otredad y producir artificialmente el hábitat egosférico inmune definitivo (Sloterdijk, 2013 y 2006), ha decantado en la producción de una subjetividad radicalmente otra que, emergiendo como un efecto de la técnica fármaco-pornográfica, ha adquirido la capacidad de reescribir su cuerpo.  Estas tecnologías, en su intento por producir, gestionar y potenciar formas específicas de deseo, han abierto modalidades inéditas de subvertir el orden de los cuerpos. Esto evidencia la propuesta de Foucault cuando afirma que “donde hay poder hay resistencia” (2009: 116).

La política feminista, planteada en los términos recién referidos, constituye una fuga con respecto a las grandes dualidades naturalizadas en que se organiza la vida social. Esta es una tentativa de singularización, un movimiento de desterritorialización, un cuerpo sin órganos, un devenir-cyborg. El cyborg no es una de identidad, el cyborg es la posición de resistencia, es la acción de desacato a este orden de los cuerpos, y como tal, se llega a serlo. Es decir, se deviene cyborg. Para Deleuze y Guattari (2002), una máquina dual roba los cuerpos para fabricar organismos oponibles, para constituir entidades molares. Así, la mujer, estaría “atrapada en una máquina dual que la opone al hombre, en tanto que está determinada por su forma, provista de órganos y funciones, asignada como sujeto” (2002: 277). 

Contrarios al discurso naif que propugna la posibilidad de una autonomía política, Deleuze y Guattari proponen que, en realidad, el sujeto tiene todo el cuerpo marcado “bajo un régimen que relaciona sus órganos y su ejercicio con la colectividad” (2004: 150). Asimismo, plantean que, con el objetivo de subvertir estas determinaciones ontológicas, la mujer y el hombre, en tanto entidades molares, deben devenir-mujer ya que todo devenir es minoritario. Desde esta perspectiva sería el hombre quien constituye el ser mayoritario por excelencia, no en el sentido de una mayoría poblacional, sino en el sentido que éstos han constituido un patrón con respecto al cual forman una mayoría dominante (Deleuze y Guattari, 2002). Por tanto, el devenir es siempre molecular y minoritario, y no consiste ni en imitar ni en identificarse con aquello en lo que se deviene, sino en “emitir partículas que entran en la relación de movimiento y de reposo, o en la zona de entorno de una microfeminidad, es decir, producir en nosotros mismos una mujer molecular” (Deleuze y Guattari, 2002: 275).

            Tal como veníamos prefigurando algunas páginas atrás, el sistema sexo-género es una “tecnología de dominación heterosocial que reduce el cuerpo a zonas erógenas en función de una distribución asimétrica del poder entre los géneros (femenino/masculino), haciendo coincidir ciertos afectos con determinados órganos, ciertas sensaciones con determinadas reacciones anatómicas” (Preciado, 2002: 22). Tomando en consideración que la finalidad de la deconstrucción del sistema sexo-género es que las subjetividades emerjan tan sólo como cuerpos hablantes, es decir, mero cuerpo depurado de la segunda naturaleza que se instala en torno a él como un velo para provocar el olvido del carácter artificioso, transitorio y contingente de las premisas por las que las subjetividades orientan su vida (Flusser, 2016). Resulta reaccionario utilizar el binomio hombre/mujer como entidades molares para producir una singularidad molecular, tal como lo hace Deleuze al plantear el concepto de devenir-mujer como el devenir que libra al sujeto de la experiencia dóxica del cuerpo masculino y femenino cooptados por la formación social (socius). El cyborg, al tensionar el binomio naturaleza/cultura, ubicándose exactamente en la frontera de estas distinciones, nos entrega un punto de partida más idóneo para abordar este problema.

En el régimen fármaco-pornográfico quien detenta la mayoría dominante, a la que hace alusión Deleuze no es el hombre, sino las subjetividades toxicopornográficas compuestas por bio-hombres y bio-mujeres los cuales “se identifican con el sexo que [se] les ha sido asignado en el nacimiento” (Preciado, 2008: 85), del mismo modo en que no es la mujer el devenir minoritario por excelencia, sino que las subjetividades cyborgs, compuestas por trans-hombres y trans-mujeres quienes “contestan esa asignación y desean modificarla con la ayuda de procedimientos técnicos, prostéticos, performativos y/o legales” (Preciado, 2008: 85). En otras palabras, habría que trocar la lógica de Deleuze, del hombre y la mujer que devienen mujer molecular desterritorializando su entidad molar masculina y femenina en una línea de fuga, por la del bio-hombre o la bio-mujer que devienen cyborg desterritorializando su entidad molar tóxico-pornográfica en una línea de fuga que escapa al circuito cerrado territorial de líneas de deseo específicas que los determinan.

De este modo, desde la perspectiva cyborg, el sexo y el género son tecnologías constitutivas de un sistema de escritura que dotan al sujeto de inteligibilidad social; mientras que el cuerpo, es “un texto socialmente construido, un archivo orgánico de la historia de la humanidad (…), en la que ciertos códigos se naturalizan, otros quedan elípticos y otros son sistemáticamente eliminados y tachados” (Preciado, 2002: 18).  En estos presupuestos se basa la práctica contrasexual, entendida como un procedimiento de reescritura de este cuerpo-texto, cuyo objetivo sería producir el fin de la naturaleza como orden que legitima la sujeción de unos cuerpos sobre otros por medio de la producción de formas de placer-saber alternativas a las prácticas sexuales naturalizadas (Ibid). La contrasexualidad supone una “recuperación revolucionaria de los medios (técnicos) que nos sirven para producir y para reproducir nuestras vidas” (Haraway, 1995: 74); por lo que es posible afirmar que en nuestra era técnica la libertad se juega en el devenir-cyborg, es decir, en las prácticas contrasexuales de desinscripción de los códigos a partir de los cuales el cuerpo ha sido producido como masculino, femenino, heterosexual u homosexual, aprovechando para dicho fin, y como vemos ahora, “los espacios erróneos, los fallos de la estructura del texto (…) [para así] reforzar el poder de las desviaciones” (2002: 18). 

Siguiendo los casos analizados por Preciado, es posible considerar como un ejemplo de la impostura política cyborg, el modo en que entrado el siglo XX, las tecnologías orto-arquitectónicas de producción del género y el sexo en el siglo XVIII, se convierten en objeto de una desviación por parte de la subcultura gay, lesbiana y sadomasoquista, quienes realizaron un uso político subversivo de estos objetos y prácticas. De este modo es posible comprobar que “toda práctica represiva es susceptible de ser cortada e injertada en otro conjunto de prácticas, re-apropiada por diferentes cuerpos e invertida en diferentes usos, dando lugar a otros placeres y otras posiciones de identidad” (Preciado, 2002: 87). Esta reapropiación de las técnicas de subjetivación es potencialmente extrapolable a todo conjunto de prácticas represivas, tanto en lo que respecta a técnicas duras, como las recién mencionadas, o a sus modalidades blandas farmacológicas, audiovisuales y/o lingüísticas.

Frente a las actuales condiciones sociopolíticas resulta imperativa la formulación de un feminismo que se ocupe de trazar líneas de fuga con respecto a los códigos con que el cuerpo, el género y el sexo, es representado y producido por la pornografía y la industria farmacéutica. La práctica hacker sirve a Preciado (2008) como un modelo de acción para lo que denomina como un feminismo molecular y postpornográfico. Del mismo modo en que los hackers usan internet y los programas copyleft como herramientas de distribución libre de información, “el movimiento fármaco-pornográfico copyleft tiene una plataforma tecno-viva mucho más accesible aún que internet: el cuerpo” (Preciado, 2008: 282). En las próximas páginas expondré prácticas específicas gender-copyleft de experimentación corporal y semiótico-técnica estudiadas por Paul B. Preciado, que posibilitan una exploración crítica contrasexual del modo en que nos constituimos como sujetos.

 

Hackers del género y el sexo: feminismo molecular bioterrorista y postpornográfico

La práctica bioterrorista de género apela a una reeducación del cuerpo y las afecciones, a partir de la administración de una sustancia química que genere cambios corporales opuestos al género identificado socialmente, a fin de interferir la decodificación corporal y auditiva de éste por parte de la máquina social: bio-hombres/mujeres que devienen trans-hombres/mujeres por medio del consumo de progesterona o testosterona respectivamente. En Testo Yonki (2008) Preciado relata el proceso de agenciamiento político de género que consigue mediante el consumo de testosterona y con ello de la virilización semiótico-técnica de su cuerpo, pudiendo acceder artificialmente a la posición hegemónica masculina.

A partir de esta práctica de autoexperimentación corporal, Preciado impugna los criterios de comercialización y distribución de estas moléculas hormonales que vedan a las bio-mujeres del acceso a la testosterona, siguiendo los lineamiento de una “metafísica naturalista del género que afirma la existencia biológica e histórica de dos sexos (hombre y mujer), dos géneros (femenino y masculino) y recientemente, dos sexualidades (heterosexual y homosexual) fijas e inmutables, fuera de las cuales se extiende un ámbito de desviación y patología” (Preciado, 2008: 149). Con este acto se deja en evidencia que la circulación libre de las moléculas de testosterona no estarían permitidas porque la masculinización hormonal de las bio-mujeres supondría una distorsión general del sistema de asignación del género y el sexo. Esto posibilita, además, el descentramiento de la hegemonía masculina naturalizada, cuya primacía se torna una prótesis cultural. Se trata de un mero posicionamiento al que puede acceder cualquier cuerpo por medio del consumo de esta droga y los cambios corporales que suscita. Si el bioterrorismo de género, por un lado, se ocupa de distorsionar la decodificación social de éste a partir de la ambigüedad producida por la administración de sustancias que generen una feminización de lo masculino y la masculinización de lo femenino, el postporno, por otro lado, se ocupa de erosionar las representaciones dominantes de género en la pornografía y desviar los códigos con que se rige el sistema sexo-género.

La pornografía enseña la praxis sexual tanto al sujeto hegemónico blanco, heterosexual, farmacológicamente suplementado y consumidor de servicios sexuales pauperizados. Este consumidor obtendría el privilegio de la invisibilidad pornográfica así como a su contraparte: los cuerpo-objeto pasivos de representación pornográfica, es decir, las mujeres, actores y actrices porno, putas, maricas, lesbianas, perversos, etc. (Preciado, 2008). Sin embargo, en oposición a la idea foucaultiana del cuerpo dócil, Preciado (2008: 184) propone que existe la posibilidad de subvertir críticamente estas representaciones a través de la invención de “otras formas públicas compartidas, colectivas y copyleft de sexualidad que superen el estrecho marco de la representación pornográfica dominante y el consumo sexual normalizado”. El postporno, concebido como una réplica deconstructiva del discurso pornográfico, tiene por objetivo desmontar las premisas sobre las que se asientan las representaciones dominantes de la sexualidad.

La postpornografía suspende y desvía los códigos semiótico-técnicos de la masculinidad y la femineidad, para producir un efecto crítico sobre este discurso, tensionando sus límites. Como lo deja entrever Preciado (2008), el movimiento postporno aspira a la puesta en performance de los códigos pornográficos dominantes (usar bigotes, cubrir el busto, usar pantalones con bultos en la zona pélvica, asumir una personalidad dominante, etcétera) por parte de los objetos pasivos de la representación pornográfica (mujeres, trans, lesbianas, etcétera). De esta manera se exhibe un conjunto de ejercicios de reprogramación semiótico-técnica, donde se pone en marcha “un proceso a través del cual un conjunto de tecnologías de producción de la identidad de género se activan o se desactivan de modo reflexivo” (Preciado, 2008: 266).

María Llopis ha visibilizado un conjunto de problemáticas de género asociadas a la violación y el deseo femenino, en una multiplicidad de performance y cortos que deconstruyen el imaginario pornográfico anclado en lo que podríamos reducir al binomio hombre-activo-violador-deseante/mujer-pasiva-violada-deseada. En el video Fantasía 21 María Llopis se graba amputando el sexo de su pareja sexual, para luego masturbarse con su miembro y ponerlo entre sus piernas para simular que mantiene sexo anal con él. El video termina con una voz en off que dice: “Si tú me has follado con mi polla, en mi agujero, ¿quién es el chico y quién es la chica?” (Llopis, 2010: 28). Por su parte, en el video El Belga, relata el modo en que engaña y viola a un extranjero de origen belga perdido y necesitado de alojo. Lo interesante de esta instalación, es la frialdad con que en el relato se reduce al sujeto a un objeto de su deseo, replicando en una voz femenina el discurso masculino que justifica la violación. 

Dislocando el sistema de significación con que se organiza el imaginario pornográfico, María Llopis en sus trabajos realiza una operación deconstructiva de descentramiento. En dichos trabajos la mujer, en una operación de reescritura de sí misma, pasa a detentar los atributos masculinos de fortaleza y posesión violenta del otro. Por su parte el hombre queda reducido a objeto forzoso de deseo y eunuco cuyo sexo amputado sirve de dildo de carne con que se le sodomiza. De este modo, es posible graficar cómo el rol de victimario se le asigna arbitrariamente al hombre, sin posibilidad de que posea el derecho, tal como la mujer, de ser víctima. Esto revela cierto sesgo discriminador en la categoría de femicidio, surgida a raíz de los asesinatos de mujeres.

 

De la erotización del ano

Deleuze y Guattari, (2004) en los dos tomos de Capitalismo y esquizofrenia, sustituyen el problema de la naturaleza (humana, animal, masculina, femenina, etc.) por la configuración maquínica de las subjetividades Los autores piensan un cuerpo no organizado según la imagen jerárquica, unitaria y piramidal con que convencionalmente es representado por la máquina social, equivalente a la experiencia corporal del esquizofrénico, que denominarán Cuerpo sin Órganos. La formación de este tipo de cuerpo tiene un propósito político, ya que “el cuerpo sufre por ser organizado de este modo, por no tener otra organización” (Deleuze y Guattari, 2004: 17).

Dentro de la imagen corporal del cuerpo organizado por la formación social, podemos ubicar centros anatómicos que detentan la posición más alta de la jerarquía, los cuales corresponden al cerebro y el corazón, y el pene. Por otro lado encontramos órganos dispuestos en lo más bajo de esta jerarquía como el ano: “el primer órgano que fue privatizado, colocado fuera del campo social, fue el ano” (Deleuze y Guattari, 2004: 148). Hocquenguem (2009: 72), por influencia directa de estas propuestas, plantea que, por un lado, el falo sería esencialmente social “el cuerpo está centrado en torno al falo como la sociedad en torno al jefe” mientras que, por otro, el ano sería esencialmente privado y determinante en la producción de la subjetividad heterosexual.

 

Los Santos Padres, temerosos de que el cuerpo nacido conociera el placer de no-ser-hombre, de no-ser-humano (…) pusieron en marcha una técnica para extirpar del ano toda capacidad que no fuera excremental. (…) El ano castrado se convirtió en un mero punto de expulsión de detritus: orificio en el que culmina el conducto digestivo y por el cual se expele el excremento. Puesto a disposición de los poderes públicos, el ano fue cosido, cerrado, sellado. Así nació el cuerpo privado. (…) Así nacieron los hombres heterosexuales a finales del siglo XIX: son cuerpos castrados del ano (Hocquenguem, 2009: 73).

 

Para Perlongher (2008: 37), influido de igual modo por estos autores, el control del esfínter es el paso decisivo hacia la instauración “del poder de la cabeza (logo-ego-céntrico) sobre el cuerpo”. El autor marca el ano como un punto de subjetivación de la identidad heterosexualidad que destina este órgano a la exclusiva función de la excreción y no la del placer. La privatización de este órgano, el control de los esfínteres, sería el primer objetivo de la tarea educativa familiar e institucional que, siguiendo un diseño sexopolítico del cuerpo ya prescrito, excluye esta zona de la economía libidinal para producir la subjetividad del heterosexual (Preciado, 2008). Los órganos reproductivos se tornan zonas generativas de la totalidad del cuerpo en una operación sinecdóquica de producción ontológica, mediante la cual, de acuerdo a determinadas características anatómicas, se signa el cuerpo como masculino o femenino. Asimismo, se le atribuye una determinada performance de género, en cuyo esquema los órganos considerados no sexuales (como el ano) constituyen meras zonas periféricas (Deluze y Guatarri, 2002: 173).

La erotización del ano sitúa a las subjetividades en una circunstancia de indiferenciación y ambivalencia, es decir, en un entre. A través del ano, transversal a todos los cuerpos, es que el sujeto retorna a una instancia previa a la subjetivación, del mismo modo que, al contrario, el rostro, el “sistema pared blanca-agujero negro” (Preciado, 2002: 173), es lo que allana el camino para que la subjetivación pueda manifestarse: el sujeto de la civilización, el humano, el hombre y la mujer, emergen de la disociación y el distanciamiento entre el rostro y el culo.

La apertura del ano clausurado cobra entonces una especial relevancia, ya que la concepción de éste como el órgano periférico por antonomasia, en oposición a la centralidad del pene y la vagina en el coito heterosexual, asienta las bases del sistema lógico identitario con que se instaura el ordenamiento heteronormativo de los cuerpos. Para Preciado (2002) la importancia que reviste la erotización del ano, convertido en centro-descentrador del coito vaginal, se explicaría por tres características que posee este órgano: (1) el ano es un órgano erógeno universal, por lo que no está supeditado a los límites anatómicos de la diferencia sexual: (2) es una zona de pasividad y excitación que no aparece dentro de los órganos erógenos prescritos por la anatomía; y (3) el ano es un potencial espacio de trabajo tecnológico que posibilitaría la reelaboración de un cuerpo no regido por los discurso normativos acerca del cuerpo y la sexualidad. La erotización del ano, por tanto, al mismo tiempo que descentra el pene y la vagina, le otorga a todos los cuerpos, de forma transversal, la posibilidad de experimentar placer en una zona interna del cuerpo, así como de retornar una instancia previa a la genderización, pero también, previa a la antropogénesis.

 

Del uso del dildo

Volviendo a la idea del accidente de Virilio, y bajo el presupuesto de que el sistema sexo-género es una tecnología subsumida y potenciada por el régimen fármaco-pornográfico, es posible considerar el dildo como un accidente dentro de este sistema, como un error de cálculo cuyos efectos catastróficos se propagan víricamente en el cuerpo social. El dildo, este objeto en cuya lógica se manifiesta el reverso del sistema sexo-género, constata la validez de las ideas de Montesquieu acerca de la tiranía como la más débil de las formas de gobierno, ya que por sí solo:

 

al no poder ser identificado como órgano en la oposición tradicional hombre/activo o mujer/pasiva (…) reestructura la relación entre el adentro y el afuera, entre lo pasivo y lo activo, entre el órgano natural y la máquina. Como objeto móvil que es posible desplazar, desatar y separar del cuerpo, y caracterizado por la reversibilidad en el uso, amenaza constantemente la estabilidad de las oposiciones dentro/fuera, pasivo/activo, órgano natural/máquina, penetrar/cagar, ofrecer/tomar… (Preciado, 2002: 70).

 

La tiranía del falo que atrae la energía libidinal y cuyo goce se transforma en la razón de ser de la heterosexualidad (Hocquenguem, 2009), es sustituido en este esquema por el dildo, cuya invención supone el final del pene como origen de la diferencia sexual al realizar una “operación de desplazamiento del supuesto centro orgánico de producción sexual [el pene] hacia un lugar externo al cuerpo [el dildo]” (Preciado, 2002: 65), en tanto producto de la tecnología, el dildo representa la naturaleza del órgano natural transformando y excediendo en su forma y talla, revelándose contra la dominación y la centralidad del pene en el coito heterosexual. El dildo contrasexualiza el cuerpo, es decir, hace que este devenga cyborg, trans-hombre o trans-mujer generando un error de codificación en las corporalidades que lo portan. En efecto, el dildo en el sistema sexo-género tan solo puede ser utilizado para la penetración vaginal que reafirma la posición naturalmente receptiva de la mujer. Sin embargo, este también puede ser portado, potencialmente, por una bio-mujer quien es capaz asumir y relavar la posición activa del bio-hombre.  De este modo, la relación heterosexual se libra de las posiciones sexuales naturalizadas que les son asignadas según sus sexos, permitiéndoles acceder a un placer y saber, que, de otro modo, ejerciendo una sexualidad según los parámetros normativos heterosexuales y pornográficos, se encontraría vedado para ellos. En esto consiste la ruptura epistemológica que introduce el dildo en sistema sexo-género, según Preciado y Lauretis.

En este sentido, siguiendo la lógica de Bataille (1998), el pene y el dildo mantienen entre sí una relación equiparable al león en relación a los demás animales: su reinado sobre los animales es solo aparente ya que el león, con respecto al movimiento de las aguas, es una ola más alta que derriba a otras más débiles, es decir, está en el mundo como agua dentro del agua. En devenir-cyborg la subjetividad equipara todos los objetos con forma fálica al mismo estatuto ontológico, es decir, el de una prótesis supletoria. Desde la perspectiva cyborg, el pene, una mano, una botella, están en un mismo nivel simbólico: todo objeto con forma fálica puede devenir dildo, todo dildo puede suplantar y exceder al pene. Mientras la pornografía representa el deseo femenino como un derivado de la potencia masculina, es decir, como un padecimiento, en razón de su carácter receptivo, en devenir-cyborg las subjetividades se libran de estos códigos y son capaces de afirmar la autosuficiencia del deseo, el carácter complementario, transitorio y, por tanto, no determinante de los acoplamientos sexuales.

 

Consideraciones finales en caso de objeción 

El devenir-cyborg no plantea tan solo la transformación del pensamiento del cuerpo molecular, también asume la posibilidad de generar una mutación en el nivel molar de la existencia colectiva, proveyendo al cuerpo social de prácticas y experiencias de reescritura de sí, “modos alternativos, disidentes, contraculturales de subjetivación” (Perlongher, 2008: 68). Siguiendo la senda trazada por Haraway, Preciado en el Manifiesto contrasexual (2002), realiza el primer intento por sistematizar las derivas políticas del devenir-cyborg. También sigue la tradición de Guattari (2006) y Perlongher (2008), con relación a la determinación de las bases de una pragmática de la revolución molecular; en el sentido de que posibilitaría la articulación de un movimiento político abocado a la liberación de flujos mutantes y descodificados que escapan y corroen los códigos dominantes de representación corporal. Usando los términos empleados por Deleuze para describir la lógica de lo social (citado por Seixas, 2005), esta pragmática política se concentraría en posibilitar la proliferación de líneas de fuga, de devenires minoritarios, que abolan y subviertan las líneas de segmentariedad dura seguidas por los cuerpos que, en consonancia con el género que se les fue asignado al momento de nacer, adhieren, reproducen y actualizan esta distinción ontológico-sexual, así como el conjunto de arborescencias que se desprenden del binomio hombre-mujer. En definitiva, se trata de un movimiento político abocado a la producción del diluvio (Deleuze, 2005).

Quizás podríamos impugnar la validez política de estas prácticas argumentando que no constituyen una política, que al contrario, reproducen en sus planteamientos la lógica de la espumización de lo real (Sloterdijk, 2006), reforzando el declive de lo público y erosionando cualquier posibilidad de constituir una comunidad organizada en contra del capital y sus técnicas, cada uno en su hábitat egosférico inmune, su célula de mundo propia cercada con gruesas murallas separados de todos, cada uno enfrentando a su propio cuerpo, a su ano, con dildos y hormonas haciendo ¿política? Sin embargo, las prácticas analizadas en este apartado están pensadas desde esta circunstancia sociopolítica, para y por la neutronización social, es decir, la reducción del tejido social a sus partículas elementales: “hemos llegado al punto en el que todas las formas compuestas parecen ser susceptibles de deconstrucción, desintegramos hasta alcanzar el nivel del neutrón” (Sloterdijk, 2003: 94). Plantear cada una de estas prácticas de autoexperimentación corporal como bastiones constitutivos de un potencial movimiento político, responde a que el concepto de naturaleza ha sido irremediablemente socavado y junto con ello, todo posicionamiento identitario reivindicativo inocente respecto del estado de cosas actual: si la naturaleza deviene objeto técnico, no es posible asumir un posicionamiento crítico desde categorías identitarias esenciales, ya sea de lo animal, lo femenino, lo homosexual o lo racial.

En lo posthumano hallamos el horizonte de nuestra política. Si una microfísica del poder ha cooptado las multiplicidades humanas y ha producido modelos identitarios en serie, uniformes, cerrados y dicotómicos, en cuya asignación se juega la inteligibilidad social del sujeto, es por la vía de la formulación de una micropolítica de las percepciones y los afectos (Perlongher, 2008) que combata los microfascismos que cada uno de nosotros, imperceptiblemente, está dispuesto a cristalizar. Es solo por este camino que conseguiremos ampliar el estrecho marco de inteligibilidad social en el que todo cuerpo se encuentra restringido.

Para Guattari (2006), combatir la maquina social, el capitalismo postindustrial, el régimen fármaco-pornográfico, depende de la cuestión de colocar la micropolítica en todas partes para salir del campo de la economía política y entrar en el de la economía subjetiva. Siguiendo el ejemplo de Preciado (2008: 157) y su cuerpo cyborg y testosteronado, debemos colocar la micropolítica “en nuestras relaciones estereotipadas de la vida personal, de la vida conyugal, de la vida amorosa y de la vida profesional, en los cuales todo es guiado por códigos. Se trata de hacer entrar en todos esos campos un nuevo tipo de pragmática”. El devenir-cyborg como práctica contrasexual es nuestra pragmática de la revolución molecular en tanto que constituye el esfuerzo por cristalizar una modalidad de lucha política que al mismo tiempo reeduca nuestros cuerpos y afecciones más íntimas. También disloca y pone al descubierto las contradicciones internas del sistema de producción de las subjetividades.

 

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[1] Universidad Austral de Chile, Chile. Correo electrónico: marnavarromorales@gmail.com