EL
DERECHO HUMANO A LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA PARA LAS MUJERES: UNA CRÍTICA DESDE
LA FILOSOFÍA FEMINISTA DE LA COMPUTACIÓN
THE
HUMAN RIGHT TO SCIENCE AND TECHNOLOGY FOR WOMEN: A CRITIQUE FROM THE
PERSPECTIVE OF FEMINIST PHILOSOPHY OF COMPUTING
Ismene Ithaí Bras-Ruiz[1]
Jaqueline Mena de Jésus[2]
Nuvia Yahaira Cruz-Pérez[3]
DOI: https://doi.org/10.32870/lv.v7i63.8094
Resumen
El objetivo de este texto es
argumentar la intersección crucial entre el feminismo, los derechos humanos y
la Ciencia y Tecnología (CyT), con énfasis en la Inteligencia Artificial (IA),
como un campo de análisis fundamental en el siglo xxi. Se aborda la subrepresentación histórica de las mujeres
en campos tecnológicos, especialmente en ciencias de la computación, como una manifestación
de desigualdad estructural que influye en el desarrollo y aplicación de
tecnologías digitales. La tecnología, lejos de ser neutral, incorpora sesgos y
valores tradicionales masculinos, perpetuando y reproduciendo desigualdades de
género a través de su diseño y uso. Aunque el derecho humano a la CyT incluye
tanto el acceso a beneficios como la participación activa en su creación y
desarrollo, su materialización plena para las mujeres es limitada. La escasa
participación femenina en el diseño tecnológico resulta en sistemas y
algoritmos que exhiben sesgos perjudiciales para las mujeres, a menudo por la
ausencia de perspectivas diversas en su desarrollo. Filósofas feministas
analizan estos sesgos desde la filosofía de la computación a través de tres
dimensiones críticas: la epistémica, que revela cómo el conocimiento
computacional está moldeado por sesgos masculinos; la ontológica, que examina
cómo la materialidad digital reconfigura nociones de corporalidad y género; y
la ético-política, que analiza la reproducción de desigualdades de poder y la
falta de seguridad digital sensible a las vulnerabilidades de mujeres y niñas.
Se subraya la urgencia de diversificar equipos, evaluar y corregir sesgos e
incorporar metodologías feministas en el diseño tecnológico para asegurar que
las tecnologías emergentes respondan a las necesidades de toda la población y
para reconceptualizar la seguridad digital desde una perspectiva de género e
interseccionalidad.
Palabras
clave: tecnología,
filosofía de la computación, derechos humanos, sesgos de género, mujeres
Abstract
The
objective of this text is to argue the crucial intersection between feminism,
human rights, and Science and Technology (S&T), with an emphasis on
Artificial Intelligence (AI), as a fundamental field of analysis in the 21st
century. The historical underrepresentation of women in technological fields,
especially in computer science, is addressed as a manifestation of structural
inequality that influences the development and application of digital
technologies. Technology, far from being neutral, incorporates traditional
masculine biases and values, perpetuating and reproducing gender inequalities
through its design and use. Although the human right to S&T includes both
access to benefits and active participation in its creation and development,
its full realization for women is limited. The limited participation of women
in technological design results in systems and algorithms that exhibit biases
that are harmful to women, often due to the absence of diverse perspectives in
their development. Feminist philosophers analyze these biases from the
philosophy of computation through three critical dimensions: the epistemic,
which reveals how computational knowledge is shaped by masculine biases; the
ontological, which examines how digital materiality reconfigures notions of
corporeality and gender; and the ethical-political, which analyzes the
reproduction of power inequalities and the lack of digital security sensitive
to the vulnerabilities of women and girls. The urgent need to diversify teams,
assess and correct biases, and incorporate feminist methodologies into
technological design is emphasized to ensure that emerging technologies respond
to the needs of the entire population and to reconceptualize digital security
from a gender and intersectional perspective.
Keywords: technology, philosophy of
computing, human rights, gender biases, women
Recepción: 04
de noviembre de 2024/Aceptación: 29 de abril de 2025
Introducción
El objetivo del siguiente texto es
argumentar cómo la intersección entre el feminismo, los derechos humanos, la
Ciencia y la Tecnología (CyT), la Inteligencia Artificial (IA) como un campo
emergente crucial de análisis en el siglo xxi.
La subrepresentación histórica de las mujeres en los campos tecnológicos,
particularmente en las ciencias de la computación, no es meramente un problema
de disparidad numérica, sino que representa una dimensión fundamental de la
desigualdad estructural que impacta el desarrollo y la implementación de
tecnologías digitales, desde las dimensiones epistémica, ontológica y
ético-política, que aunque se cuenta con instrumentos legales internacionales,
no se ha podido materializar en prácticas que realmente permitan que ese
derecho humano se materialice. La Inteligencia Artificial particularmente se ha
convertido en un campo que muestra un sin número de sesgos que provienen desde
sus fundamentos hasta la multiplicidad de aplicaciones que impactan en la vida
cotidiana de las niñas y mujeres, sobre todo para diseñar entornos seguros.
Filósofas feministas han argumentado
que la tecnología no es neutral, sino que está profundamente imbuida de valores
y perspectivas que tradicionalmente han reflejado una visión masculina del
mundo. La tecnología y el género se co-construyen mutuamente, lo que significa
que las desigualdades de género se materializan y reproducen a través del
diseño y uso de sistemas tecnológicos.
El derecho humano a la ciencia y la
tecnología, reconocido en varios instrumentos internacionales, adquiere una
dimensión particularmente significativa cuando se examina desde una perspectiva
de género. Este derecho no sólo implica el acceso a los beneficios del progreso
científico y tecnológico, sino también la participación activa en su creación y
desarrollo. Sin embargo, la realidad muestra una brecha significativa: las
mujeres continúan siendo minoría en los campos de la computación y el
desarrollo de software, áreas que
tienen un impacto fundamental en la configuración de nuestra sociedad digital.
Las consecuencias de esta subrepresentación
son profundas y multifacéticas. Los sistemas de inteligencia artificial, los
algoritmos de toma de decisiones y las interfaces de usuario frecuentemente
exhiben sesgos que perjudican a las mujeres, no por malicia intencional, sino
por la ausencia de perspectivas diversas en su desarrollo. La ética y los
valores están inevitablemente codificados en los sistemas tecnológicos,
haciendo imperativa la inclusión de voces y experiencias diversas en su
creación.
La incorporación de más mujeres en tecnología,
específicamente en computación, no es simplemente una cuestión de equidad
laboral, sino una necesidad urgente para garantizar que las tecnologías
emergentes respondan efectivamente a las necesidades y experiencias de toda la
población. Los sistemas actuales pueden perpetuar y amplificar las
desigualdades existentes.
Este análisis nos lleva a reconocer
que el derecho a la tecnología debe entenderse no sólo como el derecho a
acceder y utilizar tecnología, sino también como el derecho a participar en su
creación y configuración. La participación equitativa de las mujeres en el desarrollo
tecnológico no es solo un imperativo de justicia social, sino una necesidad
práctica para asegurar que las innovaciones tecnológicas sirvan verdaderamente
a toda la humanidad.
El argumento principal que atraviesa
el texto es el siguiente: la subrepresentación y exclusión histórica y
persistente de las mujeres en los campos de la ciencia y la tecnología,
particularmente en la computación y la inteligencia artificial, ha resultado en
la creación y proliferación de sistemas tecnológicos sesgados. Estos sesgos
perpetúan y amplifican las desigualdades de género existentes y la violencia
contra las mujeres en el ámbito digital, impidiendo así la materialización
plena de su derecho humano no solo a acceder a la CyT, sino fundamentalmente a
participar en su creación y configuración. Por lo tanto, lograr la inclusión
equitativa de las mujeres y la incorporación de perspectivas feministas en el
desarrollo tecnológico es esencial para garantizar tecnologías justas, seguras
y equitativas que sirvan a toda la humanidad. Para ello, el texto se divide en
tres secciones principales: la primera profundiza en las aportaciones de la
filosofía feminista a los sesgos en CyT desde las dimensiones epistémica,
ontológica y ético-política. La segunda analiza el derecho de las mujeres a la
CyT, sus instrumentos normativos y los obstáculos para su participación activa.
La tercera detalla la subrepresentación en tecnología, particularmente en IA, los
sesgos de género y propone soluciones.
1. Aportaciones feministas desde la
filosofía de la computación hacia los sesgos en la ciencia y tecnología
Si bien existen varias aportaciones
de mujeres filósofas que analizan críticamente las estructuras de poder que se
han dado en la CyT, reconociendo por una parte que la poca o nula
representación de las mujeres en estos campos se debe a configuraciones de la
ciencia en la que privan patrones y enfoques masculinos y patriarcales que
inhiben el ingreso de mujeres, por lo que el derecho al disfrute de la ciencia
y la tecnología, se lee como la falta de oportunidades, enfoques y necesidades
de las mujeres para actuar en estos campos. En este sentido, la filosofía de la
computación ha emergido como un campo analítico que expresamente han empleado
filósofas mujeres, que estudia los fundamentos conceptuales, ontológicos,
éticos y epistemológicos de la computación como fenómeno tecnocientífico y
social. A diferencia de la filosofía de la tecnología, este campo se centra
específicamente en cómo los sistemas computacionales transforman nuestra
comprensión de la mente, el conocimiento y los diversos fenómenos sociales. Entre
estos ha destacado particularmente el caso de la crítica que han establecido
varias mujeres filósofas en torno a la necesidad de examinar los límites de la
computación, sus sistemas así como sus resultados en función de los sesgos de
género que se dan en la CyT en relación a las necesidades, por parte de las
tecnologías de la información y el conocimiento (TIC) sobre las niñas y
mujeres, en tanto que grupos vulnerables.
El hecho de que la participación de
las mujeres en los campos de las matemáticas, la computación, los sistemas, la
ciencia de datos, etc., estén subrepresentadas, así como la falta de visión de
la currícula de los programas académicos, limita la posibilidad de que las
usuarias puedan ser tomadas en cuenta respecto a sus necesidades cotidianas,
incluyendo los espacios libres de violencia e inseguridad. Al respecto, las
siguientes mujeres filosófas del área de filosofía de la computación, han
establecido algunas pautas de análisis que posibilitan la formación sesgada en
las áreas del cómputo y la falta de mujeres en puestos de trabajo limiten las
opciones de que se vean realmente beneficiadas de la ciencia y la tecnología.
1.1
La dimensión epistémica
En cuanto a la primera dimensión, la
epistemológica, se revela cómo las formas de conocimiento y razonamiento
tradicionalmente asociadas con la computación han sido moldeadas por sesgos y
presupuestos masculinos. Donna Haraway (1991) y Lucy Suchman (2007), frente al
conocimiento situado y computacional remarcan la importancia de que todo
análisis siempre esté contextualmente ubicado, que tiene una influencia
cultural, que está construido socialmente y que siempre hay una mediación
corporal: "La tecnología no es ajena a las mujeres; puede ser una
herramienta de emancipación si se democratiza su acceso y producción"
(Haraway, 1991, p. 31). Lo anterior no es menor cuando pensamos que, por
ejemplo, en la aplicación de la inteligencia artificial, esta produce y
reproduce formas de conocimiento limitado, binario y masculinizado; priorizar
lo abstracto sobre las experiencias concretas, la universalidad sobre lo
particular, la eficiencia sobre la equidad y justicia y, especialmente, ignorar
las formas alternativas de conocimiento y razonamiento.
En este sentido es relevante el
trabajo de Sandra Harding (1996) cuya crítica advierte la necesidad de incorporar
una visión feminista en la tecnología de la computación mediante el
reconocimiento de que todo conocimiento siempre es situado, que hay
multiplicidad de perspectivas, que se requiere la reflexividad crítica y,
finalmente, que una computación objetiva debería considerar los distintos
contextos sociopolíticos: "La ciencia moderna se construyó sobre
exclusiones: las mujeres, al igual que otros grupos marginalizados, fueron
consideradas como objetos de estudio más que como productoras de
conocimiento" (Harding, 1996, p. 52). Esta apreciación computacional
introduce formas de conocimiento que van más allá de la lógica binaria y
determinista, incorporando elementos de indeterminación y emergencia.
Por otra parte, para Luciana Parisi
(2019) la construcción del conocimiento computacional se ha basado en una
racionalidad que privilegia la lógica binaria, el control y la predicción, que
son características históricamente asociadas con lo masculino. Sin embargo, las
nuevas formas de computación, especialmente en la era del aprendizaje
automático, están revelando límites en este paradigma. En este sentido, como
establece la autora, los cálculos algorítmicos no son otra cosa sino un reflejo
de una racionalidad ya preexistente.
Por su parte Katherine Hayles (2012)
y Safiya Noble (2018) argumentan que los sistemas computacionales no sólo
terminan incorporando los sesgos cognitivos sino que además reproducen y
refuerzan los sesgos de género mediante la selección de datos considerados como
importantes y relevantes, el procesamiento y análisis, las aplicaciones e
interpretaciones de resultados de interacciones digitales, y la validación de
ciertos conocimientos sesgados frente a las necesidades de las usuarias
mujeres. La supuesta neutralidad de los sistemas computacionales es una ficción
que oculta estructuras de poder y prejuicios profundamente arraigados.
1.2
La dimensión ontológica
En la dimensión ontológica la
intersección entre género, tecnología y existencia ha surgido como un campo
crucial en la filosofía de la computación contemporánea. Lucy Suchman (2007)
señala que la materialidad de las interfaces computacionales no es neutral,
sino que está profundamente imbuida de presupuestos de género que influyen en
cómo pensamos y nos relacionamos con la tecnología. Judy Wajcman (2004)
desarrolló una perspectiva crítica sobre cómo la materialidad digital ha
reconfigurado las nociones tradicionales de corporalidad y género. Su análisis
de la "tecnofeminidad" sugiere que las interfaces digitales no solo
reflejan sino que también reconstituyen las categorías de género. Esta
perspectiva se entrelaza con el trabajo de Katherine Hayles (2012) que ha sido
fundamental para examinar cómo la computación modifica nuestra comprensión de
las condiciones materiales de la existencia. Su concepto de
"tecnogénesis" sugiere que las personas y las computadoras
coevolucionan, creando nuevas formas de ser y pensar. Esto plantea preguntas
fundamentales sobre la naturaleza de la conciencia, la agencia y la
intencionalidad en sistemas computacionales cada vez más complejos, pero con
poca perspectiva de género.
Lo anterior se relaciona con lo que
ya Wendy Hui Kyong Chun (2011) argumentaba sobre que nuestras concepciones de
la conciencia artificial están profundamente influenciadas por presupuestos de
género, afectando cómo diseñamos y comprendemos estos sistemas. Su análisis
sugiere que la búsqueda de la conciencia artificial está inherentemente ligada
a nociones culturales de género y poder.
Rosi Braidotti (2013) propone desde
la lógica de la "ontología posthumana" la inseparabilidad de lo
material y lo digital en la existencia contemporánea. Su trabajo sugiere que
las tecnologías computacionales no son simplemente herramientas, sino que
constituyen un nuevo modo de ser que requiere repensar fundamentalmente las
categorías ontológicas tradicionales. Sherry Turkle (2011) ha sido pionera en
el análisis de cómo las tecnologías digitales influyen en la formación de
identidades y relaciones interpersonales. Su concepto de "yo
distribuido" sugiere que las tecnologías computacionales no sólo median
nuestras interacciones sociales, sino que fundamentalmente alteran cómo nos
entendemos a nosotros mismos y a los demás.
1.3
La dimensión ético-política
Finalmente, en la dimensión
ético-política, Helen Nissenbaum y Sherry Turkle han enfatizado las
implicaciones éticas y sociales de la computación ubicua. Sus trabajos señalan
cómo las tecnologías computacionales reconfiguran las relaciones de poder, la
privacidad y la formación de identidades en las mujeres. La revolución digital
ha transformado fundamentalmente las estructuras de poder y las dinámicas
sociales contemporáneas. Helen Nissenbaum (2009) desarrolló el concepto de
"privacidad contextual" para comprender cómo la computación ubicua
altera fundamentalmente las nociones tradicionales de privacidad en las que las
mujeres se ven inmersas. Su trabajo demuestra que la privacidad no es
simplemente una cuestión de control sobre la información personal, sino que
está intrínsecamente ligada a contextos sociales específicos y relaciones de
poder; en este caso queda claro que lo que se denomina como “vigilancia” no
garantiza la seguridad de las mujeres.
Danah Boyd (2014) extiende este
análisis al examinar cómo adolescentes y mujeres navegan y negocian sus
identidades en espacios digitales, revelando las complejas dinámicas de poder
que subyacen en estas interacciones. Al respecto, Virginia Eubanks (2018)
complementa este análisis al examinar cómo los sistemas automatizados de toma
de decisiones perpetúan y amplifican las desigualdades de género existentes
profundizando y aumentándolas.
En la misma línea, el trabajo de Safiya
Noble (2018) ha sido fundamental en hacer notar cómo los sistemas algorítmicos
reproducen y amplifican las desigualdades sociales existentes. Sus trabajos
demuestran que la aparente neutralidad de los sistemas computacionales oculta
sesgos profundamente arraigados que tienen consecuencias reales en la vida de
las personas vulnerables y marginalizadas. Cathy O'Neil (2016) profundiza este
análisis al examinar cómo las "armas de destrucción matemática"
perpetúan ciclos de desigualdad y opresión.
Frente a este panorama, Wendy Hui
Kyong Chun (2011) examina las posibilidades de resistencia y emancipación en el
contexto digital. Su trabajo sugiere que, aunque las tecnologías
computacionales pueden ser instrumentos de control y vigilancia, también pueden
ser herramientas para la organización política y la resistencia colectiva; como
los movimientos que han aprovechado los espacios digitales para visibilizar las
problemáticas, luchas, reivindicaciones de las mujeres frente a los relatos de
dominación. Judith Butler, desde la teoría queer, añade que la exclusión de las
mujeres en la ciencia también está ligada a normas de género rígidas: "El
acceso desigual a la tecnología refleja y reproduce jerarquías de género que
limitan lo que los cuerpos pueden ser y hacer" (Butler, 2004, p. 78).
De lo anteriormente expuesto se
puede establecer que la filosofía de la computación ha permitido formar algunas
discusiones que son fundamentales desde la perspectiva feminista y de género,
en tanto que, como veremos a continuación, una buena parte del disfrute del
derecho humano hacia la ciencia y la tecnología guarda diferencias y sesgos
sumamente marcados.
La exclusión de las perspectivas
feministas ha limitado la posibilidad de crear conocimiento que represente las
distintas necesidades y contextos. Por el contrario la naturaleza de la
construcción del conocimiento en cómputo y en todas las tecnologías de la
información, ha homologado un conocimiento que, llevado a su aplicación de la
vida digital cotidiana constriñe las libertades y el desarrollo de niñas y
mujeres. A su vez, la dimensión ontológica ha implicado el no reconocimiento de
las mujeres como usuarias con características y exigencias propias. Los
patrones de aprendizaje de la actual inteligencia artificial están marcando con
singular agudeza los sesgos de género. Es así que en su dimensión política, la
filosofía de la computación advierte en voces de distintas filósofas feministas
que la brecha de género paradójicamente aumenta, y la violencia, tanto hacia
niñas y mujeres como a otros grupos vulnerables, aumenta estrepitosamente. Esto
es en buena medida porque conceptos como el de seguridad digital se consideran
genéricos y universales, por lo que no hay una redefinición de la
ciberseguridad a partir de la experiencia que tienen las mujeres. Los sistemas
de gestión, los protocolos internacionales, las políticas públicas, los
discursos se han centrado en la idea de la “seguridad” como algo genérico y que
ataca a las personas sin distinción. La ciberseguridad tiene, antes que nada,
la intención de proteger la infraestructura crítica como del almacenamiento de
datos e información, entre las que se encuentra la de las personas. No
obstante, la computación y los sistemas de vida digital no consideran la
vulnerabilidad de niñas y mujeres en cuanto a la necesidad de contar con
ambientes libres de inseguridad y violencia.
La filosofía de la computación
también ha permitido generar ventanas de oportunidad para visualizar las
condiciones, problemáticas, críticas y exponer posibles soluciones no sólo
desde la necesidad de contar con el derecho al beneficio de la CyT, sino a una
que de manera clara reconozca la necesidad de la inclusión así como la
representación de las identidades y características de niñas y mujeres; para
consolidar un derecho al beneficio de la
ciencia y tecnología, también se debe dejar en claro aquello que no se ajusta a
la realidad, que no es sólo en contar o no con políticas de acceso a los
beneficios sino de poder ser partícipes en la conceptualización, diseño y
producción científico tecnológico. El siguiente esquema muestra la
interconexión de estas tres dimensiones.
Fuente: Elaboración propia con base
en las aportaciones de la filosofía de la computación al debate feminista y de
género.
2.
El derecho de las mujeres a la ciencia y tecnología
El acceso a la ciencia y la
tecnología ha sido reconocido como un derecho humano esencial para el
desarrollo pleno de las personas y las sociedades. En América Latina, este
derecho se ha abordado a través de diversos instrumentos internacionales y
regionales que buscan garantizar su ejercicio en consonancia con principios
éticos y filosóficos que enfatizan la justicia, la equidad y la dignidad
humana.
Es muy importante saber que la
participación de las mujeres en aspectos científicos y tecnológicos ha sido muy
limitada, aunque sus contribuciones han sido fundamentales. Durante siglos, las
mujeres fueron excluidas de los principales espacios de producción científica
debido a barreras formales, estructurales y sesgos de género que han
invisibilizado su labor. En la actualidad, con un mayor número de movimientos
sociales feministas involucrados, la situación de las mujeres en el ámbito en
ciencia y tecnología ha tenido una evolución que implica que ahora pueden
acceder a universidades y laboratorios, desempeñando roles muy importantes en
la investigación.
En el mundo, según González García
(2017), las mujeres representan el 28% de la comunidad investigadora, con una
mayor proporción en regiones como América Latina, donde países como Bolivia y
Venezuela tienen más del 50% de mujeres investigadoras. No obstante, señala que
aún persisten desigualdades, como la segregación en disciplinas, donde
predominan en áreas menos valoradas como las ciencias de la vida y su menor
presencia en campos como la física y la ingeniería. Es todavía sumamente
complicado articular la relación entre las normativas que garantizan el acceso
a la CyT de las mujeres y su participación.
En este marco, es imprescindible
analizar cuáles son los instrumentos normativos internacionales que garantizan
el acceso a los “beneficios”, pero que se diferencian de las políticas y
perspectivas sociológicas que permiten que las mujeres estén representadas e
integradas a la producción en CyT: "Una vida digna requiere no solo
satisfacer necesidades básicas, sino también tener oportunidades para
participar en los avances que definen nuestra época, incluyendo la ciencia y la
tecnología" (Nissenbaum, 2010, p. 45).
Todas las mujeres gozan de manera
general de los beneficios de la ciencia consagrado en el Artículo 15 del Pacto
Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC) de 1966
(Organización de las Naciones Unidas [ONU]), que establece que toda persona
tiene derecho a disfrutar de los beneficios del progreso científico y sus
aplicaciones. De igual manera, este artículo indica la obligación de los
Estados de adoptar medidas para garantizar el acceso a la ciencia y su
desarrollo, promoviendo así un entorno que respete la libertad de investigación
y fomente la cooperación internacional en cuestiones científicas (Rosalillo
Martínez, 2022).
Aunque no menciona explícitamente el
acceso a la ciencia y la tecnología, el artículo 27 de la Carta de los Derechos
Humanos establece que: "Toda persona tiene derecho a tomar parte
libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a
participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten"
(ONU, 1948). La promoción de la participación de las mujeres en CyT es
fundamental para alcanzar la igualdad de género, por lo que la resolución
A/RES/70/212 de la Asamblea General de las Naciones Unidas de 2015 estableció
el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia (ONU, 2015), con el
objetivo de lograr un acceso equitativo para las mujeres y niñas en estos
campos. Esta resolución enfatiza que sin una mayor representación femenina en
ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM por sus siglas en inglés: science, technology, engineering and
mathematics), se desaprovecha el potencial completo de estas áreas (CNDH,
2021). No obstante, un antecedente importante que supera la conceptualización
del “acceso” o recibir beneficio de la CyT, reconoció de manera previa mediante
la resolución 68/220, del 20 de diciembre de 2013 (ONU), que niñas y mujeres
deben también “participar” debido a que históricamente se les ha “excluído”.
Además,
existe el documento de la Organziación de las Naciones Unidas para la Educación
la Ciencia y la Cultura (UNESCO, 2017) sobre la Ciencia y los Investigadores
Científicos, en el que se destaca la necesidad de que los Estados promuevan la
participación inclusiva en la ciencia. A nivel regional latinoameriocano se
cuenta con el Protocolo Adicional a la Convención Americana en Materia de
Derechos Económicos, Sociales y Culturales (Organización de Estados Americanos,
1988), en cuyo artículo 14 establece el derecho a los beneficios de la cultura,
incluyendo el progreso científico y tecnológico, para ello los Estados deben
fomentar la difusión de la ciencia y garantizar su acceso sin discriminación.
Otro instrumento regional es la Carta Cultural Iberoamericana (Organización de
Estados Iberoamericanos, 2006), en el que se reconoce el derecho a participar
en la innovación científica y tecnológica como parte del desarrollo cultural.
Finalmente, la Agenda Digital para América Latina y el Caribe (eLAC)(Comisión
Económica para América Latinay el Caribe, s. f.), que si bien no es un
instrumento vinculante, sí promueve políticas públicas para reducir la brecha
digital y garantizar el acceso a las tecnologías de la información.
A pesar de estos avances, persisten
obstáculos como la desigualdad económica, la falta de infraestructura en zonas
rurales y la exclusión de grupos marginados. Como señala Nissbaum: "Los
derechos sólo se realizan cuando existen condiciones materiales e
institucionales que permiten su ejercicio efectivo" (Nissenbaum, 2010, p.
89).
Por su parte, Seyla Benhabib (2006),
desde la teoría crítica, enfatiza la importancia de la democratización del
conocimiento: "La exclusión de ciertos grupos de los beneficios de la
ciencia y la tecnología reproduce estructuras de dominación que contradicen los
principios de justicia deliberativa" (p. 112). María Lugones, a partir de
una perspectiva decolonial, cuestiona las jerarquías epistémicas que marginan a
las comunidades indígenas y afrodescendientes en el acceso a estos saberes:
"La colonialidad del poder se manifiesta también en quiénes tienen derecho
a producir y beneficiarse del conocimiento científico" (Lugones, 2008, p.
78). Estas reflexiones subrayan la necesidad de marcos jurídicos que garanticen
el acceso equitativo a la ciencia y la tecnología.
La educación en CyT, en general en
lo que también podría considerarse como STEM, se ha convertido en una
perspectiva fundamental para analizar materialmente la implementación de la
normativa y de las políticas públicas que garanticen el acceso al beneficio y
la participación de mujeres y niñas a los campos científico-tecnológicos del
mundo contemporáneo. Como se mencionó, la subrepresentación de las mujeres en
estos campos sigue siendo un tema de preocupación a nivel global (Domènech
Casal, 2019). Aunque el enfoque STEM busca integrar las disciplinas científicas
y técnicas para desarrollar habilidades críticas y resolver problemas
complejos, fomenta el pensamiento crítico y creatividad, la resolución de
problemas y la colaboración, las políticas internacionales y públicas aún no
cuentan con las estructuras y recursos suficientes para materializar la
participación activa e inclusión femenina. Aún cuando la educación STEM no sólo
prepara a los estudiantes para el mercado laboral, sino que también impulsa la
innovación y el progreso social, siendo importante en una economía cada vez más
tecnológica (International Science Teaching Foundation, 2022).
Según datos de UNESCO (2023), sólo
el 35% de quienes investigan en estos campos son mujeres y esta cifra disminuye
drásticamente en áreas como la informática, donde la participación femenina es
inferior al 12%. En América Latina y el Caribe, aunque el 41% de las personas
graduadas en STEM son mujeres, aún enfrentan barreras significativas para
ingresar y prosperar en el mercado laboral (ONU Mujeres, 2022).
Ahora bien, los obstáculos que
enfrenta el género femenino son variados y derivados de las barreras sociales y
culturales arraigados de la creencia patriarcal con la que hemos cargado desde
hace muchos años y que justamente coinciden con las tres dimensiones que en el
primer apartado se establecieron. Algunos de ellos son:
● Estereotipos de género: las normas
culturales y sociales pueden influir negativamente en las aspiraciones de las
niñas desde una edad temprana.
● Falta de modelos a seguir: la
escasez de mujeres en posiciones visibles dentro de STEM puede desincentivar a
las jóvenes.
● Brechas educativas: aunque las
mujeres se gradúan en tasas más altas que los hombres, su representación en
campos técnicos sigue siendo baja (Programa de las Naciones Unidas para el
Desarrollo [PNUD], 2024).
La baja participación femenina en
STEM no solo limita las oportunidades individuales, sino que también tiene un
impacto negativo en la innovación y el desarrollo económico. Las carreras STEM
son algunas de las más dinámicas y mejor remuneradas; sin embargo, la
subutilización del talento femenino impide que las economías alcancen su máximo
potencial (PNUD, 2024).
Adicionalmente,
los currículos de los programas educativos en CyT en general, no sólo no han
integrado perspectiva feminista y de género, sino que no incorpora
problemáticas específicas que del día al día perjudican, invisibilizan o
vulneran a las mujeres, generando que los múltiples sesgos se sigan
interponiendo en el desarrollo de mujeres y niñas. En resumen, los derechos
sobre la participación de las mujeres en ciencia y tecnología han avanzado
significativamente en las últimas décadas, respaldados por marcos normativos y
políticas de igualdad. Sin embargo, persisten desafíos como la segregación en
disciplinas y la representación limitada en campos como la ingeniería y la
física. Se necesitan espacios de debate sobre la materialización del derecho a
la CyT, encontrar las condiciones bajo las que se dan las subrepresentaciones
de las mujeres en la tecnología según los distintos contextos locales.
3.
Subrepresentación en tecnología y sesgos de género: el caso de la Inteligencia
Artificial
Los algoritmos, definidos como
“procesos sistematizados que reciben datos de entrada y devuelven datos de
salida” (Cumplido, 2021, p. 35), son componentes esenciales de la
infraestructura tecnológica, por lo tanto, son parte intrínseca en las
interacciones digitales. Básicamente, se trata de una serie de instrucciones
ordenadas lógicamente de acuerdo a un contexto bajo el que se espera una serie
de procesos con una finalidad. Es decir, que el poder que tienen los
algoritmos, se basa en su capacidad para recopilar, analizar y comparar
innumerables bases de datos (Siles González, 2023), lo que se vincula
fuertemente con el continuo uso de redes sociales, plataformas digitales e
inteligencia artificial, que más allá de mantenernos comunicados y transformar
nuestras formas de relación social, establece patrones y deducciones de
comportamientos, que impactan en la experiencia digital de millones de
usuarios.
En cualquier plataforma de redes
sociales, o todo sistema en el que se aplican algoritmos, el contenido que se
personaliza para cada usuario prioriza y condiciona los consumos, prácticas y
valores digitales de millones de usuarios. El resultado “[...] es que en
nuestras redes estamos rodeadas de personas con una visión homogénea, lo que
propicia que tengamos un fuerte sesgo de confirmación” (Cumplido, 2021, pp.
40-41). En este sentido, plataformas como Facebook, X (antes Twitter),
Instagram y YouTube han sido objeto de críticas que se centran en su
incapacidad para implementar filtros adecuados que bloqueen o detecten
contenido abusivo, así como en la reproducción de estereotipos de género, dado
que los algoritmos que priorizan contenido con estándares de belleza poco
realistas o roles tradicionales afectan la percepción de las mujeres y
refuerzan estructuras de discriminación.
En paralelo, la integración de IA
como una herramienta informática que precede y resuelve problemas ha sido
promovida como una tecnología transformadora por empresas como Google, Amazon,
Facebook, Microsoft y Apple (Sainz et
al., 2020), lo que resulta en una fuerte influencia en la conducta social y los
desafíos propiciados por las estructuras de dominación que prevalecen y toman
nuevas formas en la contemporaneidad. Para autoras como Cumplido (2021) el uso
de algoritmos en el desarrollo de IA sin una supervisión humana cuidadosa puede
fomentar “caldos de cultivo selectivos” que favorezcan cualquier tipo de
opinión y refuercen los sesgos discriminatorios, afecta la visibilidad de las
mujeres en las plataformas y limita su capacidad para influir en las narrativas
digitales.
En resumen, esta personalización fomentada
por algoritmos y fortalecida por redes sociales e IA pareciera inofensiva, pero
resulta especialmente problemática, al formar parte de ensamblajes sociales
complejos y contribuir en la normalización de sesgos que pueden fortalecer y
propagar estructuras que violentan a las mujeres (Siles González, 2023), por lo
que el derecho a la CyT se ve mermado e incluso violentado. La arquitectura de
los algoritmos que se usan con la Inteligencia Artificial presenta desafíos
para las mujeres debido a la falta de enfoque en sus necesidades y perspectivas
durante el diseño de estas herramientas. Esta omisión da lugar a una
experiencia digital en la que los estereotipos de género y el contenido hostil
hacia las mujeres se vuelven frecuentes, profundizando desigualdades y
consolidando dinámicas de dominación.
Esta carente perspectiva feminista
se traduce en una falta de inclusión en el contenido que se muestra a los
usuarios, lo que puede hacer que las mujeres se sientan invisibilizadas o
deslegitimadas en el espacio digital contribuyendo a consolidar la violencia
(física, digital, política, económica, cultural), en tanto no prevén la
posibilidad de corregir, evitar o suprimir estos sesgos, que no responden
exclusivamente a parámetros matemáticos o computacionales, sino que constituyen
elementos sobre los cuales, si hay voluntad, es posible operar (Ledesma, 2022).
Sin embargo, esta carente
perspectiva hacia las usuarias está fuertemente vinculada a la falta de mujeres
en el campo de la inteligencia artificial. Por poner un ejemplo: afecta las
experiencias que comparten día a día las personas que diseñan algoritmos,
sistemas y aplicaciones, que acaban filtrándose en forma de sesgos de género y
de otro tipo. Cada vez es mayor la preocupación por la existencia de déficits
en la calidad de los datos masivos que se extraen de la red, particularmente
respecto a los sesgos de género que tienen que ver con la baja representación
de mujeres y colectivos específicos en dichas bases de datos. Ello puede
conducir a conclusiones sesgadas y erróneas a partir de los mismos (Sainz et
al., 2020).
En consecuencia, los algoritmos
influyen entre otros en las oportunidades laborales, de crédito, de seguridad,
de participación política, etc. a través de redes sociales que pueden estar
sesgadas en contra de las mujeres, limitando su acceso a información y
oportunidades relevantes. Dicha situación es más preocupante cuando se
considera que actualmente no existen regulaciones externas, son las empresas
las que pueden aplicar códigos éticos de autorregulación en el diseño de los
algoritmos, así como auditorías internas para que estos respeten o no los
derechos humanos. Existen una multitud de códigos éticos creados por diferentes
empresas y autoridades, pero no hay sanciones si estos se incumplen (Aránguez
Sánchez, 2022).
En una investigación de American
Civil Liberties Union sobre Facebook se confirma que el sistema de anuncios de
esta plataforma se ha articulado a través de algoritmos, que ofrecían anuncios
diferentes dependiendo de si se dirigían al grupo masculino o femenino
excluyendo de esta manera a las mujeres de ver cierto tipo de anuncios. En
materia laboral, esto es contrario al principio de igualdad, por no ofrecer las
mismas ofertas de trabajo a hombres y mujeres (Aránguez Sánchez, 2022).
Mientras que otros estudios recientes ponen de manifiesto cómo las
investigaciones que abordan la falta de referentes femeninos (role models) en tecnología han tomado
siempre como referencia a mujeres blancas (caucásicas y rubias en la mayoría de
los casos), sin tener en cuenta la intersección de otras variables (raza, nivel
socioeconómico y otras identidades de género) en el perfil de mujeres
seleccionadas como referentes (Sáinz et al., 2020).
Según el World Economic Forum (2023):
“[...] los datos globales proporcionados por LinkedIn muestran una distorsión
persistente en la representación de las mujeres en la fuerza laboral y el
liderazgo en las distintas industrias” (p. 7). Para este organismo:
En
lo que respecta específicamente a la inteligencia artificial (IA), la
disponibilidad de talento en general ha aumentado, multiplicándose por seis
entre 2016 y 2022, pero la representación femenina en IA avanza muy lentamente.
El porcentaje de mujeres que trabajan en IA hoy en día es de aproximadamente el
30%, aproximadamente 4 puntos porcentuales más que en 2016. (World Economic
Forum, 2023, p. 7)
Lo anterior coincide con los datos de Linkedin (2023), que muestran
que las mujeres siguen estando significativamente subrepresentadas en la fuerza
laboral.
Otros estudios como el de Sainz,
Arroyo y Cataño (2020) hablan de que más del 80% del profesorado universitario
que se dedica a temas de inteligencia artificial está formado por hombres.
Mientras que, sólo un 13.8% de mujeres figuran como autoras, comparado con el
15.5% de mujeres que publican en otros ámbitos tecnológicos. Por último, menos
del 25% de las personas investigadoras en inteligencia artificial en
instituciones y organizaciones académicas son mujeres. En lo que respecta a la
investigación en el ámbito de las empresas, solo un 11.3% del personal
profesional de Google que han publicado sobre temas en arXiv (repositorio de
publicaciones científicas en física, matemáticas, ciencias de la computación o
ingeniería) son mujeres. De igual modo, un 11.95% del personal que investiga
sobre inteligencia artificial en Microsoft y un 15.66% en IBM son mujeres (Sainz
et al., 2020).
En cuanto a la presencia y
representación de mujeres en el campo de la ciberseguridad, los pocos estudios
con datos señalan que se trata de un ámbito mayoritariamente dominado por
hombres. De hecho, únicamente el 11% de las personas que trabajan en
ciberseguridad a nivel mundial son mujeres, mientras que en Norteamérica este
porcentaje asciende a un 14%; Europa tiene menos mujeres (sólo un 7% más que
Estados Unidos), desarrollando trabajos ligados a la ciberseguridad, a pesar de
tener niveles equiparables de industrialización (Sáinz et al., 2020).
Los datos presentados, manifiestan
una preocupante problemática para las mujeres en los entornos digitales que
evaden su presencia y el respeto a participar realmente de la CyT. Para mitigar
estos impactos, es fundamental incorporar una perspectiva feminista en el
diseño de algoritmos, esto incluye:
● Diversidad en los equipos de diseño:
asegurar que los equipos que desarrollan algoritmos incluyan voces diversas,
especialmente de mujeres y personas de diferentes géneros.
● Evaluación de sesgos: implementar
procesos de auditoría para identificar y corregir sesgos en los algoritmos,
promoviendo un enfoque más equitativo en la curación de contenido.
● Educación y sensibilización: fomentar
la conciencia sobre la importancia de la perspectiva de género en el diseño
tecnológico, tanto en la formación de diseñadores como en la creación de
políticas dentro de las empresas.
A pesar de las medidas que se han
venido desplegando para superar la escasa diversidad en los entornos ligados a
la inteligencia artificial, los sesgos en el diseño y creación de tecnologías
replican y son un reflejo de los sesgos de género existentes en nuestras
sociedades.
Conclusión
A pesar de los avances teóricos y
normativos, la materialización efectiva del derecho humano a la ciencia y la
tecnología para y hacia las mujeres enfrenta obstáculos significativos que
requieren un análisis detallado. Diversos instrumentos internacionales y
regionales reconocen este derecho, desde el Artículo 15 del PIDESC sobre el
disfrute de los beneficios del progreso científico y el Artículo 27 de la Carta
de los Derechos Humanos que incluye la participación en el progreso científico.
También resoluciones específicas como la A/RES/70/212 que establece el Día Internacional
de la Mujer y la Niña en la Ciencia y la resolución 68/220 que reconoce la
histórica exclusión y la necesidad de participación activa. A nivel regional,
instrumentos como el Protocolo de San Salvador y la Carta Cultural
Iberoamericana refuerzan el derecho al progreso científico y tecnológico. La
Agenda Digital para América Latina y el Caribe, aunque no vinculante, promueve
políticas para reducir la brecha digital. Sin embargo, la realidad muestra una
persistente subrepresentación. Las estadísticas globales indican que solo un
28% de investigadores son mujeres, con cifras que varían regionalmente pero
disminuyen drásticamente en áreas como la informática, donde es inferior al
12%, a pesar de que en América Latina el 41% de los graduados STEM son mujeres.
Esta brecha se atribuye a obstáculos socioculturales arraigados, como
estereotipos de género que influyen negativamente desde la infancia, falta de
modelos a seguir visibles en posiciones STEM y brechas educativas persistentes.
Adicionalmente, los currículos educativos en CyT a menudo carecen de una
perspectiva de género y feminista, no incorporando las problemáticas y
necesidades específicas de las mujeres, lo que contribuye a la perpetuación de
sesgos. Superar estos desafíos es crucial no solo para la equidad, sino para
garantizar que el avance científico y tecnológico beneficie a toda la sociedad.
En el ámbito de la tecnología, y
particularmente en la Inteligencia Artificial, la subrepresentación femenina se
manifiesta de manera aguda en los sesgos codificados dentro de los algoritmos.
Los algoritmos, fundamentales en la infraestructura digital, procesan grandes
bases de datos y configuran la experiencia en línea, pero su diseño a menudo
carece de una perspectiva que considere las necesidades y realidades de las
mujeres. Esto lleva a que sistemas de IA y algoritmos de personalización
perpetúen y amplifiquen las desigualdades existentes, actuando como "armas
de destrucción matemática". Ejemplos concretos de estos sesgos incluyen
sistemas de publicidad en plataformas como Facebook que excluyen a mujeres de
ciertas ofertas laborales, violando el principio de igualdad o la selección de
modelos de referencia en investigación que priorizan mujeres blancas sin
considerar la interseccionalidad. Un problema grave es la falta de regulaciones
externas vinculantes. La responsabilidad de identificar y corregir sesgos recae
principalmente en códigos éticos internos de las empresas, los cuales, aunque
existen en multitud, carecen de sanciones por incumplimiento. Esta dependencia
de la autorregulación permite que las empresas decidan si respetan o no los
derechos humanos en el diseño algorítmico. La ausencia de mujeres en los
equipos de diseño contribuye a que las experiencias y vulnerabilidades
específicas de las usuarias no se consideren, resultando en entornos digitales
que pueden ser hostiles, invisibilizar y contribuir a la violencia digital. La
necesidad de aumentar la participación femenina en campos como la computación y
la ciberseguridad (donde solo representan el 11% globalmente) es, por tanto,
una medida esencial para construir sistemas más justos, seguros y equitativos.
Se necesita ampliar no solo la base
de niñas y jóvenes que se integren a las ciencias y las tecnologías por un tema
de cuotas de género, justicia social o reconceptualización de las mismas
tecnologías; sino porque su participación supondrá que las necesidades
contextuales habrán de considerarse como motores y aplicaciones tecnológicas no
sesgadas. Como señala Nissenbaum (2010) de lo que se trata es de trabajar
conjuntamente para que las actuales inclinaciones en cómputo que se dan se equilibren
en favor de los grupos vulnerables.
Esta reconceptualización
epistemológica es fundamental para desarrollar sistemas computacionales más
equitativos y representativos para las mujeres. Como señala Judy Wajcman (2004),
no se trata solo de incluir más mujeres en la computación, sino de transformar
fundamentalmente cómo entendemos y validamos el conocimiento en este campo. La
dimensión epistemológica, vista desde una perspectiva de género, nos invita a
repensar no solo qué conocemos a través de la computación, sino cómo conocemos
y quién define lo que cuenta como conocimiento válido en este campo.
No hay que olvidar que la
experiencia de las usuarias tiene correlatos emocionales, psicológicos y
físicos. La experiencia de lo digital
entraña relaciones de poder mediadas (Parisi, 2019), pero también directas
sobre los cuerpos, los discursos y de las mujeres (Powell y Henry, 2017). La
inteligencia artificial en este sentido puede ser un campo que permita
potencializar la necesidad de una ruptura ontológica, epistémica y los procesos
en la dinámica digital (Parisi, 2019). La incorporación de mujeres en la
tecnología del cómputo también implica lo que Puig de la Bellacasa (2017) el
cuidado ético que tiene como contraparte nuevas necesidades en sistemas, tal
cual pasa con la importancia de la seguridad en distintos matices e
interseccionalidades (Noble, 2018), sino considerando los márgenes actuales de
vulnerabilidad, las experiencias y las necesidades específicas (Costanza-Chock,
2020).
Más allá de la apuesta por contar
con máquinas que pudieran tener emociones e inteligencia, habría que
preocuparse primero porque estas tengan una inteligencia lo suficientemente amplia
y no sesgada (Picard, 2010). Los derechos digitales de las niñas y mujeres,
pasan inevitablemente por la necesidad de reconceptualizar los derechos de las
mujeres desde los derechos humanos hasta las pautas que permiten entrar de
lleno en la vida pública y privada en la Red (ONU Mujeres, 2022). Como señalan
Peña y Varon (2019), las estrategias de seguridad para las mujeres deben
emerger a partir de las actuales experiencias y no por la dinámica masculina
del poder, de ahí la exigencia de incorporar a más mujeres al cómputo.
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