REPRESENTACIÓN DE MUJERES MEXICANAS EN FOTOGRAFÍAS DEL
SIGLO XIX
REPRESENTATION OF MEXICAN
WOMEN IN 19TH CENTURY PHOTOGRAPHS
Silvana
Berenice Valencia Pulido[1]
Doi: https://doi.org/10.32870/lv.v7i64.8299
Resumen
Este trabajo analiza la representación de las mujeres en la
fotografía mexicana del siglo xix,
identificando cómo estas imágenes estuvieron atravesadas por el patriarcado y
las jerarquías de clase y raza. La problemática central radica en comprender
cómo los retratos de estudio de mujeres de élite y las fotografías de tipos y
costumbres populares construyeron y reprodujeron modelos de feminidad
diferenciados, vinculados tanto a la validación social como a la objetivación
de los sectores subordinados.
Se afirma que los retratos de estudio, producidos en
tarjetas de visita y gabinete, sirvieron como instrumentos de
autorrepresentación y validación del estatus de las mujeres de la élite,
exaltando rasgos europeos, indumentaria occidental y poses que reforzaban
ideales de feminidad moral y estética. En contraste, las fotografías de tipos y
costumbres retrataron a mujeres indígenas y mestizas como parte de una
narrativa comercial y exotizante, destacando su indumentaria tradicional,
oficios y rasgos físicos, en función de una visión eurocéntrica que reafirmaba
jerarquías sociales. Se concluye que la fotografía femenina del siglo xix en México no solo documentó
realidades, sino que produjo discursos de poder que normalizaron la feminidad
según el grupo social representado.
Palabras clave: fotografía,
mujeres, modelos de feminidad, clases sociales, vida cotidiana
Abstract
This study
analyzes the representation of women in 19th-century Mexican photography, focusing
on how images were permeated by patriarchy and class and race hierarchies. The
central issue is to understand how studio portraits of elite women and
photographs of popular types and customs constructed and reinforced
differentiated models of femininity, linked both to social validation and to
the objectification of subordinate sectors.
Findings
reveal that studio portraits, produced on cartes de visite and cabinet
cards, served as instruments of self-representation and validation of the
status of elite women, exalting European features, Western clothing, and poses that reinforced ideals of moral and aesthetic femininity. In
contrast, photographs of types and customs portrayed indigenous and mestizo
women as part of a commercial and exoticizing narrative, emphasizing their
traditional clothing, occupations, and physical features, in line with a
Eurocentric vision that confirmed prevailing social hierarchies. It is
concluded that nineteenth-century female photography in Mexico not only
documented realities but also produced discourses of power that normalized
femininity according to the social group represented.
Keywords: Photograph, women, femininity
models, social classes, everyday life
Recepción: 18 de septiembre de 2025/Aceptación: 23 de marzo
de 2026
Introducción
Esta investigación parte del supuesto de que la
representación de los cuerpos de las mujeres, en la fotografía del siglo xix en México, fue regulada por el
patriarcado a partir de la clasificación de la clase social y la raza; aludiendo
a la relación de poder de los hombres sobre las mujeres. Esta afirmación se
sustenta en la confrontación de fotografías de mujeres mexicanas durante la
segunda mitad del siglo xix; la
cual mostró dos intereses claramente diferenciados en los dos tipos de
fotografías en las que se registraron mujeres en esta época.
Por un lado, se examinaron los
retratos de estudio, estas fotografías estaban dirigidas a las clases altas que
podían costear las fotografías en tarjetas de visita y de gabinete para obsequiarlas
en su círculo social. Por otro, se revisaron registros fotográficos de tipos y
costumbres mexicanas, encaminados al comercio de estas imágenes mediante la
venta de vistas y de su reproducción en diferentes textos de la época, ya sea
en la literatura científica o de viaje. En ambos casos, el análisis de las
particularidades que muestra la representación del cuerpo de las mujeres
permite conocer los parámetros que caracterizaban el “ideal” de la mujer en la
época, de acuerdo con el estrato social al que pertenecen que, en el
pensamiento decimonónico, necesariamente estaba vinculado con la raza. Sin
importar la clase, la feminidad que reflejan los cuerpos de estas mujeres
estaba determinada por la dominación de los hombres sobre los parámetros impuestos
a las mujeres.
El
objetivo del presente trabajo es establecer el marco de los significados y los
intereses de la representación del cuerpo femenino en el México del siglo xix, a partir de las características del
ideal físico y estético presentado en las fotografías de mujeres de esta época.
Este estudio se fundamenta en la comparación de las fotografías de mujeres
mexicanas realizadas en el siglo xix
como imágenes de carácter descriptivo (Alpers, 1987) dentro del espacio
discursivo en el que estas imágenes circularon (Krauss, 1985) y con relación a
las nociones sociales y temporales de la definición de feminidad (Nead, 1992).
Este estudio se propone desde la
perspectiva de la historia de las mujeres que introduce nuevos elementos
teóricos y metodológicos dentro de la práctica historiográfica que
han permitido analizar las
relaciones de poder entre los sexos, su incidencia en los procesos sociales de
largo alcance, así como la comprensión de lo que significan las prácticas
sociales que recrean los modelos de feminidad y masculinidad que cada sociedad
considera adecuados. (Lau, 2015, p. 42)
Este trabajo se sustenta en el paradigma de inferencias
indiciales (Ginzburg, 1994) y recurre al uso de la analogía como técnica de
estudio y a la descripción como instrumento de análisis vinculados a la
interpretación (Jordanova, 2012).
Los conceptos relacionados con este
trabajo son: el género definido como una categoría analítica y un campo
primario donde se articula el poder (Scott, 2008, p. 68); lo femenino entendido
como la construcción social y cultural de las representaciones y las prácticas
“propias” de las mujeres en función de una simbolización de la diferencia
anatómica entre mujeres y hombres (Lamas, 2000, pp. 3-4) y la fachada
comprendida como la dotación expresiva empleada intencional o inconscientemente
por un individuo durante cualquiera de sus actividades ante un conjunto
particular de observadores y que posee cierta influencia sobre ellos (Goffman,
1997, pp. 33-34).
La historia de las mujeres y la
fotografía
La historia de las mujeres, como propuesta de estudio, surge
de la historia social debido a su interés en las formas de vida de diversos
grupos sociales y de los conflictos colectivos acorde con la diversidad de la
experiencia humana. La perspectiva actual que plantea la historia de las
mujeres principalmente aporta nuevas herramientas teóricas, no solo considera
incluir temáticas donde se involucre a las mujeres; este planteamiento examina
los hechos desde el enfoque de la diferencia entre los géneros y concibe a las
mujeres como un grupo sociocultural (Lau, 1998, p. 161). La presente
investigación analiza el marco de los significados y los intereses de la
representación del cuerpo femenino en el siglo xix
en México, a partir del estudio de las fotografías de mujeres de esta época. Se
ha considerado que estas imágenes describen las características que debía
Según Goffman (1997, p. 13), en la
vida cotidiana, cuando una persona arriba a la presencia de otras,
generalmente, el grupo trata de obtener información acerca del individuo que
acaba de llegar y se ponen en juego los datos que ya poseen los demás. Si los
presentes no están familiarizados con quien aparece, en su calidad de
observadores pueden recoger indicios de su conducta
De acuerdo con Nead (1992, p. 18),
la representación del cuerpo de las mujeres es un “acto de regulación”, tanto
de las propias mujeres como de los posibles espectadores. En estas imágenes se
expresan las convenciones sociales y culturales, altamente formalizadas, del
cuerpo y sus límites; estos acuerdos están dotados de la construcción del
significado simbólico de la feminidad. En este sentido, Muñiz (2014, p. 418)
afirma que la representación corporal adquiere un carácter performativo y
materializador de los sujetos de género; la imagen influye en la definición de
la corporalidad de las mujeres al mismo tiempo que expresa la feminidad
normalizada a través del cuerpo de las mujeres. En consecuencia, la
representación del cuerpo de las mujeres es la manifestación de la identidad
femenina regida por los esquemas reguladores de la época.
A partir de estas afirmaciones, en
esta investigación se ha considerado que la representación corporal de las
fotografías de mujeres mexicanas en el siglo xix
expresa inevitablemente los efectos de las prácticas y los discursos sobre la
feminidad en México en ese tiempo. Las formas en las que las mujeres y los
fotógrafos eligen o crean un escenario para la toma, optan por una postura de
la modelo y adornan o alteran los cuerpos femeninos, reproducen los ideales
para la normalización de la feminidad en todas sus formas. Tanto modelo como
fotógrafo colaboran en la ordenación del cuerpo femenino, en una búsqueda del
ideal físico y moral de ellas expresado en la imagen.
Es importante mencionar que durante
el siglo xix las fotografías eran
consideradas elementos de objetividad. Esta idea parte del positivismo de la
época y se basa en el hecho de que las fotografías se creaban a partir de
procesos químicos, aparentemente, sin la intervención de las personas. Por ello
se pensaba que los fotógrafos no expresaban su subjetividad en las imágenes
fotográficas que creaban, a diferencia de lo que sucedía en la pintura. A
partir de esta lógica, la fotografía aparece ante los observadores como un
producto con un nivel de iconicidad tan alto que habrá quienes no puedan evitar
pensar que esa fotografía es la representación más parecida a la realidad que
podría conseguirse por medios mecánicos y científicos (Bastarrica, 2014, p.
50).
Sin importar que la imagen
fotográfica no sea la persona misma, ésta logra transformar al sujeto en objeto
por el sentido de certeza que genera. Así, las imágenes fotográficas permiten
al observador “traer” a su presencia a aquella persona que no se encuentra
físicamente ahí.
En la actualidad, la supuesta
imparcialidad de la fotografía es cuestionada. La naturaleza de la fotografía
en el siglo xix confirma la
existencia de las personas y los objetos fotografiados y contiene datos
puntuales de estos, pero esta información no determina la razón por la que la
imagen fue hecha ni la categoría de uso a la cual pertenece. Krauss (1985, p.
146) propone determinar el sentido de la existencia de una fotografía mediante
la comprensión de las imágenes dentro de su espacio discursivo, es decir, en el
ámbito cultural específico al que pertenece una determinada imagen, asumiendo
diferentes expectativas respecto a su uso y transmitiendo un conocimiento en
particular. Para ello, el primer paso en el estudio de las imágenes es
determinar el espacio discursivo en el que circularon, ya que de éste se deriva
la información que transmiten las fotografías y los términos aplicables a su
interpretación por parte de las personas a quienes se dirigió inicialmente.
La fotografía de mujeres mexicanas
en el siglo xix
En México, durante el siglo xix,
se realizaron dos principales tipos de registros fotográficos de las mujeres de
la época. El primero corresponde a retratos de estudio de damas de la clase
económica y políticamente dominante del país; quienes podían costear las
fotografías en tarjetas de visita y de gabinete donde se plasmaba su imagen con
el propósito de ser regaladas a familiares y amigas (Valencia, 2022, p. 39). El
segundo tipo de registro se relaciona con el interés del mundo occidental por
el conocimiento de los “otros”; esta curiosidad se expresó en fotografías de
tipos nacionales y costumbres mexicanas, imágenes que también habían sido
plasmadas en pinturas y grabados. A diferencia de los retratos de estudio, las
mujeres que aparecen en el segundo tipo de imágenes no solicitaban ser
fotografiadas, eran los fotógrafos de la época quienes decidían qué y a quiénes
tomar fotografías de acuerdo con sus objetivos comerciales.
Tanto los fotógrafos de estudio que
hacían retratos como los que registraban tipos populares y vistas en exteriores
respondían a intereses comerciales. Sin embargo, cada tipo de imagen era
dirigida a un público diferente y, por tanto, mostraban de forma distinta el
cuerpo de las mujeres.
En los retratos de estudio, el
fotógrafo atiende las necesidades, los gustos y las expectativas de quienes
acudían a su establecimiento solicitando la representación de su imagen
(Bastarrica, 2014, pp. 61-64). Por ello, los miembros del estrato social más
favorecido en México solían recurrir a los estudios de más renombre en el país
e incluso en el extranjero. En cambio, los fotógrafos de tipos y de vistas
respondían al interés por viajar y por conocer la diversidad mundial que tenía
el sector económicamente privilegiado de la época y a sus posibilidades de
invertir en la producción industrial. Es así como este tipo de imágenes
corresponden a la esfera lucrativa, determinada por la oferta y la demanda de
sus compradores (Carreón y Valencia, 2016).
Gran parte de los textos sobre los
retratos en tarjetas de visita y de gabinete en México se enfocan en los
fotógrafos que realizaron este tipo de
De forma similar, algunos trabajos
acerca de los registros fotográficos de las costumbres se han interesado en la
producción de fotógrafos que han sido calificados de viajeros, como son los
textos de Debroise y Casanova (1989) sobre Charnay, de Montellano (1994) acerca
de Charles B. Waite, de Malagón (2012) referente a Winfield Scott y de
Gutiérrez (2012) en torno a Jackson. En la mayoría de estos textos se han
calificado las vistas como fotografías documentales, es decir, con una clara
intención de testimoniar la realidad, aunque éste no haya sido el propósito de
la creación de esas fotografías. Otras investigaciones se enfocan exclusivamente
en sitios específicos en los que se realizaron registros en exteriores, los
cuales pueden abarcar las costumbres locales.
Si bien en estos trabajos se
describen las características que muestran las personas fotografiadas, los
planteamientos expuestos no se relacionan directamente con la historia de las
mujeres.
Los retratos de mujeres de la élite
decimonónica en México
El uso de las llamadas carte de
visite o tarjeta de visita se extendió a partir de 1860, después de que
Adolphe Eugéne Disdéri incorporara fotografías a las tarjetas de presentación.
En esta época era usual que en estas fotografías se inscribieran dedicatorias
al reverso para, posteriormente, ser obsequiadas entre amigos y familiares, ya
fuera de forma personal o por medio de la correspondencia. La adquisición e
intercambio de retratos en tarjetas de visita o de gabinete por parte de la
élite fue uno de los fenómenos más característicos del siglo xix a nivel mundial.
Los estudios fotográficos donde se
adquirían este tipo de retratos eran especialmente diseñados y equipados con
los implementos necesarios para realizar fotografías, acorde con la tecnología
de la época en materia fotográfica y, también, conforme a las expectativas
visuales de quienes acudían para obtener su propia imagen.
En cuanto a los aspectos técnicos,
era necesario contar con buena iluminación para la toma en un espacio interior,
por lo que el área donde se realizaban los registros solía estar en la parte
alta del inmueble y contaba con grandes ventanales. Además de algunos soportes
que ayudaban a mantener la postura de la retratada debido a los largos tiempo
Respecto a las expectativas de las
personas que acudían a los establecimientos profesionales de fotografía, éstas
estaban mediadas por la forma en que querían proyectar su imagen ante los
demás. Por esta razón, los estudios comúnmente contaban con atrezo, es
decir, mobiliario, telones y distintos aditamentos que recreaban ambientes y
actividades con los que los retratados querían asociarse.
Los accesorios involucrados en los
retratos de estudio son una herramienta para la construcción de sus fachadas
personales, es decir, para la autorrepresentación. De acuerdo con Bastarrica
el objetivo en la construcción de
una escena fotográfica y de la representación corporal de las mujeres es la
representación de feminidad de la época, es que, si bien no es del todo real
tampoco es irreal o ideal, en el sentido de que representa con precisión el
estatus social de la retratada. (2014,
Además, conceptualmente, los retratos fotográficos en
formatos de tarjeta de visita y de gabinete comparten algunos de los juicios
utilizados en la pintura, debido a su temporalidad de producción, como son las
dos cualidades esenciales y aparentemente contradictorias que se atribuye al
retrato pictórico: la individualidad o singularidad y la totalidad o
universalidad. En este tipo de representaciones se pretende resaltar las
características que identifican al modelo del resto de la gente y, al mismo
tiempo, se intenta destacar lo que el sujeto retratado tiene en común con el
resto de la humanidad o, al menos, con las demás personas de su mismo estrato
social y económico. En las imágenes fotográficas predomina la intención de
registrar fielmente las características de la persona, no únicamente físicas
sino también morales, estas últimas acentuadas a partir de la actitud, la pose
y los elementos asociados a la figura del sujeto fotografiado, características
tomadas del retrato pictórico (Negrete, 2006, p. 83).
Como ya se mencionó, los retratos en
tarjetas de visita y de gabinete fueron hechos con el propósito de ser
obsequiados entre amistades y familiares, por lo que la información que las
personas transmiten de sí mismas está dirigida al ámbito de la vida privada.
Por lo tanto, el espacio discursivo al que corresponden estas imágenes es al
ámbito de las relaciones sociales de la élite mexicana del siglo xix.
A partir de algunas investigaciones
sobre el retrato fotográfico del siglo xix
se afirma de forma genérica que estas imágenes son una simulación por aparentar
bienestar económico y moral de las personas retratadas (Massé, 1998, p. 17);
además, se ha considerado este género fotográfico como arquetípico y
reiterativo (Negrete, 2006, p. 84).
Los tipos y las costumbres mexicanas
de las mujeres del siglo xix
La fascinación europea por las costumbres y los tipos
nacionales de países considerados como exóticos surge a mediados del siglo xviii. Este interés aparece en estrecha
relación con el género costumbrista de la pintura, pero sobre todo del grabado,
especialmente la litografía. En un primer momento, la reproductividad de
imágenes que permitía el grabado posibilitó el acercamiento de Europa a la vida
cotidiana de otros lugares del mundo. Posteriormente, los registros
fotográficos de las prácticas y los habitantes de distintos lugares fueron las
imágenes que incrementaron el conocimiento de diversas culturas, debido al
pensamiento positivista de la época que calificaba de objetiva a la fotografía.
Principalmente, los tipos mexicanos
se produjeron y vendieron en formatos de tarjeta de visita. Tamaño muy común en
el siglo xix en retratos de la
élite, como se mencionó en el apartado anterior. Sin embargo, existen también
algunos ejemplos de este tipo de imágenes en gran formato, como las que
aparecen en algunas versiones del álbum de Charnay titulado Ciudades y
ruinas americanas, impresas en tamaño 16 x 20 cm (Aguilar y Milán, 2015, pp.
78 y 82). Sin importar el formato de las fotografías, la mayor parte del
registro de los tipos mexicanos se realizó al interior de estudios
fotográficos.
Comúnmente, las imágenes de los
tipos populares se alineaban a las expectativas de los posibles compradores de
este tipo de fotografías. Por ello, alimentaban la idea de que México era un
país rico en recursos naturales, pero atrasado a causa de que la mayor parte de
su población eran indios que vivían en el límite de lo salvaje. Además, estas
fotografías permitían a sus compradores ver su propia superioridad, como clases
económicamente dominantes, al definir y construir la imagen del pueblo mexicano
(Dorotinsky, 2004, p. 17).
Una característica importante de
este género fotográfico es su objetivo de definir la identidad nacional,
representada para el caso de México por personas de rasgos indígenas o
mestizos, así como por la indumentaria y objetos relacionados con las labores
tradicionales que realizaban. En algunas colecciones de tipos populares, como
las de Aubert y Becerril, la pobreza de la población local se evidencia por
medio de vestiduras rasgadas y sucias (Aguilar y Milán, 2015). En algunos
casos, estas fotografías no presentan ningún fondo para enfatizar las
características de las personas registradas, pero en otros, destacan los
telones pintados que se relacionan con las actividades que se identifican en la
imagen, como pueden ser calles, plazas, jardines o mercados. En estas imágenes,
los instrumentos de trabajo y los telones de fondo juegan un papel similar al atrezzo
o utilería usados en los retratos fotográficos de estudio de la élite.
En cuanto al registro de vistas, los
tamaños fotográficos varían desde el más pequeño de 5x7” hasta algunos casos de
11x14” y, muy escasamente, 18x22” (Carreón y Valencia, 2016). Generalmente, las
fotografías de costumbres nacionales se comercializaron más en formatos de 5x7”
y hasta 8x10”.
A diferencia de las tomas de retrato
y de tipos populares, las fotografías de las actividades y las tradiciones
locales se realizaban en exteriores. Sin embargo, esto no significaba que
representaran registros documentales de la realidad. Se ha verificado que
diferentes empresas fotográficas planificaban escenas para fotografiar, acorde
a los intereses del mercado, es decir, creaban imágenes conforme a las
expectativas de quienes compraban este tipo de fotografías según lo que
esperaban ver a partir de las nociones estereotipadas que se tenían sobre lo
mexicano[2]. En
este sentido, estos registros fotográficos se asemejan a los objetivos
comerciales de la producción de los tipos populares.
Como se ha reiterado, las
fotografías de tipos populares y de costumbres nacionales se realizaban con el
propósito de venderse a las personas interesadas en el conocimiento de los
“otros” y de sus hábitos. Quienes podían adquirir estos productos fotográficos
pertenecían al sector económicamente privilegiado de la época y eran adquiridas
para saciar su curiosidad, pero también para confirmar su noción preconcebida
del mundo alejado del progreso occidental. Por lo tanto, el espacio discursivo
al que corresponden estas imágenes es al ámbito comercial y lucrativo; por un
lado, de los fotógrafos quienes querían obtener remuneración por su trabajo y,
por otro, de las élites del siglo xix
que deseaban incrementar su capital económico a partir de los recursos
naturales y humanos en diferentes latitudes.
La representación fotográfica de las
mujeres y la feminidad
Durante el siglo xix
la clase en el poder del país experimentó la homogeneización de la cultura
occidental en todos los órdenes y, por ello, los elementos identitarios de este
sector se fueron conformando por equiparación con las monarquías europeas y en
contraste con la población indígena del país. Esta diferenciación puede
observarse al comparar los retratos fotográficos de la élite nacional con las
fotografías de los tipos mexicanos y con los registros de las costumbres
nacionales.
A partir de la confrontación de esas
fotografías es posible definir que la distinción entre los estratos sociales
del siglo xix en México destaca en
tres aspectos principales: las características físicas, la indumentaria y los
elementos decorativos. Estas mismas diferencias se manifiestan en las imágenes
de mujeres de forma particular.
En México, la mayor parte de la
población es mestiza. Sin embargo, la élite nacional decimonónica se
autoidentificaba con los rasgos físicos europeos. Se ha identificado la
idealización de estas características en retratos de estudio de mujeres de la
clase alta mexicana. Esta necesidad de reafirmarse como “raza blanca” se
manifiesta en la presentación de pieles claras en los retratos de mujeres de la
élite nacional, lo cual se lograba con una mayor intensidad de luz dirigida al
rostro femenino[3]. En
cambio, en las fotografías de los tipos populares y de las costumbres nacionales
son evidentes los rasgos indígenas y la piel oscura, que en ningún caso trata
de atenuarse.
En la mentalidad occidental las
mujeres son “bellas” por “naturaleza”. Simultáneamente, la belleza femenina,
expresada en juventud y en piel blanca y luminosa, encarna la representación de
virtudes morales o espirituales (Muñiz, 2014, p. 426). Aunado a este precepto
de la perfección que la mujer acaudalada debía cumplir, los grupos científicos
del siglo xix justificaron la
expansión colonial con argumentos biológicos acerca de la superioridad de los
tipos raciales europeos.
De acuerdo con la propuesta de
Goffman (1997, p. 13), al analizar la corporalidad de una persona, el observador
puede dar por sentado, a partir de experiencias anteriores, que es probable
encontrar solo individuos de una clase determinada en un marco social dado y,
en consecuencia, aplicarle estereotipos que aún no han sido probados. De esta
forma, en los retratos de mujeres de la élite mexicana solo se espera encontrar
mujeres que coincidan con el ideal de belleza occidental. En consecuencia, las
mujeres acaudaladas que acudían a los estudios fotográficos para retratarse
deseaban obtener su propia imagen apegada a los estándares de su cualidad moral
expresada en su representación corporal. Por ende, las imágenes de las mujeres
de la clase alta nacional se relacionan con la necesidad de este sector por
reafirmarse como colectivo que comparte un entorno social de auge económico
que, al mismo tiempo, justifica su superioridad ante los demás sectores.
Respecto a la indumentaria, la ropa
usada por la clase social alta de México en el siglo xix se caracteriza por seguir los patrones de la moda
europea, en su intento por equipararse con la modernidad y civilización que
representaba Europa en la época. En contraposición, las personas que aparecen
en los registros de tipo y costumbres mexicanas se muestran con ropa más
sencilla y, en ocasiones, incluso desgarrada y sucia.
Tradicionalmente, la representación
del cuerpo femenino tiene la intención de ser admirado por los varones, esta
forma de mirar a las mujeres puede identificarse en los retratos de estudios
donde la postura en que se colocan las modelos permite observar mayor cantidad
de
La mujer acaudalada del siglo xix era catalogada por
Al mismo tiempo que la mujer
desempeña el papel del objeto visto, es sujeto que ve, es decir, ella forma y
juzga su imagen contrastándola con ideales culturales y ejerce sobre sí misma
una gran autorregulación. Por lo tanto, su identidad está enmarcada por otras
imágenes de mujeres que definen la feminidad (Nead, 1992, p. 25).
Los retratos de mujeres en tarjetas
de visita y de gabinete, interpretadas como capital cultural material y
simbólico, aseguran un beneficio de distinción proporcionado por la
singularidad necesaria para su apropiación y un beneficio de legitimidad que
consiste en el hecho de ser como es necesario ser. Así, las fotografías de
estudio constituyen imágenes documentales que describen la forma de ser de una
clase social.
En contraste, las mujeres que
aparecen en los registros de tipos populares y de costumbres nacionales visten
indumentarias tradicionales, caracterizadas por su sencillez. Actualmente,
reconocemos la diversidad étnica en la variedad de vestimentas asociadas a los
pueblos indígenas en México; sin embargo, en el siglo xix lo más destacado de esta diversidad era su peculiaridad
en comparación con la ropa occidental. Esta diferenciación era importante en la
construcción de una identidad nacional homogénea sin distinción de la
conformación pluriétnica del país. Al mismo tiempo, la singularidad de la
indumentaria indígena se alineaba a la curiosidad occidental por conocer a
“otros” en latitudes lejanas que no compartían su modelo de modernidad y progreso.
Goffman (1997, p. 13) afirma que
cuando alguien aparece ante otros, le interesará su estatus socioeconómico
general, su concepto de sí mismo, la actitud que tiene, su competencia y su
integridad. El grupo intenta recabar información acerca de la persona a partir
de su apariencia y su comportamiento, estos datos ayudan a definir la
situación, permitiendo a los otros saber de antemano lo que el individuo espera
de ellos y lo que ellos pueden esperar de él. Así, la vestimenta de una mujer
en una fotografía es parte de la información que las demás personas recaban
para poder colocarla dentro de un estrato social y definir, al mismo tiempo,
sus cualidades morales. En consecuencia, la indumentaria occidental confirmaba
no solo la pertenencia a la élite sino también ratificaba la buena educación,
la bondad y la moralidad de la mujer retratada.
En cuanto al atrezo que
aparece en las tarjetas de visita y de gabinete, éste se relaciona con la
imagen que las personas retratadas querían expresar para el reconocimiento de
los demás. En cambio, en las colecciones fotográficas de “tipos mexicanos”, se
representan los utensilios que caracterizan a los oficios de la clase más
desfavorecida económicamente.
De forma general, las mujeres del
siglo xix en México estaban
destinadas al ámbito privado. En esta época, los roles asignados a cada sexo
estaban determinados por sus características biológicas; por tanto, las mujeres
debían permanecer en el hogar educando a los hijos y cuidando a la familia,
mientras que los hombres se consagraban a las actividades públicas y al trabajo
productivo que les permitiera sostener a sus dependientes. Esta definición se
fundamenta en la visión dicotómica que consideraba como verdad científica la
división entre lo biológico y lo cultural, lo privado y lo público, lo inferior
necesariamente sujeto a lo superior: a la mujer correspondía la primera parte
del binomio y al varón la segunda (Saloma, 2000, p. 208).
A partir de estas nociones, el ideal
de la domesticidad femenina cobra un significado complejo que abarca lo
ideológico, lo cultural, lo social, lo político y lo económico. Así, las
mujeres eran responsables de inculcar en sus hijos los principios religiosos,
morales y cívicos. Mujer y familia tendieron a presentarse como una unidad indisoluble.
No obstante, en México, esta definición de la feminidad decimonónica únicamente
se aplicaba a las mujeres de la élite, ya que las mujeres del sector inferior
no solo realizaban labores domésticas al seno familiar, sino que también
realizaban actividades lucrativas, como se verá más adelante.
Regresando a las fotografías, en los
telones de fondo utilizados en los retratos de estudio se representan suntuosas
construcciones o elaborados jardines que, aunado a los elementos decorativos,
manifiestan la elegancia y educación de quien es retratado. En estas
fotografías el mobiliario y los accesorios destacan por su elaborada decoración
y refinamiento; en ellas se observan muebles de madera tallada finamente,
columnas, cortinajes, relojes, libros, entre otros enseres. Específicamente en
las imágenes de mujeres, algunas de ellas aparecen junto a sus hijos o
acompañando a su esposo, es decir, como pilar familiar, una de las principales
cualidades de la mujer ideal; en otras ocasiones, se encuentran asociadas a
elementos religiosos en una clara referencia a la superioridad espiritual que
se atribuía a las mujeres de esta época.
En cambio, en las fotografías de
tipos populares cuando se utilizan telones de fondo, en ellos se representan
paisajes campestres o calles de alguna ciudad. En cuanto a los accesorios
utilizados en estas imágenes aparecen exclusivamente todos aquellos utensilios
o herramientas necesarias para desempeñar el oficio que se está representando.
Concretamente, las mujeres que aparecen en este tipo de fotografías
corresponden a vendedoras de frutas y verduras o de otros productos que ellas
mismas elaboran, como tortillas o cestería. En estos casos, las mujeres pueden
aparecer sentadas sobre un petate en el piso junto a los productos que venden. El
oficio de tortillera es uno de los más registrados como ícono de la comida
mexicana, donde las mujeres son retratadas moliendo la masa en un metate con un
anafre al lado. Otro trabajo destacado en las fotografías de mujeres es el de
lavandera que, mayormente, fue registrado en exteriores, específicamente en los
ríos donde tradicionalmente se realizaba esta actividad.
A partir de las fotografías de tipos
populares y de costumbres nacionales es posible establecer que las mujeres que
aparecen en ellas también realizan actividades vinculadas al hogar, como es la
alimentación y la higiene. Sin embargo, ellas no efectúan estas labores
directamente para su familia sino como un trabajo para obtener recursos
monetarios, debido a que en algunos de estos registros fotográficos se precisa
que se está mostrando un oficio en títulos como: lavandera, tortillera o
vendedora de fruta. Esta es una diferencia importante entre las mujeres de los
sectores opuestos social y económicamente.
Retomando nuevamente el concepto de
fachada, cuando una persona ofrece un producto o un servicio, comúnmente los
demás se verán forzados a aceptar algunos hechos como signos convencionales o
naturales de algo que no está al alcance directo de los sentidos (Goffman,
1997, p. 14). En el caso de las fotografías, no es posible verificar que los
elementos presentes en ellas confirman la cualidad ni el oficio de la persona,
los espectadores simplemente confían en la veracidad de la imagen.
Goffman afirma que,
“independientemente del objetivo particular que persigue el individuo y del
motivo que le dicta este objetivo, será parte de sus intereses controlar la
conducta de los otros, en especial el trato con que le corresponden” (1997, p.
15). En los retratos de estudio, este control se logra influyendo en la
definición de la situación que los otros formulan a partir de lo que se muestra
en toda la imagen: la corporalidad de la mujer en conjunto con el ambiente que
crean los elementos en su entorno. La construcción consciente o inconsciente de
esta imagen influye en quienes la observan, generando la impresión que habrá de
llevarlos a calificar a la retratada de acuerdo con sus propias expectativas.
La comparación de los retratos
fotográficos de estudio con las fotografías de tipos y costumbres permite
afirmar que estos géneros comparten ciertos formatos y técnicas. Sin embargo,
sus características, intenciones y contextos de producción son diferentes.
Recapitulando, las fotografías de mujeres en el siglo xix en México se articulan en torno a una tensión entre la
construcción de identidades personales y sociales, donde cada género
fotográfico —los retratos de estudio y las imágenes de tipos y costumbres—
ofrece una perspectiva única sobre la feminidad, el estatus y la cultura. Los
primeros enfatizan el papel de la
Conclusiones
La representación de las mujeres en la fotografía del siglo xix en México revela una compleja
intersección entre patriarcado, clase social y características físicas, con
claras implicaciones en la construcción de la feminidad de la época. Esta afirmación
está fundamentada en la comparación de dos tipos de fotografías: los retratos
de estudio dirigidos a la élite mexicana y los registros de tipos y costumbres
nacionales que mostraban al sector inferior de la población, a menudo a través
de una mirada que reflejaba juicios de valor eurocéntricos.
En esencia, los retratos de estudio
funcionaban como instrumentos de validación social y afirmación del estatus. Al
ser creadas para compartirse en círculos sociales restringidos, estas imágenes
estaban cargadas de simbolismo, donde cada detalle, desde la vestimenta hasta
la pose, era cuidadosamente diseñado para reflejar no solo la individualidad de
la retratada, sino su alineación con un ideal de feminidad que respondía a las
expectativas de la clase dominante determinadas por el patriarcado. Esta
construcción de la identidad femenina se entrelazaba con la proyección de
valores morales y estéticos de la época, consolidando así un vínculo entre
imagen y poder.
Por otro lado, el análisis de las fotografías
de tipos y costumbres nacionales permite comprender cómo el imaginario de la
feminidad en el contexto mexicano se vincula con la representación de otras
identidades étnicas. Estas imágenes, mucho más que simples documentos visuales,
eran productos de un discurso que objetivizaba a las mujeres indígenas o
mestizas, reafirmando estereotipos de civilización en oposición al atraso, comunes
en la narrativa decimonónica. Al centrarse en elementos que marcaban
diferencias, como la vestimenta desgastada y el entorno rústico, estas
fotografías, más que mostrar la realidad social, reflejaban las construcciones
imaginarias de lo "exótico" que alimentaban el interés de la élite
por el "otro".
En este sentido, las estrategias
visuales utilizadas por los fotógrafos desempeñaban un papel central en la
configuración de las identidades de género. La búsqueda del ideal físico y
moral de la mujer, diferenciada por los sectores sociales de pertenencia,
evidenció cómo los parámetros de la representación estaban dictados por un
sistema patriarcal que no solo limitaba las expresiones individuales femeninas,
sino que también consolidaba las jerarquías de poder culturales y sociales.
En este trabajo, conectar la
historia de las mujeres, la teoría fotográfica y las nociones de género resultó
trascendente, ya que resalta cómo las imágenes fotográficas de mujeres en el
siglo xix reflejan y construyen
identidades sociales. Este marco teórico permitió entender cómo se regulaban
las imágenes de las mujeres en esa época, destacando las diferencias entre los
retratos de estudio y los registros de tipos y costumbres. Además, el análisis
sobre el papel del fotógrafo y las expectativas de quienes se retrataban añade
un componente importante a la comprensión de estas representaciones.
Finalmente, es preciso enfatizar que
las fotografías de mujeres del siglo xix
en México no solo representan los ideales estéticos de su sociedad, sino que
además ofrecen un campo fértil para explorar las dinámicas de poder entre
géneros y clases. El estudio de estas imágenes también abre un espacio de
reflexión crítica sobre cómo estas representaciones siguen influyendo en las
narrativas contemporáneas sobre la feminidad y la identidad en México.
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[1]
Instituto Nacional de Antropología e Historia, México. Correo electrónico:
bevapu@yahoo.com.mx
[2] Véase. Aguayo, 2019.
[3] Como ejemplo se pueden revisar en el Repositorio INAH las
tarjetas de visita con Número de Inventario 453007
(https://repositorio.inah.gob.mx/o-121922) y 453008
(https://repositorio.inah.gob.mx/o-121923), donde aparece la misma mujer, pero
con diferente iluminación en cada fotografía que cambia el tono de la piel.