“SU
PUDOR Y MI INEXPERIENCIA”. EL CICLO DE LA MENSTRUACIÓN EN LA CIUDAD DE MÉXICO
PORFIRIANA
“HER RETICENCE AND MY INEXPERIENCE”. THE MENSTRUAL
CYCLE IN PORFIRIAN MEXICO CITY
Fausto E.
Gómez García[1]
Doi: https://doi.org/10.32870/lv.v7i64.8302
Resumen
Este trabajo analiza
seis tesis sobre la menstruación escritas por alumnos de la Escuela Nacional de
Medicina de la ciudad de México durante el Porfiriato (1877-1911). Con base en
la historia social del cuerpo y los estudios críticos de la menstruación, examino
los discursos médicos e higienistas predominantes en dichos trabajos. El
artículo propone que el análisis bacteriológico y la cirugía de ablación de los
ovarios promovieron una nueva visión higienista de la menstruación y de su
origen. Desde un ejercicio de dominación patriarcal, estos enfoques reforzaron
la idea de que la fisiología femenina definía de forma perenne el rol social subordinado
de las mujeres. Por ello, el artículo concluye que estas indagaciones
sustentaron las bases de la concepción contemporánea sobre la menstruación en
el país.
Palabras clave: menstruación, medicina, historia
de las mujeres, cuerpo, Porfiriato
Abstract
This paper analyzes six theses on menstruation written by students at
the National School of Medicine in Mexico City during the Porfiriato
(1877-1911). Based on the social history of the body and critical studies on
menstruation, I examine the predominant medical and hygienist discourses in
these works. The article argues that bacteriological analysis and ovariotomy
surgery promoted a new hygienist vision of menstruation and its origin. Under
patriarchal domination, these approaches reinforced the idea that female
physiology perpetually defined women's subordinate social role. Therefore, the
article concludes that these inquiries laid the foundations for the modern
conception of menstruation in Mexico.
Keywords: menstruation, medicine,
women’s history, body, Porfiriato
Recepción: 29 de septiembre de 2025/Aceptación: 25 de marzo de 2026
Introducción
Cohibido y atónito
frente a los intensos dolores abdominales que sufría una paciente diagnosticada
con dismenorrea –menstruación dolorosa–, en 1907, José C. Tamez, alumno de la
Escuela Nacional de Medicina, decidió dedicar su tesis al tópico de la
“irregularidad de la menstruación”. No es que hasta entonces hubiese sido un
tema de su interés personal, pero la impresión del sufrimiento, “ante las
dificultades por el pudor de mi cliente y de mi inexperiencia en semejantes
casos”, según anotó al margen de su tesis, habían dejado una huella profunda en
su memoria. Un recuerdo de una mujer doliente, como lo eran muchas que él
seguramente había conocido a lo largo de su vida, y que experimentaban la
dismenorrea de forma periódica como un dolor intenso e inmanente y que, a pesar
de ello, le había sido hasta entonces completamente desconocido (Tamez, 1907,
p. 13).
A lo
largo de generaciones, mujeres y niñas han experimentado la menstruación de
forma periódica, un encauce del proceso biológico que ocurre tras la pubertad.
Sin embargo, la forma de vivirla y significarla se sitúa en contextos
históricos determinados. Aunque la pubertad implica diferentes cambios
corporales como el crecimiento de los senos y la aparición del acné, y otros de
orden psicológico como los cambios de humor, ninguna alteración preocupó tanto
a los médicos de principios del siglo pasado como el sangrado visible. Esto era
así porque, durante las dos últimas décadas del siglo xix, dos fenómenos introdujeron nuevas concepciones
científicas sobre la menstruación en la Ciudad de México: el primero fue el
descubrimiento de la etiología bacteriana que despertó nuevas insistencias
“casi obsesivas” respecto a la higiene personal y el control sobre los fluidos
y los desechos corporales (Agostoni, 2005, p. 564; Felitti, 2016, p. 177). El
segundo fue la introducción de la ovariotomía quirúrgica –la extirpación de uno
o ambos ovarios–, que permitió recabar datos nuevos sobre la fisiología de la
ovulación y su relación con el ciclo menstrual. En su conjunto, estas
innovaciones alentaron lo que la antropóloga Mary Douglas (1973) denomina una
cultura ricamente organizada por ideas de suciedad y purificación.
Los
cambios médicos no inmutaron el hecho de que la menstruación siguió siendo una
experiencia íntima recluida al mundo femenino de las relaciones madre-hija, al
que varones como José Tamez tenían un acceso casi nulo (Brumberg, 1998).
Además, a diferencia de la actualidad, la Ciudad de México del cambio de siglo
carecía de una Industria de Cuidado Personal Femenino, es decir, de productos
manufacturados de oferta amplia como las toallas sanitarias, las copas de
silicona y los tampones, que han hecho de la menstruación un nicho económico de
los mercados internacionales (Felitti, 2016; Tarzibachi, 2017).
Este
artículo es una aproximación inicial a los significados que se otorgaron a la
menstruación entre finales del siglo xix
y principios del xx. Valiéndome
de las herramientas disciplinarias de la historia, utilizo un corpus de
seis tesis elaboradas por los alumnos de la Escuela Nacional de Medicina de la ciudad
de México entre 1870 y 1911. Estos trabajos –actualmente resguardados en la
Biblioteca “Dr. Nicolás León” del Palacio de la Escuela de Medicina–, nos
otorgan diferentes atizbos sobre los cambios y continuidades en los discursos
que la clase médica de la ciudad de México elaboró alrededor de las mujeres y
sus cuerpos.
Aunque
ninguno de los tesistas citados a lo largo de esta investigación era una
autoridad de gran renombre en el campo de la ginecología, pues eran jóvenes que
apenas concluían sus estudios profesionales, sus ensayos mostraban casos
clínicos que recuperaban “los cánones científicos positivistas europeos”,
marcos metodológicos rigurosos y “constantes referencias a los datos de
investigaciones extranjeras con el objetivo de validar los resultados obtenidos
por los médicos mexicanos”, tal como correspondían a las exigencias
positivistas de la época (López Sánchez, 1998, p. 36). En términos teóricos,
este trabajo es una investigación de historia social del cuerpo con un enfoque
de género, es decir, no analizo el cuerpo como un hecho biológico, sino como
una realidad histórica elaborada por discursos que expresan ideas
socioculturales sobre la diferencia sexual (Laqueur, 1994; López Sánchez,
1998). También retomo los estudios críticos de la menstruación, que analizan el
sangrado mensual como un hecho cultural, y que ha sido utilizado para reforzar
ideas relativas a la condición de las mujeres y promover diferentes prácticas
que orillan al abuso médico de sus cuerpos (Brumberg, 1998; Felitti, 2016;
Tarzibachi, 2017).
La
estructura del artículo es la siguiente: el primer apartado analiza la forma en
que los nuevos descubrimientos sobre la fisiología de la menstruación fueron
entendidos a partir de concepciones racistas, que situaban la aparición del
sangrado como indicador del grado civilizatorio. El segundo estudia las
prácticas de gestión menstrual disponibles durante el Porfiriato. El tercero
atiende a los métodos curativos para aliviar la dismenorrea, especialmente la
extirpación de los ovarios, que dio lugar a nuevos debates científicos sobre la
etiología menstrual. El último indaga en los significados socioculturales que
los médicos asignaron a la pubertad femenina. El artículo cierra con algunas
reflexiones sobre los hallazgos de este estudio y su importancia para la
historia de la menstruación en el país.
La menarquia como
modernidad
La importancia que la
gineco obstetricia adquirió en México durante el último tercio del siglo xix respondió al impulso del
positivismo en las escuelas médicas del país, especialmente de la Escuela
Nacional de Medicina, epicentro mexicano de la enseñanza galena fundado en
1834. Tras el inicio del régimen porfirista (1877-1911) se introdujeron nuevos
subsidios a las industrias y a las obras de infraestructura sanitaria, como los
sistemas de desagüe (1886- 1900) y de drenaje (1897-1905) que modificaron el
trazado colonial de la ciudad. También se legislaron nuevos códigos locales de
saneamiento público y se multiplicaron las asociaciones médicas y científicas
que conglomeraban a una comunidad de expertos con una educación médica formal,
“que incluía médicos-cirujanos, farmacéuticos y parteros con un título legal
expedido por la Escuela Nacional de Medicina”. No obstante, los índices de
mortandad y las condiciones de vida de la mayoría de la población siguieron
siendo escalofriantes (Speckman Guerra, 2022; Agostoni, 2005; Agostoni, 2000,
pp. 15, 18).
Aunque
la menstruación se ha asumido habitualmente como un ciclo biológico
transhistórico, las niñas mexicanas de hoy en día atraviesan el periodo de la
pubertad a una edad más joven que en el Porfiriato. La primera encuesta sobre
las prácticas de gestión menstrual en México, realizada en octubre de 2022,
arrojó que casi todas las niñas experimentan la menarquia –su primera
menstruación– entre los doce y los trece años; sin embargo, el 70 por ciento de
ellas todavía tiene poca o nula información sobre su higiene menstrual cuando
esto ocurre (Menstruación Digna México, 2022). A finales del siglo xix, la mayoría de las adolescentes
mexicanas vivían la menarquia pasados los catorce años. El médico Ignacio
Prieto, quien en 1907 realizó la encuesta más significativa sobre el tema del
período, refirió que, de un cotejo de 2,500 pacientes del Consultorio Central
de la Beneficencia, el 62 por ciento (es decir, 1,552 mujeres), vivieron la
menarquia entre los catorce y los quince años (Prieto, 1908, p. 394). De
acuerdo con otros expertos, esto se debía a la propagación de la malnutrición y
las enfermedades infecciosas, que condenaban a buena parte de las jóvenes de la
ciudad a padecer anemia, escrofulosis y amenorrea de forma crónica. (Ladrón de
Guevara, 1887; Guillén, 1903; Brumberg, 1998).
A
pesar de las apariencias, los médicos tardoporfiristas estaban fascinados por
el tema, y estudiaron el proceso de descamación del revestimiento uterino (llamado
endometrio) a través de estudios franceses sobre autopsias de mujeres muertas
durante la menstruación (Prieto, 1908; Cerisola, 1909). Así habían puesto en
duda una de las teorías predominantes sobre el origen de la regla, que
establecía que era una consecuencia de las desgarraduras de los folículos
ováricos. Esta afirmación fue ampliamente extendida en los círculos médicos de
México y de otras partes del mundo por la influencia de la obra de autoridades
como el naturalista francés Félix-Archimède Pouchet (referido generalmente como
Fouchet por los estudiantes) y el médico de origen polaco Adam
Raciborski, cuyos trabajos sobre el menstruo aparecieron en francés y fueron
muy citados por los tesistas mexicanos.
La
teoría de Pouchet fue la explicación líder sobre el origen de la menstruación
durante el siglo xix. El galo
afirmaba que la regla se producía por dos causas: una era el aumento del
líquido interior de los folículos ováricos (llamados en aquel entonces
“vesículas de Graaf” en honor a Reinier de Graaf, quien hizo la observación de
su existencia en 1672) y el otro era el desgarramiento de sus vasos venosos,
que presuntamente daba origen a la hemorragia. A ojos de Pouchet y sus
seguidores: “el ovario es el órgano esencial de la menstruación y la ovulación
es la base fundamental de todo el proceso” (Ladrón de Guevara, 1887, pp. 4, 7;
Prieto, 1908, p. 399). Esta concepción ha sido rebasada por la medicina moderna.
Actualmente sabemos que el sangrado se produce por la destrucción incompleta
del endometrio y no de los folículos ováricos, y que existen ciclos menstruales
sin ovulación (llamados anovulatorios). Esta última observación sorprendió
mucho a los médicos del siglo xix
durante los casos empíricos de ovariotomías, operaciones que buscaban eliminar
los “ovarios cancerosos o quísticos por razones terapéuticas” y que con base en
Pouchet se pensaba que tenían como efecto lógico el término de la menstruación
(Laqueur, 1994, p. 300).
Tanto
hoy en día como antes los higienistas sabían que todas las mujeres tienen su
propia forma constitucional de menstruar, pero, a diferencia de la actualidad,
los galenos de entonces creían tener la facultad de establecer parámetros muy
precisos sobre la cantidad de flujo menstrual sano, también comenzaron a
evaluar y medir los glóbulos, microorganismos, el color, el olor, el peso y la
cantidad de sangre que se perdía durante cada periodo (Cerisola, 1909; Vela,
1913). Los tesistas porfirianos describieron la porción de sangre catamenial
“regular” desde los cien a doscientos “gramos”, los 300 gramos y hasta “500
gramos”, y la duración total del escurrimiento de los tres a los cinco días. La
alteración de esos parámetros era motivo de sospecha, pues los doctores asumían
que durante la menstruación las jóvenes luchaban contra la debilidad de sus
órganos internos y los agentes patógenos que observaron microscópicamente en
las muestras de hemorragia catamenial (Ladrón de Guevara, 1887; Guillén, 1903;
Cerisola, 1909; Vela, 1913).
Este
tipo de datos e ideas sobre los promedios de la menstruación se enmarcaban en
una revisión teórica del proceso hemorrágico, resultante de las observaciones
en los casos clínicos de perturbaciones sobre el sangrado menstrual (Laqueur,
1994, p. 300; Egea y Galindo, 1872; Soriano, 1875). Como lo indica
Smith-Rosenberg (1973), para la década de 1890, los doctores y cirujanos de las
grandes metrópolis urbanas ya habían ampliado un lenguaje técnico que les
permitía elaborar descripciones detalladas sobre el sistema reproductivo de las
mujeres y sus alteraciones, pero que era ajeno a los sentimientos y las
opiniones que ellas tenían sobre sus propios periodos.
Influidos
por la teoría neolamarckiana –que sostiene que las características adquiridas a
través de la adaptación al medio ambiente se transmiten de forma hereditaria–,
la naciente ciencia de la puericultura y el enfoque moderno en los tratamientos
causales y preventivos, los tesistas médicos del porfirismo estudiaron la
ocurrencia de la menarquia como parte de las ciencias de la higiene racial (Stepan,
1991; Agostoni, 2000). De esta forma, buscaron diferenciar y clasificar étnicamente
la pubertad de las mujeres mexicanas con base en su apego o lejanía respecto a
los pueblos indígenas locales, las periferias urbanas y los climas
medioambientales de otras partes del mundo.
José
Ladrón de Guevara, quien en 1887 redactó una tesis pionera en el país sobre la
higiene durante los periodos de la menstruación y la menopausia, consideraba
que el intervalo de la menarquia se transmitía de forma hereditaria y que la
hemorragia tenía su origen en los desgarramientos de los ovarios. En una
discusión sobre la influencia del calor circundante en la precipitación del
menstruo, afirmaba que en los países fríos como Noruega y Laponia apenas
existían registros de niñas con menstruación precoz –es decir, antes de los 10
años–, en cambio, en países cálidos como “el Asia [India] 7 por 1000 personas
jóvenes no comienzan a menstruar sino hasta los diez y ocho años”, es decir,
las menstruaciones tardías en ese país eran auténticas extrañezas. El médico
adjudicaba estas variaciones vagamente a “la influencia de agentes exteriores
en combinación con la del sentido genital”, pero especialmente a la raza, que
delimitaba de forma perenne “la edad de la aparición del escurrimiento
menstrual”, y estaba regida siempre por “las leyes generales de la herencia a
que las funciones del ovario están sujetas” (Ladron de Guevara, 1887, pp. 10-12,
15).
La
teoría de la menstruación trópica y de su influencia racial mantuvo
continuidades a lo largo de muchas décadas. Alejandro Cerisola, alumno que en
1909 dedicó su tesis a las generalidades de la menstruación –proceso cuyo
origen él ya hallaba en el endometrio–, afirmaba que “las negras de Norte
América son tan precoces menstruando como las de Sud-América”. En los países
cálidos, continuaba, las niñas comenzaban a menstruar desde los once e incluso
desde los diez o nueve años, mientras que en los países de clima frío “se ven
muchas mujeres permanecer sin regla los 16, 17 y aún 18 años”. Con base en esta
jerarquización racista, Cerisola citaba estadísticas que situaban el promedio
de la menarquia de las niñas de la ciudad de México “entre los 12 y 13 años”,
aunque esto se oponía a su propia opinión de que la mala alimentación de las
mexicanas retrasaba significativamente su pubertad (Cerisola, 1909, pp.
151-152). Basado o no en datos fidedignos, la estimación de la ocurrencia del
flujo menstrual servía como alegoría del grado de desarrollo que un país
alcanzaba respecto al paradigma europeo, una región donde el presunto rezago de
la menarquia subrayaba el triunfo de las mujeres sajonas sobre las fuerzas
salvajes de la naturaleza y la sexualidad.
El
mismo prejuicio de largo arraigo se superponía sobre las periferias de la
ciudad, donde la ausencia de servicios de higiene y alimentos desafiaba la idea
de que la urbanización mejoraría inevitablemente la calidad de vida de la
población. Ladrón de Guevara afirmaba que “las mujeres de la clase acomodada,
de las grandes ciudades, llegan más precozmente a la pubertad”. Para explicar
esta particularidad, se regía con base en la deducción del ritmo de vida
agitado de las urbes, cuyos efectos sobre el sistema nervioso femenino
precipitaban sus funciones reproductoras. Sobre todo, lo vinculaba al cambio en
los ciclos de vida de las mujeres y hombres a raíz de los establecimientos
científicos y comerciales de las metrópolis. Según su opinión, allí donde “Una
población que en su mayor parte fueran fabricantes no sería una gran ciudad y
la ovulación no sufriría en ella el estímulo que recibe en las grandes
capitales”, las cuales él definía por su bullicio (Ladrón de Guevara, 1887, p.
13).
Veintidós
años más tarde, Alejandro Cerisola advertía que el grado de abundancia en el
flujo menstrual dependía de la posición social, la diferenciación espacial, el
género de trabajo y la alimentación que seguían las mujeres: Es un hecho que,
de una manera general, las mujeres de las grandes ciudades menstrúan mucho más
pronto que las que habitan en el campo”, y seguía, las mujeres “que llevan un
género de vida conforme con los preceptos de la higiene, pierden más sangre que
las de las clases humildes” (Cerisola, 1909, pp. 148, 151; Guillén, 1903). La
abundancia del flujo en esta concepción se amalgamaba al triunfo de la higiene
pública y el estilo de vida de las clases media y alta, que presuntamente
formaban a jóvenes más fértiles, con menstruaciones sanas, regulares, y mejor
adaptadas para llevar a buen término la maternidad. Imbuidos en una concepción
de la feminidad como un atributo inherente a la vida sedentaria de las mujeres
de las clases dominantes, los nuevos descubrimientos sobre la fisiología
menstrual terminaron por servir a intereses racistas y patriarcales, que definían
la diferenciación de las simbologías de género en una alegoría jerárquica sobre
quiénes eran las personas más aptas para reproducirse y estudiar a otras.
Prácticas e ideas
sobre la gestión menstrual
A pesar del optimismo higienista
que se asignó a la propagación de nuevas formas de habitar la ciudad por medio
de las estratificaciones clasistas, la experiencia práctica de las mujeres
enseñó a los médicos que el sangrado mensual, regularmente, estaba acompañado
de manifestaciones dolorosas: “fenómenos a los cuales todas las mujeres pagan
su tributo”, según indicaba el tesista Manuel Guillén, quien dedicó su trabajo
de grado a la pubertad femenina (1903, p. 21). Con esa expresión, Guillén aludía
a la arraigada tradición judeocristiana que interpreta la menstruación como un
castigo divino, una emisión corporal “impura” y a la que el Levítico respondía
con la imposición del aislamiento de las mujeres menstruantes y la ablución total
de sus cuerpos en agua limpia (Douglas, 1973, p. 53).
Reciclando
las antiguas ideas bíblicas sobre la impureza de la sangre menstrual, pero
renovadas bajo la mirada de la bacteriología, los doctores porfiristas describieron
a la hemorragia catamenial como un fluido habitado por incontables saprófitos
potencialmente infecciosos. Como resultado, los cuerpos de las mujeres
menstruantes adquirieron nuevos significados patógenos. Aunque los estudiosos se
reconocían como autoridades científicas para describir la fisiología y las
alteraciones del ciclo menstrual, la gestión misma de la sangre siguió siendo
marginal en sus consejos, simplemente asumían que las mujeres usaban o debían
usar algún tipo de compresa (Farrell-Beck y Kidd, 1996). Ladrón de Guevara
(1887), por ejemplo, se limitaba a recomendar que, durante el menstruo, las
jóvenes utilizaran “un pantalón de percal que se abra por los costados”.
Si
bien entre 1880 y 1910 los higienistas estadounidenses habían lanzado al
mercado una variedad de toallas, extractores y cinturones sanitarios, ninguno
de ellos parece haber tenido difusión en los catálogos comerciales de América
Latina (Farrell-Beck y Kidd, 1996; Tarzibachi, 2017). Para las mujeres que
podían costearlo, entre 1907 y 1910, las revistas El Cosmopolita Magazine
y Revista de Revistas anunciaron un “Cinturón sanitario para
señoras” de manufactura mexicana (Véase Imagen 1). Vendido a dos pesos, el
cinturón afirmaba ser un artículo “nuevo e higiénico”, no perecedero, fabricado
con hule aterciopelado y cuyo objetivo era “preservar la limpieza de los
vestidos”. No deja de ser significativo que el cinturón no era vendido en los establecimientos
médicos o farmacias, sino que era ordenado por envío al fabricante. Aunque no
se cuenta con registros de ventas, es poco probable que el producto hubiese
sido publicitado durante tres años si no hubiese existido alguna demanda
comercial.
Fuente:
El Cosmopolita Magazine, 1 de noviembre de 1907.
Hemeroteca Nacional Digital de México.
Para la mayoría de las
mujeres del mundo industrializado del siglo xix
la alternativa más común eran las toallas reusables, elaboradas por ellas
mismas con pedazos de tela de sábanas, algodón o lino y que sujetaban a sus
genitales durante los ciclos menstruales (Farrell-Beck y Kidd, 1996;
Tarzibachi, 2017). En otros casos, los médicos como Manuel E. Guillén
recomendaban algunas prácticas de higiene que buscaban “prevenir o combatir con
éxito las diferentes enfermedades que perturban la menstruación”, como los
lavados vaginales con soluciones antisépticas tras cada hemorragia, y el uso de
“algodón antiséptico” y gasas desechables como medios absorbentes de la sangre
menstrual (Guillén, 1903, p. 36). Eran, por supuesto, medidas irreales para la
mayoría de las mujeres de la ciudad, quienes no podían acceder a instalaciones
higiénicas facilmente, pero que sí reconocían en sus cuerpos la marca de una
emisión “impura” que requería contención y limpieza (Douglas, 1973).
Claudia
Agostoni advierte que los hábitos de higiene menstrual y de aseo de los
genitales experimentaron mayores cambios entre las mujeres de la élite, quienes
desde la última década del siglo xix
comenzaron a instalar bañeras, retretes y lavabos de agua corriente en sus
casas. Estos aparadores privados, elaborados a base de hierro fundido,
porcelana y bronce, eran un lujo sólo al alcance de las minorías privilegiadas.
Las mexicanas que podían costearlo instalaban en sus domicilios un bidé, recipiente
sanitario con agua corriente destinado exclusivamente al aseo de la zona perianal
y los genitales. A principios del siglo pasado, muchas revistas de la capital
también comenzaron a informar sobre la difusión de los gabinetes de toilette
para señoras, incluso en casas de medios más modestos. Para las clases medias,
la Ciudad de México disponía de cuarenta y ocho baños públicos y lavaderos que
por una tarifa ofrecían servicios de hidroterapia, baños de tina y vapor, baños
turcos y turco-romanos. En estos establecimientos generalmente se disponían de salones
separados para mujeres y hombres (Agostoni, 2005, pp. 572-573, 579).
Desde
finales de la década de 1880, el médico José Ladrón de Guevara recomendaba que
las madres de familia tomasen la batuta en la higiene menstrual de las niñas:
“Las madres tienen la obligación imprescindible de ser siempre, pero sobre todo
en esta época de la vida, las sabias y afectuosas mentoras que ayuden a sus
hijas a penetrar los arcanos de su naturaleza”. Eran ellas quienes debían
“examinar los órganos genitales” de sus hijas bajo la sospecha de cualquier
irregularidad del ciclo. Los médicos como él buscaban diferenciar el ejercicio
de la teorización fisiológica como algo inherentemente masculino, pero limitado
por la experiencia física y psicológica de menstruar, que solo era vivida cotidianamente
en el vínculo femenino entre madres e hijas (Ladrón de Guevara, 1887, pp.
23-25).
En
aras de reforzar su autoridad científica, Ladrón de Guevara recomendaba como
medidas de limpieza que las adolescentes tomaran baños de mar, hidroterapia y
“baños de asiento a la temperatura de 18º a 20º, prescritos diariamente en los
intervalos”. Curiosamente, consideraba que los baños de mar eran nocivos para
la salud de las mujeres menopáusicas, debido a que la interrupción de la
menstruación ocasionaba en sus mentes “perturbaciones neuropáticas” que debían
ser tratadas con remedios herbales, “preparaciones ferruginosas” y sesiones de
hidroterapia en establecimientos destinados a esa práctica (Ladrón de Guevara,
1887, pp. 54-55).
La dismenorrea, la
ovariotomía y la etiología de la menstruación
Provistas de baños
higiénicos y tratamientos herbales, algunas mexicanas vivían su menstruación de
forma indemne, pero muchas otras la transitaban con fuertes sentimientos de
angustia y miedo: “prefieren ahogar sus sufrimientos, a comunicárselos aún a
quienes las rodean […] sabido es que casi todas las mujeres llaman a sus reglas
su enfermedad”, informaba uno de los tesistas (Cerisola, 1909, p. 151). Durante
generaciones, las mujeres indígenas del país habían recurrido a todo género de
plantas medicinales –se llegaron a enlistar hasta veintiocho de ellas durante
la Colonia–, masajes y otras técnicas curativas que incluían remedios por
ingesta, sahumerio, polvos y ungüentos, utilizados desde antes de la Conquista
Española para vivir ciclos menstruales armónicos (Morales Sarabia, 2016).
En
las postrimetrías del siglo xix,
estas técnicas comenzaron a ser sustituidas entre algunas de las habitantes de
la clase media de la ciudad por métodos asépticos y regulados por la medicina
formal. Aún así, las residentes de la ciudad de México raramente solicitaban
ayuda hospitalaria cuando presentaban episodios de dismenorrea: “vemos que el
rubor y estoicismo de quienes la padecen, nos priva de su estudio”, lamentaba
uno de los estudiantes. En su lugar, las mujeres siguieron recurriendo a los remedios
herbales y a “contorsiones incesantes con la esperanza de calmar sus
sufrimientos”, según informó el mismo galeno en su trabajo (Tamez, 1907, pp. 7,
10).
Influidos por la idea de que la menstruación afectaba la
totalidad de la fisiología de las mujeres, los doctores del cambio de siglo acuñaron
neologismos como epilepsia menstrual e histero-epilepsia para
referirse a la dependencia inmediata de la dismenorrea sobre los transtornos del
sistema nervioso. Estos tecnicismos demostraban las coyunturas en el estudio y
el entendimiento de la etiología del dolor menstrual. Por ejemplo, a finales de
la década de 1880, médicos como José Ladrón de Guevara prescribían una dieta rica
en hierro y las abluciones de cuerpo entero en agua templada como remedios al
dolor catamenial, básicamente porque pensaban que todas las irregularidades del
menstruo eran consecuencia directa de alteraciones gastrointestinales. Para
principios de 1910, Carlos Vela –alumno que realizó una tesis sobre la fisiología
menstrual–, desechaba por completo las teorías de que las “afecciones
útero-ovarianas” tuviesen alguna incidencia sobre el estómago y los intestinos,
pero tampoco sabía cuál era su origen exacto (Vela, 1913, p. 4).
José
C. Tamez, tesista referido en la introducción de este trabajo, señalaba que, frente
a la dismenorrea, los médicos debían de diferenciar los tratamientos sintomáticos
(encaminados a aliviar los síntomas inmediatos de la dismenorrea) y los curativos
(que suprimían la causa del dolor). A los primeros correspondían la
asistencia de los cólicos menstruales utilizando “el opio bajo todas sus formas
y por todas las vías”, cataplasmas de láudano, inyecciones de morfina,
supositorios de belladona, fármacos como los bromuros y tratamientos herbales
con valeriana y asafétida, algunos de ellos probablemente eran familiares entre
las propias mujeres. En los tratamientos curativos, considerados sólo en
los casos extremos, se recurría a la “castración” femenina –la extirpación de
uno o ambos ovarios–, que llegó a ser aplicada en jóvenes entre los veinte y
treinta años con la esperanza de curar sus afecciones menstruales (Tamez, 1907,
pp. 11-13; Cerisola, 1909, p. 154).
Como
lo indica Laqueur (1994), la metáfora de la castración echaba mano de una antiquísima
tradición galénica que contemplaba a los ovarios como testículos imperfectos, pero
la efectividad del tratamiento descansaba en el supuesto de Pouchet de que el
desgarramiento de los folículos ováricos producía la menstruación. La primera ovariotomía
–según lo explicó el doctor Ricardo Egea y Galindo en una tesis de 1872–, había
sido ejecutada en 1809, pero entró al campo de la práctica quirúrgica hasta la
década de 1820. Como los médicos franceses –de gran influencia entre los
galenos mexicanos– se negaron a adoptarla sino hasta principios de 1860, la
misma llegó a la república de forma relativamente tardía, en 1865 (Egea y
Galindo, 1872, p. 8).
A mediados
del siglo xix la ovariotomía en
México era una intervención muy infrecuente, tremendamente peligrosa y
reprobada por considerarse una auténtica mutilación. La ablación consistía en
una incisión entre el pubis y el ombligo, hallado el ovario quístico, éste se
removía con la ayuda de un instrumento médico llamado trócar. La herida se
limpiaba con lociones a base de agua hervida y yodoformo y se suturaba con un
hilo grueso de seda fenicada. A pesar de los cuidados, la operación solía
producir hemorragias abundantes y pocas mujeres las sobrevivían (Egea y
Galindo, 1872, pp. 21-22; Noriega, 1889, p. 218).
Entre
1865 y 1875 solo llegaron a realizarse nueve de estas intervenciones en la ciudad
de México, Texcoco y Puebla, pero, con el paso del tiempo, la ovariotomía
comenzó a normalizarse y hacerse más segura (Soriano, 1875). Para 1909, por
ejemplo, el prominente ginecólogo Ricardo Suárez Gamboa había realizado cinco
ovariotomías en la ciudad de México para tratar casos de degeneraciones
poliquística y anexitis, todas sus pacientes sobrevivieron (Cerisola, 1909, pp.
154-155). Los médicos no salían de su asombro al contemplar que las mujeres
“castradas” recuperaban su menstruación después de cuatro o seis meses de
reposo tras la cirugía, por lo que comenzaron a desafiar la idea de que los
ovarios gobernaban el ciclo reproductor de las mujeres. Aún así, fueron reacios
a abandonar por completo la noción de que el ovario jugaba un rol central en la
vida biológica femenina, según ellos, fuente de patologías físicas y de la
conducta que justificaban su mutilación (Laqueur, 1994, p. 300).
La
extensión de estas operaciones y lo que los médicos porfiristas describieron
como “menstruación” no es clara. Actualmente sabemos que la extirpación de
ambos ovarios provoca el cese de la menstruación, mientras que la extirpación
de un solo ovario no la interrumpe. No obstante, tesistas como Cerisola
afirmaban que “puede existir menstruación sin ovarios” con base en lo que habían
presenciado en sus consultorios (1909, p. 148). De hecho, uno de los mayores
difusores en los cambios de la concepción menstrual a raíz de la ovariotomía bilateral
fue el prestigioso Ricardo Sánchez Gamboa, famoso por introducir la
histerectomía abdominal –la extirpación de la matriz– en México. Tras observar
la persistencia del menstruo en las pacientes sin ovarios, el prominente
ginecólogo elaboró una teoría sobre el origen del sangrado recogida en 1913 en la
tesis del alumno Carlos Vela. En un auténtico ejercicio de imaginación clínica,
Sánchez Gamboa advertía que cuando una mujer ovula envía una señal a través de
los nervios a su médula espinal, que hace reaccionar al útero para iniciar la
menstruación. Con la repetición mensual, seguía su razonamiento, la médula
espinal aprendía ese patrón e iniciaba la regla aun en “casos de extirpación de
los ovarios” (Vela, 1913, pp. 8-9). Aunque la medicina moderna ha demostrado
que esta hipótesis es falsa, en las posmetrías del porfiriato, tres tesistas ya
describían la génesis menstrual como resultado de la desadherencia del
endometrio y no de los folículos ováricos. Todos ellos concluían que era la teoría
más viable invocando la menstruación extraordinaria de las jóvenes “castradas”
(Tamez, 1907; Cerisola, 1909; Vela, 1913).
Con
sus matices, todas las metáforas de la castración de las mujeres y del lugar de
los ovarios en la hemorragia mensual, buscaron fortalecer la mirada masculina hacia
los órganos reproductivos femeninos con el objetivo de situar a las mujeres
como “significantes” del otro (Mulvey, 2001). Los procesos fisiológicos del
menstruo, atados a concepciones estáticas sobre la feminidad, dieron encauce a
imaginarios sobre el lugar que cada órgano, proceso o glándula jugaba en la
construcción de la diferencia sexual. La menstruación se oponía así
artificiosamente a la castración, pues simbolizaba el triunfo de la mirada del
espectador masculino y de la delimitación de distinciones corporales extremas
entre los sexos a través de la mutilación de los “testículos” femeninos.
Los significados de
la pubertad femenina
Los imaginarios sobre organismos
mutilados y la mirada masculina sobre la influencia catamenial en la higiene
del cuerpo hallaron su expresión más difundida en un pastiche de ideas sobre
los roles y las responsabilidades diferenciadas de los hombres y mujeres en el
matrimonio y la procreación (Brumberg, 1998). Todas ellas eran ideologías
socioculturales y religiosas difundidas fuera de los círculos médicos, pero
interiorizadas y expresadas por ellos como parte de su subjetividad. Como han
señalado numerosas historiadoras, la sociedad porfiriana asignó a las mujeres
de la clase media un papel de reclusión doméstica, afianzado en
reglamentaciones eclesiásticas sobre el matrimonio, los consejos ofrecidos a
las mujeres en la literatura popular y el persistente “estereotipo de la mujer
abnegada, dulce, buena madre y esposa comprensiva” (López Sánchez, 1998, p.
116). La menstruación, afirmaba Manuel E. Guillén –quien en 1903 escribió una
tesis sobre el proceso de la pubertad femenina–, opone a los sexos
simétricamente, “formando dos tipos inversos y complementarios”. Es decir, la
menarquia era la marca sexual por excelencia, que transformaba a la niña
prepúber en un ser completamente distinto y opuesto al varón (Guillén, 1903, p.
11).
Todos
los expertos higienistas del periodo compartían la idea de que la menstruación
alteraba la fisiología y la mente de las niñas de una forma que no tenía
parangón con la pubertad de los hombres: “Desde ese momento, el estado físico y
moral de la joven, estará íntimamente ligado con la actividad de sus órganos
genitales”, según lo indicaba un doctor en su trabajo de tesis (Guillén, 1903,
p. 11). A ojos de la mayoría de los médicos del cambio de siglo, el carácter
externo de los genitales de los hombres hacía que sus impulsos biológicos
estuviesen subordinados a su carácter viril. No ocurría así con las mujeres,
cuyos genitales internos permanecían supeditados durante treinta años a
periodos cíclicos de dolor, debilidad e incluso de locura (Smith-Rosenberg,
1973, p. 59).
En
la mente de los galenos, la pubertad alteraba el cuerpo de las niñas de una
forma tal que hacía dudar que mujeres y hombres fuesen una misma especie. La
menarquia, pensaban, no solo afectaba la disposición de las mamas, la piel, la
pelvis y la caja torácica, sino que también establecía la debilidad del cráneo
y esqueleto femeninos, delimitados por su menor peso y volumen, así como la
hipertrofia de su cuerpo tiroide, la disminución de su acuidad visual y de la
fuerza de su corazón (Guillén, 1903, p. 13; Vela, 1913, p. 3). La cosificación
sexual de la fisiología de la menstruación encontraba ahí su cénit, identificando
a las mujeres como prisioneras de sus órganos sexuales.
La
pubertad, a diferencia de la nubilidad, marcaba un punto de vorágide en la etiología
clínica del menstruo. Tras el matrimonio, la menstruación solo acarreaba
interés médico en los casos de dismenorrea. La esterilidad, la gravidez del
útero y las afecciones en la preñez y el parto llegaron a ser los mayores intereses
que cautivaron la atención de los gineco obstetras del porfirismo (López
Sánchez, 1998). De ahí que buena parte de la génesis de las teorías menstruales
de la época tomara como referencia la menarquia y no la menstruación en edad núbil.
También hallaron una mayor precisión clínica al trasladar el origen del
menstruo al revestimiento uterino y no en los ovarios: el primero, fuente de sesudos
análisis sobre “toda clase de padecimientos en las mujeres” (López Sánchez,
1998, p. 101). A ojos de la fisiología fantasiosa del periodo, el matrimonio
trasmutaba a la joven de un ser dependiente de su sangrado a uno subordinado a
su ciclo reproductor.
En
este imaginario, la menarquia también se estudiaba como encauce en la aparición
de alteraciones psicológicas y emocionales, que iban desde aquellas que aún hoy
reconocemos como parte de la pubertad –como la melancolía y la depresión– hasta
otras que respondían a una mirada propia de la medicina decimonónica sobre el
sangrado femenino, y que hoy han sido descartadas, como la histeria, la locura
y los deseos criminales. Mayores ansiedades de género se presentaron por esos
años debido a la ampliación del acceso de las mujeres al magisterio con la
creación de la Escuela Secundaria para Niñas –renombrada Escuela Normal de
Profesoras en 1890–, y posteriormente a la educación comercial, con la
fundación de la Escuela Comercial para Señoritas “Miguel Lerdo de Tejada” en
1903, así como los casos excepcionales de universitarias en ejercicio como las
médicas-cirujanas Matilde Montoya y Columba Rivera, o la abogada Victoria
Sandoval de Zarco, quienes dieron lugar a otro tipo de debates higiénicos en
torno a los efectos que la igualdad entre los sexos tendría sobre la
menstruación y la fertilidad femenina (Cano, 2014).
Para
la mayoría de los médicos la respuesta era muy clara: la igualdad entre los
sexos era imposible, porque las diferencias físicas producidas por el aparato
reproductor femenino determinaban una división sexual del trabajo inmutable
(Laqueur, 1994, p. 353). Por ejemplo, en 1903, el tesista Manuel E. Guillén
consideraba que el periodo menstrual y el cerebro operaban de formas
antagónicas: “todo lo que pueda conmover y despertar la curiosidad de sus
sentidos es peligroso para su aparato genital y puede traerle perturbaciones y
padecimientos prematuros”. Durante el periodo, recomendaba que las adolescentes
evitaran las impresiones intensas y penosas, el “trabajo cerebral” violento y
energético, los desvelos prolongados, determinadas formas de teatro y
literatura, y “los estudios musicales largos y tendidos” (Guillén, 1903). Esta
clase de recomendaciones estaban extendidas entre las clases medias y altas de
todo el globo, y tanto en México como en Estados Unidos (ambos, países donde el
feminismo floreció durante la primera década del siglo xx), los expertos recomendaban que las adolescentes pasaran
sus días respirando aire limpio, haciendo ejercicio moderado y evitaran el uso
del corsé y el consumo de licores. Sus energías limitadas, afirmaban los
expertos, debían dirigirse exclusivamente al desarrollo íntegro de su útero y
ovarios (Smith-Rosenberg, 1973, p. 62).
Paradójicamente,
mientras que hoy en día las adolescentes recurren a los tampones para realizar
actividades atléticas durante sus periodos, a principios del siglo pasado, el
propio Manuel E. Guillén (1903) consideraba que era saludable que las jóvenes
menstruantes realizaran ejercicios como la natación, la equitación y la
bicicleta, siempre que estos se efectuaran con moderación. Esta contradicción
entre la debilidad y la activación física de los cuerpos menstruantes nos habla
de una época de tránsito, donde el vuelco de la pasividad a la actividad era
consecuencia de la mayor libertad que comenzaron a exigir las mujeres y niñas
en el cambio de siglo (Brumberg, 1998). Las brechas feministas comenzaban a
hacerse.
Epílogo
Cuando en 1910
Francisco I. Madero hizo su llamado a tomar las armas, las mexicanas seguían
privadas de teorizar sus propias opiniones sobre la menstruación. La Revolución
Mexicana no alteró ese estado, pero su representación ya lo había hecho. Los
médicos porfirianos necesitaron darle sentido a las nuevas observaciones
fisiológicas de la hemorragia a través del análisis bacteriológico –que
demostraba la presencia de microorganismos en la sangre menstrual– y de la
ovariotomía, que los había dejado estupefactos al rebatir la tan extendida idea
de que la ovulación y la menstruación eran funciones indisociables. Así,
sentaron las bases para entender que la característica central de la
menstruación es la destrucción incompleta del endometrio y no de los folículos
ováricos. Armados de las herramientas de su entorno: una concepción de género
que veía en el ciclo reproductor la apología del lugar subordinado que la
sociedad asigna a las mujeres, y las ideas sobre la herencia de características
raciales, los higienistas porfirianos transformaron a la menstruación en una
problemática de higiene personal, concepción que con sus muchos matices ha
llegado hasta nuestros días (Brumberg, 1998, p. 30).
Las
polémicas, por su puesto, continuaron. En octubre de 1921, el doctor Eliseo
Ramírez Ulloa, principal estudioso mexicano de la menstruación durante el
periodo posrevolucionario, aún críticaba que “Se han señalado casos aislados y
en cortísimo número en que la menstruación ha persistido después de la
ovariectomía bilateral”. Según su opinión, los afamados casos de ovariotomías
del Porfiriato no tenían “absolutamente ningún valor”, ya que bastaban
“pequeñas porciones” de dichas glándulas para efectuar el sangrado y aún tras
la mutilación se preservaban supuestos “ovarios supernumerarios” en las reminiscencias
(Ramírez, 1921, p. 24). La idea de que los folículos ováricos regían la
menstruación persistió en el imaginario ginecológico internacional hasta entrada
la década de 1920, solo entonces la etiología contemporánea de la regla comenzó
a normarse de forma general.
Desafortunadamente, el estudio histórico de la
menstruación sigue siendo una tarea pendiente en la mayoría de las latitudes
latinoamericanas. La pobreza menstrual, es decir, la incapacidad de acceder a
productos de higiene menstrual y a información accesible y empírica sobre la
menstruación, es una forma de discriminación de género cuyos orígenes deben
hallarse en la formulación de la etilogía menstrual contemporánea que, imbuida
en concepciones misóginas sobre la inferioridad de los cuerpos de las mujeres,
hizo poco por alterar la salud higiénica de quienes vivían la menstruación día
con día. Los silencios y la desestimación que aún desalientan el estudio científico
de la salud menstrual echaron raíces antiguas, pero las respuestas ya se hallan
en el presente.
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