PERSPECTIVAS Y LIMITACIONES TEÓRICO-METODOLÓGICAS EN LOS
ESTUDIOS DE MASCULINIDADES: REFLEXIONES SOBRE UNA POSIBLE POLÍTICA ONTOLÓGICA
THEORETICAL
AND METHODOLOGICAL PERSPECTIVES AND LIMITATIONS IN MASCULINITY STUDIES: REFLECTIONS
ON POSSIBLE ONTOLOGICAL POLITICS
Ignacio Lozano-Verduzco[1]
Doi:
https://doi.org/10.32870/lv.v7i64.8335
Resumen
Los estudios de masculinidad han
logrado posicionarse como proyecto académico con más de 30 años de historia en
México y a pesar de ser un campo sumamente productivo, no ha estado libre de
críticas. En este ensayo, destaco que la debilidad más grande de este proyecto
radica en su tautología, pues constantemente entiende a los hombres y a la
masculinidad como sinónimos a pesar de sus esfuerzos por no hacerlo. El
objetivo de este texto radica en proponer una posible salida de esta tautología
y para ello, elaboro sobre los inicios de los estudios de masculinidades desde
sus orígenes éticos, políticos y académicos, también desarrollo sobre las
perspectivas teórico-metodológicas que se han construido desde este campo, así
como las aportaciones y limitaciones de cada una. También describo los objetos
de estudio desde cada perspectiva desde donde se levantan sus críticas.
Propongo que la tautología señalada es posible gracias a los procesos actuales
de subjetivación, en donde el poder se implica en la encarnación de normas y
diferencias, y orientando las miradas particulares de quienes nos inmiscuimos
en este campo. Sostengo que es esta mirada, a manera de tropo, la que no
permite que nuestros esfuerzos académicos transformen el campo político en donde
las desigualdades de género se mantienen. Concluyo invitando a tensar y
expandir las perspsectivas teórico-metodológicas que han caracterizado a los
estudios de masculinidad, implicándonos corporalmente en ello.
Palabras clave: estudios de masculinidad, desigualdad de género,
metodología, subjetividad, cuerpo
Abstract
Masculinity
studies in Mexico have positioned themselves as an academic project with more
than 30 years of history, and despite it being a very productive field of
inquiry, it has not been free of critique. In this essay, I argue that its
biggest weakness is a self-made tautology, as it constantly understands men and
masculinities as synonyms, despite its own efforts to avoid this. My objective
in this text is to propose a possible exit to this tautology. To accomplish it,
I describe the beginnings of this field, its ethical, political and academic
origins and I also develop on the theoretical and methodological perspectives
and their contributions and limitations. I also describe each perspective’s
object of study, the critiques each one faces and where they come from. I argue
that the tautology mentioned before is possible due to contemporary processes
of subjectivation, and how power is implicated in the embodiment of norms and
differences that orient a particular gaze of those of us who are part of
masculinity studies. I also argue that this glaze works as a trope that does
not render fruitful our academic endeavors to transform the political fields
where gender inequities are maintained. I conclude inviting to tense and expand
theoretical and methodological perspectives that have characterized masculinity
studies, implicating our bodies in the process.
Keywords:
masculinity studies, gender inequity, methodology,
subjectivity, body
Recepción:
10 de octubre de 2025/Aceptación: 12 de marzo de 2026
Introducción
Parece posible
asegurar que los estudios de masculinidad -también llamados de masculinidades,
de género de los hombres y de hombres y masculinidades- han ganado
reconocimiento como proyecto académico y sociopolítico, aunque este proceso no
ha estado libre de tensiones. A nivel global, se podría decir que los estudios
de masculinidades iniciaron en las décadas de los setentas y ochentas del siglo
xx (Connell et al., 2005). En la
región latinoamericana, Gutmann y Viveros (2005) afirman que el campo se
inaugura en las décadas de los ochentas y noventas del siglo pasado por parte
de mujeres feministas. De acuerdo con Núñez (2017) y Cruz (2010), en el caso
mexicano se puede ubicar la inauguración de los estudios de masculinidades en
1990 con un texto de Teresita de Barbieri sobre machismo y cómo los estudios de
género, en particular la mirada feminista, puede erosionarlo.
Desde estas lógicas, los estudios de masculinidades son aquellos que
problematizan al hombre como sujeto epistemológico y político, lo cual implica
reconocer a los hombres como sujetos participantes en la construcción de
conocimiento que participan en el espacio y las decisiones públicas. Es decir,
reconocer un lazo entre conocimiento y espacio público (Pateman, 1996), que
indica que aquellas personas reconocidas como portadoras de saberes, pueden y
deben participar en las decisiones públicas. Así dicho, me parece necesario
señalar una relación directa entre masculinidades y feminismo. La epistemología
feminista ha evidenciado que, desde la modernidad, el conocimiento ha sido un
espacio masculino de poder, (Blázquez, 2010; Fernández, 2010; Harding, 2010),
interpelando directamente a los hombres por el privilegio de conocer y ocupar
el espacio público (Pateman, 1996).
Estas disertaciones invitan a reconocer a las instituciones sociales como
un espacio masculino hecho y ocupado por hombres para re/producir conocimiento,
interpelarlo y ostentarlo, espacio que otorga formas de posicionamiento social
y de miradas particulares sobre el mundo (Ahmed, 2006; Azpiazu, 2017) que
generan desigualdad. Las posturas construccionistas -que han inspirado formas
posmodernas de pensamiento-, en particular la tradición foucaultiana reconocen
que el saber es una forma de poder, en tanto se establece como forma de verdad
que constituye a los objetos y las relaciones entre ellos (Foucault, 1968, 1992).
Así, podemos partir del supuesto de que el espacio masculino es un espacio
productor de conocimiento, de saber, de subjetividades y de relaciones
sociales, debido a que es un espacio de poder donde el sistema sexo-género
actual -que separa hombres de mujeres, masculino de femenino, homosexual de
heterosexual- es un proyecto de nación sumamente valorado. En ese sentido, en
este ensayo defenderé que la preocupación central de los estudios de
masculinidad deberá ser el análisis de cómo los hombres y los cuerpos
registrados bajo alguna lógica masculina nos relacionamos con el poder. Para
lograr este objetivo pretendo hacer una breve revisión del campo en México, los
temas más estudiados y las tradiciones teóricas y metodológicas que se han
presentado con mayor fuerza en este campo de estudios. De ahí, identifico las
limitaciones a las que el campo de estudios se ha enfrentado y propongo formas
en las que esos límites pueden ser tensionados y posiblemente expandidos. Cierro
con un esfuerzo por reconocer las lógicas de poder que producen cierta mirada
de la masculinidad que se encarna en (sobre todo) los cuerpos hombre y cómo esa
mirada puede ser torcida en tanto promovamos procesos de subjetivación que
interrumpan ese poder.
Los estudios de hombres y masculinidades
en México
Según el
seguimiento que he hecho de la producción en los estudios de hombres y
masculinidades en México, solo existe un documento cuyo objetivo explícito es
el de compartir un estado del arte sobre este campo de estudios, o subcampo de
los estudios de género, el de Guillermo Núñez (2017) en su texto Abriendo
Brecha. 25 años de estudios de género de los hombres y las masculinidades en
México (1990-2014), sobre la inauguración de estos estudios, sus alcances y
sus limitaciones. Claramente insiste en que los estudios de los hombres y las
masculinidades no existirían sin la influencia y argumentación de los estudios
de género feministas y los estudios de diversidad sexual,
lésbico-gay-bisexuales-trans-queer (LGBTQ+) o de los estudios queer/cuir. Son
estos los que han llegado a interpelar el lugar de poder de los sujetos
considerados hombres, estableciendo la posibilidad de la existencia de
múltiples formas de encarnar lo masculino y de las lógicas de poder que implica
un sistema de organización socio-política como es el del género (que
inevitablemente guarda intersecciones con otros sistemas de organización, como
el de la raza). Este texto sugiere que, gracias a los cuestionamientos hechos
por estas disidencias, los hombres hemos empezado a vernos a nosotros mismos de
forma más crítica y a cuestionar el lugar material y simbólico que ocupamos en
el entramado político-social. Es decir, que solo hasta que nuestro poder fue
cuestionado, empezamos a tener interés sobre el lugar que ocupamos en el mundo
actual (Fernández, 2015).
Núñez (2017) reconoce que, en sus inicios, lo que él llama el sub-campo de
estudios de género de los hombres a nivel global, se vio fortalecido con
trabajos desde una perspectiva positivista y esencialista que intentó dar
cuenta de cómo “son” los hombres, como si todos tuviéramos una suerte de verdad
interior inamovible, pancultural y transhistórica. De esta perspectiva surge la
definición de Guttman (1997) sobre los estudios de masculinidad: estudian lo
que hacen los hombres. Dicha postura fue duramente criticada en diferentes
partes del mundo, incluyendo México (Amuchástegui, 2006; Ramírez, 2006), porque
“soslaya la relación de poder y disputa a que dan lugar esos comportamientos,
lo que dificulta la comprensión de sus transformaciones” (Núñez, 2017, p. 37).
Así, el autor sostiene que la perspectiva del construccionismo simbólico ha
sido central en los estudios sobre hombres y masculinidades, mirada que Ramírez
(2006) identifica como normativa o semiótica. Una perspectiva útil en tanto
permite comprender que las personas de carne y hueso -los cuerpos- somos
constantemente afectados por los contextos y que, al mismo tiempo, afectamos a
esos contextos, permitiendo un ejercicio mutuo de influencia que produce
transformaciones constantes al nivel micro (de las subjetividades y relaciones
interpersonales) que, a su vez, dan lugar a transformaciones más amplias a
nivel político, social, cultural y económico (Berger y Luckman, 2003; Blumer,
1969; Mead, 1972).
Núñez (2017) organiza y analiza cerca de 600 trabajos sobre masculinidades
producidos en México, en donde identifica 14 líneas temáticas, una de las
cuales se dedica al estudio de la teoría, epistemología y metodología. Mi
análisis de la mayoría de los trabajos de esa línea indica que, si bien hacen
aportaciones teóricas de suma relevancia, hay poca claridad sobre las
perspectivas teórico-metodológicas de las cuales parten. Más aun, hay poca
claridad sobre cuáles de estas perspectivas están presentes en el campo de
estudios en cuestión. Lo que sí comparten es, como ya señaló Núñez, una
negativa a sostener la idea de masculinidad como un único rol sexual, como una
verdad inherente al sexo.
¿Para qué y desde dónde? Teoría y
metodología en los estudios de masculinidad
Sabemos bien
que todo proyecto investigativo, en tanto forma de producción de conocimiento, hace
preguntas sobre tres dimensiones ligadas entre sí: la epistemología, la
ontología y la metodología. La primera refiere al valor del conocimiento y a
cómo llegamos a conocer, esto nos orienta a pensar en las herramientas,
técnicas e instrumentos que usamos para producir ese conocimiento. La
metodología bien podría describirse como el puente entre los métodos que usamos
al hacer investigación y las preguntas teóricas más amplias. La ontología nos
propone preguntas sobre el sujeto ¿qué sujeto puede conocer? ¿Qué
características dicho sujeto debe tener -o desarrollar- para poder conocer?
Podemos argumentar que hacemos
investigación simplemente para conocer, para entender el mundo que nos rodea,
como lo ha estipulado el paradigma racionalista-positivista (Guba y Lincoln,
2013; Hearn, 2013). Desde ese paradigma, entendemos al mundo como una serie de
objetos y relaciones que “están” dispuestos a ser vistos, comprendidos y
analizados. Esto significa imponer una distancia entre quien investiga y lo
investigado, estableciendo una relación de sujeto-objeto en donde quien
investiga tiene una serie de capacidades técnicas para conocer y explicar al
mundo “verdaderamente”. Esta postura teórico-epistémica, coincide con tres
perspectivas teórico-metodológicas en los estudios de los hombres y las
masculinidades identificadas por Viveros (1998):
A.
Conservadora: una perspectiva con poca fuerza que
sostiene que hombres y mujeres somos biológica e inherentemente diferentes y
que, de esas diferencias, emanan los roles sociales impuestos sobre uno u otro
sexo/género (Ramírez, 2006). Reafirma que los hombres somos protectores,
fuertes, proveedores como parte de una supuesta naturaleza masculina.
B.
Derechos de los hombres: grupos que reclaman “la
recuperación de los privilegios perdidos” o que demandan “el ejercicio de
algunos derechos que sienten desatendidos ante los avances de las mujeres”
(Tena, 2010, p. 273).
C.
Mitopoética: postura que sostiene arquetipos universales
y transhistóricos de la masculinidad. Para Tena (2010), esta perspectiva forma
parte de la anterior, pues ambas reproducen de manera importante los
estereotipos de la masculinidad tradicional.
Viveros (1998)
también identifica otras dos perspectivas en los estudios de hombres y
masculinidades en América Latina: la profeminista y la socialista. En la
primera agrupa los estudios que apoyan los intereses feministas, tanto
investigativos como políticos. Si bien el concepto profeminista se usa
también en los estudios de masculinidades en México (Fernández, 2014), Tena
(2010, 2014) contraargumentará señalando que los estudios de masculinidades
pueden ser feministas, a secas. El uso de profeminismo separa a los
hombres de la práctica política feminista, sosteniendo el argumento de que solo
las mujeres pueden ser feministas y preocuparse por la igualdad de las mujeres
y que los hombres podemos apoyarla. Este uso nomenclatural no es menor, pues
señala qué sujetos pueden ser parte del feminismo y cuáles no; una distinción
que podría esencializar nuevamente a los géneros en el sexo. Es decir, tiene
implicaciones ontológicas que pueden conducir a sostener que solo las mujeres
(pensadas como cuerpos con vulva) pueden tener una práctica feminista, una práctica
orientada al logro de la igualdad entre los sexos y los géneros. Esto tiene
implicaciones ontológicas que pueden escencializar nuevamente a los géneros en
el sexo, sugiriendo que a los hombres no nos interpelan las lógicas de la
desigualdad de género. Esto, sin menoscabar que la apropiación de la gramática
de género y feminista por parte de los hombres ha aportado poco a las metas
feministas de igualdad y al cambio en las lógicas de poder (Bridges y Pascoe,
2014; Gruenberg y Saldivar, 2022; Jones y Fabbri, 2022).
A estas perspectivas teórico-metodológicas habría que añadir la de los estudios
y de los movimientos sociopolíticos LGBTQ+, que se nutren del pensamiento
feminista y que siguen la tradición de cuestionar qué hace a un cuerpo mujer o
qué hace a un cuerpo hombre. En los estudios y en el movimiento LGBTQ+ subyace
un trabajo epistemológico, metodológico y político que nos ha permitido nombrar
múltiples géneros y orientaciones sexuales y que las identidades que desde ahí
se nombren, adopten y sostengan una postura antipatriarcal. Dicha postura, a
decir de Drullard (2023), se distingue de las posiciones feministas, particularmente
de las que podrían catalogarse como blancas, burguesas y eurocentradas, en
otras palabras, colonialistas. El trabajo desde la decolonialidad se distancia
del concepto de género para problematizar al patriarcado como estructura y
dispositivo que establece distinciones claras en la diferencia sexual,
importado e impuesto sobre el continente americano para pasar de un patriarcado
de baja intensidad a uno de alta intensidad, cuya característica central es la
violencia explícita, expresiva e instrumental en contra de las mujeres y de lo
femenino (Segato, 2020). En este patriarcado de alta intensidad no solo las
mujeres (entendidas como cuerpos con vulva) viven la desigualdad, sino también los
cuerpos feminizados, que se materializan en la gaydad, lo intersex y lo trans.
Una gran cantidad de trabajos de investigación sobre hombres y masculinidades
adoptan alguna postura en la lucha compartida contra la violencia, la
desigualdad y la injusticia de género, mientras que otros trabajos se han
enfocado en describir los significados y situaciones de la vida de los hombres
y a entender sus comportamientos, pero sin problematizar cómo estos surgen de
lógicas desiguales de poder. De acuerdo con Fernández (2014) y con Tena (2014),
estos últimos trabajos son poco fructíferos, pues se limitan a la producción de
empiria, válida en sí misma, pero que no transforman las condiciones materiales
y simbólicas que sostienen la desigualdad entre los sexos y los géneros. En
otras palabras, encontramos en los estudios de masculinidad dos grandes
tradiciones metodológicas: i) los estudios que se interesan por lo que los
hombres hacemos, pensamos y por cómo nos relacionamos y ii) los que se
interesan por las lógicas y significados que constituyen las posibilidades de
relación de los hombres. En México, encontraremos una variedad de posturas
teóricas en este campo de estudios, aparecen tanto los que Viveros (1998) llama
profeministas y socialistas, pero también estudios que se acercan
a la tradición de los derechos de los hombres, sobre todo los que tienen que
ver con la paternidad.
En la perspectiva teórica socialista, identificada por Viveros (1998), se
incluye a los trabajos académicos que cuestionan la relación entre patriarcado
y capitalismo y los dividendos y privilegios económicos de los que gozamos los
hombres. Contamos con suficiente estadística (INEGI-INMUJERES, 2023) que
muestra las diferencias materiales entre hombres y mujeres, así como la
necesidad de atender esas diferencias, que son diferencias de poder económico,
político, cultural y social. La propia noción de igualdad sustantiva
busca contrarrestar estas diferencias, pero no lo ha terminado de lograr.
Las dos posturas identificadas por Viveros (1998), la profeminista y la socialista,
podrían agruparse en la perspectiva construccionista simbólica a la que refiere
Núñez (2017) y que está presente en un gran número de trabajos publicados en
México sobre hombres y masculinidades. De acuerdo con Connell, Hearn y Kimmel
(2005), en los estudios de los hombres y las masculinidades hay tantas
aproximaciones teóricas como las hay en las ciencias sociales como:
positivismo, relativismo cultural, psicoanálisis, teoría crítica, feminismo,
marxismo, posestructuralismo y postcolonialismo, aplicadas a una serie de
disciplinas como la psicología, medicina, sociología, antropología,
criminología, ciencia política, derecho, filosofía e historia. Igualmente, en
la perspectiva construccionista simbólica convergen una serie de perspectivas
derivadas de varias disciplinas. A pesar de esta diversidad, en los trabajos
sobre masculinidad y hombres permanece una crítica al esencialismo y al racionalismo
positivista. En ellos, es fuerte la argumentación de que las lógicas de género
son construidas, cambiantes y locales, y que se insertan en una red de
significados complejísima y cambiante. De ser así, las visiones estáticas del
género y las masculinidades, como la perspectiva conservadora y mitopoética,
parecen haber perdido importancia y espacio en la academia, a pesar de que su
discurso se encuentra en lo que hoy se conoce como manósfera (García-Mingo y
Díaz, 2022) (en algunos textos también llamada machósfera).
El énfasis en la perspectiva construccionista también nos permite
identificar algunas perspectivas metodológicas en este campo de estudios. Si
bien, se utilizan diversos métodos de investigación como encuestas,
entrevistas, observación participante y técnicas etnográficas,
investigación-acción, análisis del discurso y análisis documental (Connell et
al., 2005; Hearn, 2013), las metodologías parecen ser un tanto menos variadas. Distingo
entre métodos y metodologías, pues los primeros refieren a los pasos y
decisiones que tomamos en el trabajo de campo, así como a las técnicas e
instrumentos que usamos para recoger datos; mientras que los segundos obedecen
a una reflexión crítica sobre las formas más adecuadas para producir
conocimiento. Como ya se ha señalado, una perspectiva metodológica importante
ha sido la feminista, que reconoce las lógicas de poder entre hombres y mujeres
y privilegia el punto de vista de las mujeres para el análisis de las
desigualdades (Harding, 2010). Desde el postestructuralismo destaca la Teoría
Queer, porque invita a pensar las identidades como construidas y cambiantes, lo
que permite desontologizar al sujeto sexual fuera de los rígidos márgenes del
positivismo biológico (Preciado, 2005) que reivindica estereotipos
tradicionales para los hombres: la fuerza, la heterosexualidad y la proveeduría
entre ellos.
En resumen, existen varios puntos de partida teórico-metodológicos en el
estudio de los hombres y las masculinidades, pero la mayoría de los trabajos se
ubica en un pensamiento construccionista. Así mismo, parece haber dos metas de
arribo para este campo de estudios; por un lado, la producción de conocimiento
por el conocimiento mismo; y por el otro, la producción del conocimiento para
la transformación política, que podría contribuir a lograr la igualdad
sustantiva entre los sexos y los géneros, pero también al pleno reconocimiento
de identidades fuera de esta ontología sexual, como personas queer/cuir, trans, no binaries, entre
otrxs[2].
Es también importante resaltar que los estudios de masculinidad han
construido su propia teoría; al menos identifico dos trabajos fundamentales que
considero han constituido como perspectivas teóricas en sí mismas. El primero
es el marco referencial de la masculinidad hegemónica, expuesta por
Connell (1995), en el que define la masculinidad como prácticas de género que
legitiman el patriarcado y que han sido utilizados por un gran número de
investigadores para analizar la forma jerarquizada, relacional de los espacios
sociales y simbólicos de la masculinidad, que siempre dependen de los
contextos. El énfasis está en la noción de prácticas de género, pero se
distingue de la perspectiva de Guttman (1997), puesto que la conducta suele ser
asociada con una mirada psicologicista e individualista (a pesar de que en la
psicología está ampliamente estudiado que la conducta sucede gracias a la
interacción), mientras que las prácticas implican procesos interpersonales y
sociales determinados por fuerzas que rebasan la propia noción de individuo y
sus capacidades. Dicho marco teórico no ha estado libre de críticas (Connell y
Messerschmidt, 2005), entre las que destacan el poco espacio para la agencia y
resistencia del poder normativo, algunos tonos de determinismo social y un poco
de ambigüedad conceptual, pues, aunque el concepto es ampliamente usado, no
parece permitir distinguir si hay otras lógicas o prácticas masculinas.
Una forma de entender las prácticas de género y como consecuencia, las de
masculinidad es que constituyen un orden de género históricamente específico,
con sus símbolos, representaciones, configuración y estructura que dan forma a
las interacciones interpersonales y sustenta a las instituciones sociales y sus
lógicas. Esto es, cada orden de género implica una serie de mandatos que
impactan sobre los cuerpos, produciendo subjetividades específicas dentro de
ese orden que suele ser binario: masculino-femenino, heterosexual-homosexual,
etc. (Connell, 1995; De Barbieri, 1992). Así, los cuerpos-generalmente
nombrados hombres, re/producimos ese orden masculino a través del cual
ostentamos dominio y poder.
La segunda es la propuesta del sociólogo francés Pierre Bourdieu (2000),
quien sostiene que la dominación de los hombres es posible gracias a
estructuras sociales y culturales que estructuran la mente de las personas a
través de un habitus y un campo en donde reina la violencia simbólica.
Entendiendo a ésta última como la violencia de la que no damos cuenta, la que
permite la reproducción de estructuras y que involucra a las personas e
individuos en esa reproducción. La violencia, para este autor, se trata de una
serie de actos pedagógicos (Bourdieu y Passeron, 2001) donde se imponen formas
de pensar y actuar, a través de la naturalización de la historia y de lo
social.
A partir de estos trabajos, también se han propuestos conceptos teóricos
como masculinidad incluyente (Anderson, 2005) y masculinidades
híbridas (Bridges y Pascoe, 2014), que argumentan por diferentes formas de
transformación de lo masculino, la incorporación de elementos femeninos a las
identidades y prácticas de los hombres. La masculinidad incluyente
sostiene que estamos ante un cambio social profundo en donde los hombres somos
capaces de evitar la violencia y sostener la igualdad, pero se ha criticado por
considerar que, en realidad, dichos cambios son superficiales y no impactan en
las estructuras sociales y políticas que sostienen la desigualdad. Lo anterior
se argumenta desde el concepto de masculinidades híbridas, que refiere
que, aunque los hombres hemos incorporado una serie de elementos antes
considerados femeninos, “menos hombre”, “de gays”, entre otros, dicha
incorporación no significa una verdadera transformación de las estructuras y
condiciones que diferencian a los hombres de las mujeres (Bard Wigdor, 2023). Así, parece
que nuevamente regresamos a la idea de hegemonía y dominación que se sostiene
desde la masculinidad, como si estuviéramos ante una barrera
teórico-metodológica a la que regresamos frecuentemente.
¿En dónde nos atoramos?
Lxs lectorxs
posiblemente se hayan dado cuenta que, hasta ahora, he usado de manera casi
indiferente los conceptos de hombres y masculinidad o estudios
de género de los hombres, estudios de masculinidad o estudios de
masculinidades. Este uso ha sido intencional para poder mostrar la
facilidad con la que dichas categorías se intercambian y proponen en este campo
de estudios; todos estos conceptos se utilizan en la producción académica de
nuestro país para construir argumentos y disertaciones. Dicho intercambio no es
solo nomenclatural, resulta también categórico y epistémico con efectos
metodológicos y políticos. De ahí, emana un carácter tautológico en este campo
que dificulta aterrizar su propio objeto de estudio (Amuchástegui, 2006;
Parrini, 2012). Si los hombres somos producto de ese orden de género a través
de prácticas de género, nuestra identidad está marcada por esa re/producción
que nos otorga una mirada masculina del mundo. Vale la pena preguntarnos si en
este campo de estudios ¿estudiamos a los hombres? ¿A la masculinidad? ¿A las
masculinidades? ¿Cómo diferenciamos al hombre de lo masculino? Si es que esto
es posible y necesario. ¿Es útil pensar por un lado en hombres y por otro en
masculinidades?
En diferentes congresos organizados
por la Academia Mexicana de Estudios de Género de los Hombres, he escuchado con
frecuencia a expositores que afirman que existen tantas masculinidades como hay
hombres, apelando a una construcción individual, única y singular,
completamente diferenciada de otras. Esto, si bien arguye a favor de las
libertades individuales y la autenticidad del self, oculta una serie de
fuerzas regulatorias de la vida social y subjetiva, e ignora las producciones
teóricas desarrolladas a partir de las perspectivas seminales que señalé
párrafos arriba, ignorando la relevancia de las prácticas de género en la
constitución de lo masculino (sea lo que eso signifique).
Azpiazu (2017), en su revisión de la literatura sobre hombres y
masculinidades en ciencias sociales, señala que, en sus inicios, estos estudios
partían de perspectivas y marcos teóricos feministas (en sus diferentes
vertientes) y que poco a poco fueron “desplazándose […] hacia los marcos
propios de los estudios sobre masculinidades” (p. 25). Es decir, los estudios
de masculinidades se citan a sí mismos una y otra vez, constituyendo “un
círculo cada vez más cerrado” (p. 25). Esto también ha levantado críticas en
México. Amuchástegui (2006), diserta sobre lo que estudian las masculinidades,
señalando la existencia de una tautología clara: las masculinidades estudian a
los hombres porque los hombres somos masculinos. Cosa que ha llevado a Parrini
(2012) a sostener que lo único que hacen las masculinidades es estudiarse a sí
mismas, y que al hacerlo, se constituyen a sí mismas como un dispositivo de
saber-poder que participa en procesos de subjetivación de lo masculino como
poderoso.
En particular, valoro la crítica de Ana Amuchástegui (2006) para señalar
estas interrogantes que, a mi parecer, funcionan como ganchos que nos atoran
para construir un campo de estudios verdaderamente fructífero, con aplicaciones
para la vida sociopolítica. Me parece que podemos encontrar dos salidas a esta
aparente tautología, mismas que se relacionan fuertemente. Retomo la
aproximación que hizo Connell (1995), con su énfasis en prácticas, pues
podríamos entenderlas como una serie de comportamientos, regulados a través de
costumbres y normas que tienen un carácter colectivo y que implican actividades
corporales, mentales (pensamientos, emociones, motivaciones, etc.) y objetos
materiales (Ariztía, 2017). De acuerdo con esta definición, las prácticas son
cambiantes, por lo que parece que Connell ya avizoraba la necesidad de
transformación. Si en las prácticas hay posibilidad de cambio y la masculinidad
hegemónica refiere a prácticas
que legitiman al patriarcado, parece que el concepto anuncia su propia muerte
ante la posibilidad de transformar prácticas que cuestionan o incluso
deslegitimizan al patriarcado. Ahí radica una posible salida a la tautología,
pues el patriarcado no solo es sostenido por hombres, sino por las prácticas
que seres humanos institucionalizamos y llevamos a cabo en la reproducción de
las estructuras.
Amorós (1992), muy elegantemente,
plantea que los hombres participamos en la legitimación del patriarcado a
través de pactos seriados, de acuerdos (sobre todo) entre hombres en donde
reforzamos nuestra sensación de hegemonía (sin tener muy claro de qué se trata)
para excluir, sobre todo, a las mujeres (y podríamos agregar, a lo femenino).
Son actos seriados, en los que también pueden participar mujeres, porque para
la autora el patriarcado es gelatinoso, metaestable y requiere ser estabilizado
constantemente a través de los pactos para que no se caiga. Aunque desde una
postura epistemológica muy distinta, el carácter repetido de estos pactos
recuerda al concepto de performatividad de Butler (1988, 2002, 2007).
Para estx autorx, el sexo es algo que hacemos, no que tenemos y lo hacemos a
través de la repetición encarnada de normas de género que producen lo que
nombran. Es decir, los seres humanos entramos a un mundo previamente normado,
que define el sexo de las personas a partir de nociones históricas de la
diferencia sexual que nombramos género. Esas normas se aplican a los
cuerpos y los cuerpos las reproducimos en cada acto que llevamos a cabo.
Nuestras prácticas, entonces, son siempre generizadas y repetidas y, mediante
la repetición de esas normas, aparentamos una identidad relativamente estable y
coherente que nos ubica como hombres y mujeres (u otros) con diferentes
despliegues de poder. Para Butler (1988), en la repetición de la norma está su
potencial para transformarla, puesto que la repetición de la norma nunca es
igual a la norma misma. Esto se hace evidente en algunos cuerpos trans e
intersex que, independientemente de la apariencia de sus genitales y su
producción hormonal, repiten normas de lo femenino o de lo masculino (según sea
el caso) y son leídxs por otras personas como hombres o mujeres. La violencia
contra los cuerpos trans aparece cuando la transgresión de esas normas se hace
evidente, al igual que la violencia contra hombres gay afeminados o mujeres
lesbianas masculinas.
Regresando a la tautología producida
por los estudios de masculinidad, Amuchástegui (2006) concluye que, ante los
usos indiferenciados de hombre y masculinidades en este campo de
estudios en México, debemos preguntarnos sobre las formas en que los hombres
nos relacionamos y ocupamos el poder, idea que también aportó Michael Kaufman
(1999) al señalar que una de las formas de violencia de los hombres implica
violencia contra otros hombres y contra uno mismo. Si retomamos la afirmación
de Burin (2000) sobre que los hombres somos socializados lejos de nuestro
cuerpo y nuestras emociones; podría entenderse que a los hombres se nos induce
a lo racional, a ostentar ese sujeto cartesiano que escinde cuerpo de mente y
que esa escisión facilita la violencia de los hombres contra nosotros mismos.
Para Núñez (2007) esto implica una condición ontológica de los hombres que
tiene efectos sobre las formas de entender la producción de conocimiento, una
forma que implica seguir ostentando poder.
Amuchástegui y Kaufman advierten que el interés debe enfocarse en el poder
que reproduce las desigualdades no solo entre hombres y mujeres, sino también
entre hombres. Según Segato (2003), en este uso del poder radica la
feminización de los cuerpos, de aquellos violables, como hombres gay y/o
personas trans. Bajo esta lógica, las personas que llevamos a cabo pactos
patriarcales practicamos la feminización de los cuerpos y, por ende, la
violencia contra ellos debido a la forma en que usamos y nos relacionamos con
el poder.
Violencia, discurso y cuerpo en
las lógicas del patriarcado
La
argumentación presentada nos lleva a una idea que para algunxs podría ser
escandalosa: el patriarcado también tiene como víctimas a los hombres, pues se
trata de un sistema de organización sociopolítica que organiza y gobierna a
todos los cuerpos humanos, separándoles y afectándoles de manera desigual
(Repo, 2015). Para Amorós (1992), la forma en que sostenemos al patriarcado es
también la manera en que nos impacta a través de los pactos seriados que
llevamos a cabo constantemente y que constituyen una ficción de hombría. Como
señala Butler (1988, 2002, 2007), mediante actos performativos, los patrones de
conducta normativos construyen a la heterosexualidad como lógica sexual
hegemónica para establecer formas de parentesco que le quita capital a las
mujeres.
Estas lógicas implican pensar a los
cuerpos como dóciles (Foucault, 2003), como blandos y abiertos a ser afectados.
Es decir, el patriarcado disciplina, vigila y castiga a todos los cuerpos de
diferente manera basándose en la apariencia de sus genitales. Pero, por otro
lado, la propia significación y percepción del cuerpo es cultural; esto es, el
cuerpo no es solo una entidad biológica que actúa por sí misma, sino un agente
de la cultura, que procesa y medía redes de significados (Csordas, 1990). Este
proceso, denominado embodiment, que en español podría traducirse como encarnación,
significa que el cuerpo es más que carne y hueso, es afecto, es discurso, es
materia y agencia. Pensar el cuerpo como objeto y sujeto de la cultura o como
encarnado, invita a reflexionar sobre la forma en que la cultura opera sobre la
carne y le da forma (Ahmed, 2006). Los procesos de encarnación desde la
masculinidad implican que los hombres nos beneficiamos materialmente de
nuestros dividendos y privilegios -resultado de nuestros pactos y
performatividades-, pero también, como resultado de esos pactos, nos abrimos a
una serie de violencias y riesgos.
Así, me parece relevante pensar a la
masculinidad como prácticas seriadas e interpersonales que crean espacios
simbólicos de socialización particular, espacio fértil para los pactos y los
actos performativos que sostienen una relación jerárquica entre lo masculino y
lo femenino. En los procesos de socialización o de reproducción y apropiación
cultural se generan hábitos y se imponen valores, consignas y determinaciones
de las estructuras en las que participamos (Nateras, 2013). Estos procesos
implican capacidades perceptuales, motoras y afectivas de los seres humanos. No
somos una hoja en blanco donde simplemente se imprime lo social, sino que lo
procesamos y lo mediamos (Wetherell, 2012). De ser así, la masculinidad no
puede ser exclusiva de los hombres, sino que se trata de espacios de
socialización donde se jerarquiza a los cuerpos, se les otorga valor y se les
da forma y significado.
En su tesis doctoral, Fernández
(2015) encuentra que los hombres cuyas prácticas se alinean con mayor claridad
con las metas y principios feministas de la igualdad no son aquellos que adoptan
la gramática de género, sino quienes han vivido en carne propia la violencia de
género. De hecho, Bridges y Pascoe (2014) arguyen que los hombres que saben
hablar en clave de género reproducen las desigualdades producidas por ese
sistema. La violencia de género también es vivida por hombres gay, bisexuales y
personas trans que comparten con las mujeres el ser violentadxs por su
expresión de género y por su deseo. En ese texto, Fernández (2015) hace una
propuesta radical, pues si el género y la violencia se encarnan, la forma que
tenemos los hombres para transformar las lógicas desiguales del género es
abandonando nuestros cuerpos.
Una aproximación a las formas de encarnación de lo masculino puede ser a
través de la relación entre discurso y cuerpo. El discurso, entendido como usos
institucionalizados de lenguaje que se expresa en múltiples prácticas, es un
proceso multifacético donde se construyen y se logran significados a través de
fuerzas sociales y subjetividades (Bajtin 1998; Davies y Harré, 1990; Scollon,
2003; Van Dijk, 2013) que tienen el poder de afectar a las personas, así como
las personas somos capaces de ejercer agencia y elección en relación con esas
prácticas (Butler, 2002, 2007). Desde estas lógicas, las personas surgimos y
ocupamos lugares a los que somos convocadxs a través del discurso expresado en
las interacciones entre humanos (Davies y Harré, 1990).
En últimos años, como resultado de
contextos cada vez más globalizados en lo local y en la era de la
hiperconectividad, se podría decir que ha aumentado el alcance de la agenda
feminista y LGBTQ+. Las demandas por la igualdad económica, legal, política y
sexual entre hombres y mujeres y por el reconocimiento de formas de sexualidad
y género fuera de la cisgeneridad se han vuelto un discurso amplificado y su
gramática ha alcanzado un sinfín de escenarios. Existen numerosos ejemplos
entre ellos: los ecos del #MeToo y #MiPrimerAcoso en México que lograron una
conexión relevante entre el Cono Sur y Estados Unidos (Fernández, 2023), con
implicaciones a nivel político, legal, social y personal, que involucraron cada
vez a más mujeres que tomaron las redes sociodigitales -un espacio público- para
nombrar la forma en que fueron violentadas (Flood, 2022).
Es decir, se construyó un discurso específico, relativamente homogéneo
sobre la violencia de género en el continente americano que impactó a los
hombres de dos formas; ya sea con temor o con enojo. En diferentes espacios –sobre
todo escolares– donde he participado ofreciendo
conferencias y charlas sobre hombres y feminismo desde el 2017, con frecuencia
los hombres me preguntan cuál es la forma más adecuada de hablar con mujeres y
personas de minorías sexuales y de género, pues sienten “miedo” de ofender a
alguien y de que sean “funados” en redes sociodigitales o castigados en sus
instituciones y lleguen a perder su trabajo. También he participado en grupos y
talleres de hombres que tienen un genuino interés por “deconstruirse” y
encarnar las lógicas de la igualdad, que buscan abandonar sus pactos o
encontrar otras formas de pactar[3].
Pero, por otro lado, hemos visto la expansión de la manósfera
(García-Mingo y Díaz, 2022), como ya lo he señalado en páginas anteriores, y
que comprende un sinnúmero de nichos digitales en donde sobre todo hombres
expresan su desagrado por la lucha feminista y LGBTQ+, pugnan por la necesidad
de roles tradicionales de género, de la existencia de dos sexos biológicos
claramente diferenciados e intentan sostener que el patriarcado es un mito. Los
videos de Youtube, los contenidos de podcasts, publicaciones en páginas de
Facebook, X y cualquier otra red sociodigital (Gutiérrez Vargas, 2024; Zabalgoitia, 2022), así como los
miles de comentarios que se reciben tanto de hombres como de mujeres, denotan
una gran cantidad de violencia e intolerancia (por ejemplo, en el llamamiento a
“hombres alfa” a estar en “#modoguerra” y a acudir a “contramarchas el 8 de
marzo”[4]) que se opone a los
avances de los feminismos y de la perspectiva de género y que lleva a preguntar
sobre los procesos emocionales de quienes sostienen estos discursos. Como
arguye Botello (2017), el enojo en hombres jóvenes está fuertemente implicado
en la violencia de género que ejercen. Con esto lo que intento demostrar es que
los discursos sobre la igualdad sexogenérica han provocado dos patrones
emocionales que, a su vez, han generado dos formas de organización de los
hombres. Por un lado, el miedo que vincula a los hombres con la agenda de la
igualdad, y por el otro, el enojo que acerca a los hombres a lógicas
conservadoras y antiderechos. Así, estamos ante discursos en competencia,
prácticamente polarizados, que crean un heteroglosia importante de deshebrar y
que se juegan en diferentes niveles y aspectos de la vida cotidiana.
Conclusiones: hacia una política
ontológica en los estudios de masculinidad
La propuesta
de Fernández (2015) resulta imposible. ¿Cómo es que los hombres podemos
abandonar nuestros cuerpos si no es a través del suicidio –como
lo hizo Poulain de la Barre en el siglo xviii–
o de la transición de género –como lo hizo R.W. Connell a finales del siglo xx–? Tal vez la
apuesta teórico-metodológica de los estudios de masculinidad no está en seguir
citando estudios sobre masculinidad, ni en definir a los hombres a través de lo
masculino de las prácticas de género, ni en provocar suicidios o transiciones
colectivas, sino en tensionar las formas en que lo masculino participa en
procesos de encarnación de las desigualdades y la violencia.
Una apuesta teórico-metodológica que oriente este campo de estudios para
contribuir académica y políticamente a la igualdad y a la eliminación de las
desigualdades pondrá en el centro de su preocupación no solo la relación que
los hombres tenemos con el poder, sino los procesos socioculturales y
subjetivos que permiten constituir cierta orientación y mirada en el mundo. Es
decir, tendríamos que preocuparnos por los procesos de encarnación resultado
del patriarcado para centrar nuestra atención sobre el cuerpo, en tanto objeto
y sujeto de la cultura, reconocer la fuerza del patriarcado en las prácticas
que tenemos los hombres y las formas en que esas prácticas nos afectan y
afectan a otras. Dichas prácticas se viven en el cuerpo en tanto son ejecutadas
por él, pero también contienen un sedimento afectivo: las prácticas producen
emociones. Esto invita a los hombres a preguntarnos sobre nuestras prácticas
políticas, sobre la manera en que llevamos lo íntimo a lo público, en que se
teje lo personal y lo político, pero, sobre todo, en cómo afectamos a grupos
históricamente marginados por nuestra mirada. Invita a una nueva politización
de lo masculino que ponga en tela de juicio la forma en que miramos y
practicamos y las emociones ahí implicadas.
La pregunta no radica en qué teorías
y métodos usamos, sino en los principios epistemológicos y políticos que guían
la perspectiva metodológica. ¿Las categorías teóricas de las que dependen los
estudios de masculinidad pueden alimentar una visión crítica a los mismos? ¿Son
capaces de guiarnos hacia la des-tautologización? La pregunta es sobre la
capacidad de este campo de estudios para criticarse a sí mismo. Como sugieren
Azpiazu (2017) y Gruenberg y Saldivia (2022), se trata de entender la mirada
que el espacio simbólico de la masculinidad nos confiere y las prácticas que
esa mirada habilita. Me parece que la apuesta en los estudios de masculinidad
tiene que dirigirse a tensionar sus posiciones políticas y éticas y
contrastarlas con las de las miradas feministas, LGBTQ+/queer/cuir y
decoloniales que han permitido vislumbrar algunas lógicas y alcances del
patriarcado en su vínculo con la cisgeneridad y la heteronorma. Tal vez se
trata de construir una mirada anti-cisheternormativa que guíe prácticas
anti-patriarcales.
Esto, por supuesto, tiene implicaciones ontológicas que implican la ética y
la política, pues para esto, los hombres tenemos que cuestionar lo que vemos y
cómo lo vemos, asumir que nuestra mirada y nuestras prácticas reproducen
lógicas de poder que mantienen la desigualdad y la injusticia. Regresemos a las
preguntas sobre la justicia social, la igualdad sustantiva y la equidad que las
prácticas feministas y queer interpelaron al sujeto de la masculinidad, aunque
esto implique abandonar las categorías a las que tanto nos hemos acostumbrado.
Preguntémonos colectivamente sobre ese sujeto, sus supuestos, sus formas de
pactar y sus alcances, sobre su mirada, sus prácticas y la manera en que estas
se extienden en diferentes campos sociales. Una mirada ética sobre nuestra
metodología podría apostar por el abandono de ciertas categorías analíticas -como
la de masculinidades, propuesto por Amuchástegui (2006) hace 20 años-,
por la incorporación de otras -como la de antipatriarcales-, pero, sobre
todo, por el cuestionamiento permanente de las maneras en que los privilegios y
sus significados se encarnan y les dan forma a nuestros cuerpos. Esta sería una
forma no de abandonar al cuerpo masculino, como sugiere Fernández (2015), pero sí
de transformarlo y con ello, posiblemente al propio campo de estudios de la
masculinidad.
Referencias
Ahmed, S.
(2006). Queer Phenomenology: Orientations, Objects, Others. Duke University Press.
Amorós, C.
(1992). Notas para una teoría nominalista del patriarcado. Asparkia,
1, 41-58. https://www.e-revistes.uji.es/index.php/asparkia/article/view/412
Amuchástegui, A.
(2006). ¿Masculinidad(es)?: Los riesgos de una categoría en construcción. En
G. Careaga y S. Cruz Sierra (Coords.), Debates sobre masculinidades: poder, desarrollo,
políticas públicas y ciudadanía. (pp. 159-181). UNAM.
Anderson, E.
(2005). Orthodox and Inclusive Masculinity: Competing Masculinities among
Heterosexual Men in a Feminized Terrain. Sociological Perspectives, 48(3), 337-355.
https://doi.org/10.1525/sop.2005.48.3.337
Ariztía, T.
(2017). La teoría de las prácticas sociales: particularidades, posibilidades y
límites. Cinta de Moebio, 59,
221-234. https://doi.org/10.4067/S0717-554X2017000200221
Azpiazu Carballo, J. (2024). Masculinides y feminismo. Virus
editorial.
Bajtin, M. M.
(1999). Estética de la creación verbal.
Siglo XXI
Berger, P. L. y Luckmann, T. (2003). La construcción social
de la realidad. Amorrortu editores.
Blazquez, N.
(2010). Epistemología feminista: temas centrales. En N. Blazquez, F. Flores y M.
Ríos (Coords.), Investigación Feminista: Epistemología, Metodología y
Representaciones Sociales (pp. 21-38). UNAM.
Blumer, H.
(1969). Symbolic Interactionism. Perspective and Method.
University of
California Press.
Botello Lonngi, L. (2017). Análisis del “enojo” del varón en el contexto
de la violencia contra las mujeres para trazar un marco de construcción de responsabilidad.
Masculinidades y Cambio Social, 6(1), 39-61. https://doi.org/10.17583/mcs.2017.1923
Bourdieu, J. (2000). La dominación masculina. Anagrama.
Bourdieu, J. y Passeron, J. C. (2001). La Reproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza. Editorial Popular.
Bridges, T. y Pascoe, C. J.
(2014). Hybrid Masculinities: New Directions in the Sociology of Men and
Masculinities. Sociology Compass, 8(3), 246-258. https://doi.org/10.1111/soc4.12134
Burin,
M. (2000). Atendiendo el malestar de los varones. En M.
Burin y I. Meller (Comps.), Varones. Género y subjetividad
masculina (pp. 339-370).
Paidós.
Butler, J. (1988). Performative Acts and Gender Constitution: An Essay in Phenomenology and Feminist Theory. Theatre Journal, 40(4). 519-531. https://doi.org/10.2307/3207893
Butler,
J. (2002). Cuerpos
que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Paidós.
Butler, J. (2007). El
género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Paidós.
Connell, R. W.
(1995). Masculinities. University of California Press
Connel, R. W., Hearn, J. y
Kimmel, M. S. (2005). Introduction. En M. S. Kimmel, J. Hearn y R.
W. Connell (Eds.), Handbook of Studies on Men & Masculinities (pp. 1-13).
SAGE Publications.
Connel, R. W. y
Messerschmidt, J. W. (2005). Hegemonic Masculinity: Rethinking the
Concept. Gender
& Society, 19(6), 829-859. https://www.jstor.org/stable/27640853
Cruz Sierra, S.
(2010). Prefacio: Amistad e intimidad masculina. En I. Lozano Verduzco, M. Fernández
Chagoya y M. A. Vargas Urías, La caracterización de las redes de amistad de
varones jóvenes: su impacto sobre la violencia (pp. 9-16). GENDES.
Csordas, T.
(1990). Embodiment as a Paradigm for Anthropology. Ethos, 18(1), 5-47.
Davies, B. y Harré, R. (1990). Positioning: The Discursive
Production of Selves. Journal for the
Theory of Social Behaviour, 20(1),
43-63. https://doi.org/10.1111/j.1468-5914.1990.tb00174.x
De Barbieri, T.
(1992). Sobre la categoría de género; una introducción teórico-metodológica. En
R. Rodríguez, Fin de siglo. Género y cambio civilizatorio (pp. 111-128).
Editorial Isis.
Drullard, M.
(2023). El feminismo ya fue. Ona Ediciones.
Fernández Rius, L. (2010). Género y ciencia: entre la tradición y la
transgresión. En N. Blazquez Graf, F. Flores Palacios y M. Ríos Everardo (Coords.),
Investigación feminista: epistemología, metodología y representaciones
sociales (pp. 79-110). UNAM.
Fernández Chagoya, M. (2016). Hombres en el feminismo: zigzaguear entre lo público y lo privado. Construyendo un método de investigación para analizar la masculinidad. En T. E. Rocha Sánchez y I. Lozano Verduzco (Comps.), Debates y reflexiones en torno a las masculinidades: Analizando los caminos hacia la igualdad de género (pp. 47-58). UNAM.
Fernández Chagoya, M. (2015). Hombres feministas: el escándalo de renunciar a la masculinidad. En M. J. Rodríguez-Shadow y B. Barba Ahuatzín (Eds.), Trabajo y violencia. Perspectivas de género. (pp. 66-87). Centro de Estudios de Antropología de la Mujer.
Fernández Chagoya, M. (2023). ¿Qué es el feminismo pop y cómo nos afecta? Apuntes desde un feminismo old fashion para recuperar el proyecto de emancipación. Brújula Ciudadana, 149, 1-10.
Flood, M. (2022). Los
varones y el #MeToo: cómo responden los varones a la militancia antiviolencia.
En C. Gruenberg y L. Saldivia Menajovsky (Eds.), Masculinidades por devenir:
teorías, prácticas y alianzas antipatriarcales post #MeToo (pp. 21-36).
Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
Foucault, M.
(1968). Las palabras y las cosas. Una arquelogía de las ciencias humanas.
Siglo XXI editores.
Foucault, M.
(1992). Microfísica del poder. La Piqueta.
Foucault, M.
(2003). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Siglo XXI
editores.
García-Mingo, E. y Díaz, S. (2022). Jóvenes en la
manosfera. Influencia de la misoginia digital en la percepción que tienen los
hombres jóvenes de la violencia sexual. Centro Reina Sofía Sobre
Adolescencia y Juventud, FAD.
Guba, E. G. y Lincoln, Y. S. (2013). Controversias
paradigmáticas, contradicciones y confluencias emergentes. En N. K. Denzin e Y.
S. Lincoln (Comps.), Manual de investigación cualitativa Volumen II.
Paradigmas y perspectivas en disputa (pp. 38-78). Gedisa.
Gutiérrez Vargas, J. R. (2024). En nombre de la evidencia: la conformación de
ideologías masculinas en YouTube a través de la retórica "objetiva"
antifeminista. La Manzana de la Discordia, 17(1).
https://doi.org/10.25100/lamanzanadeladiscordia.v17i1.12607
Guttman, M. C. (1997). Trafficking in Men: The Anthropology of Masculinity. Annual Review of Anthropology, 1(26), 385-409. https://doi.org/10.1146/annurev.anthro.26.1.385
Guttman, M. C. y Viveros
Vigoya, M. (2005). Masculinities in Latin America. En M. S.
Kimmel, J. Hearn y R. W. Connell (Eds.), Handbook of Studies on Men &
Masculinities (pp.114-128). SAGE Publications.
Gruenberg, C. y Saldivia
Menajovsky, L. (2022). Masculinidades y utopías: imaginando nuevas alianzas
antipatriarcales. En C. Gruenber y L. Saldivia Menajovsky (Eds.), Masculinidades
por devenir: teorías, prácticas y alianzas antipatriarcales post #MeToo (pp.
1-21). Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
Harding, S.
(2010). ¿Una filosofía de la ciencia socialmente relevante? Argumentos en torno
a la controversia sobre el Punto de vista feminista. En N. Blazquez Graf, F.
Flores Palacios, M. Ríos Everardo (Coords.), Investigación feminista:
epistemología, metodología y representaciones sociales (pp. 39-66). UNAM.
Hearn, J.
(2013). Methods and Methodologies in Critical Studies on Men and Masculinities.
En B. Pini y B. Pease (Eds.), Men, Masculinities and Methodologies (pp, 26-38).
Palgrave Macmillan.
Instituto Nacional de Estadística y Geografía (2023). Mujeres y Hombres en
México 2021-2022. Instituto Nacional de Estadística y Geografía.
Jones, D. y Fabbri, L.
(2022). Prólogo. En C.
Gruenber y L. Saldivia Menajovsky (Eds.), Masculinidades por devenir:
teorías, prácticas y alianzas antipatriarcales post #MeToo (pp. IX-XVIII).
Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
Kaufman, M.
(1999). Men, Feminism, and Men’s Contradictory Experiences of Power. En J. A. Kuypers
(Ed.), Men and Power (pp. 59-83). Fernwood Books.
Mead, G. H.
(1972). Mind, self and Society from the standpoint of a social behaviorist.
University of Chicago
Press.
Nateras, J. O.
(2013). Socialización. En S. Arciga Bernal, J. Juárez Romero y J. Mendoza
García (Coords.), Introducción a la Psicología Social (pp. 51-88).
Porrúa.
Núñez Noriega, G.
(2007). La producción de conocimientos sobre los hombres como sujetos
genéricos: reflexiones epistemológicas. En A. Amuchástegui e I. Szasz (Coords.),
Sucede que me canso de ser hombre… Relatos y reflexiones sobre hombres y
masculinidades en México (pp. 39-72). El Colegio de México.
Núñez Noriega, G. (2017). Abriendo
Brecha. 25 años de estudios de género de los hombres y masculinidades en México
(1990-2014). CONACYT-CIAD.
Parrini, R. (2012). ¿Existe la masculinidad? Sobre un
dispositivo de saber/poder. Las
disidentes, colectivo artístico. https://lasdisidentes.com/2012/02/01/existe-la-masculinidad-sobre-un-dispositivo-de-saberpoder/
Pateman, C. (1996).
Criticas feministas a la dicotomía público/privado. En C. Castells (Comp.),
Perspectivas feministas en teoría política (pp. 31-52). Paidós.
Preciado, B.
(2005). Multitudes queer. Notas para una teoría de los “anormales”. Nombres, Revista de Filosofía, 19, 157-166. https://revistas.unc.edu.ar/index.php/NOMBRES/article/view/2338/1275
Ramírez
Rodríguez, J. C. (2006). ¿Y eso de la
masculinidad?: apuntes para una discuión. En G. Carega y S. Cruz Sierra (Coords.),
Debates sobre masculinidades. Poder, desarrollo, políticas públicas y
ciudadanía (pp. 31-56). UNAM.
Repo, J. (2015). The Biopolitics of Gender. Oxford University Press.
Scollon, R. (2003). Accion y texto: para una comprensión conjunta del lugar del texto en la (inter)acción social, el análisis mediato del discurso y el problema de la acción social. En R. Wodak y M. Meyer (Comps.), Métodos de análisis crítico del discurso (pp. 205-266). Gedisa.
Segato, R. L. (2003). Las
estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la
antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Prometeo.
Segato, R. L. (2020). La
crítica de la colonialidad en ocho ensayos y una antropología por demanda. Prometeo
libros.
Tena Guerrero, O.
(2010). Estudiar la masculinidad, ¿para qué? En N. Blazquez Graf, F. Flores
Palacios y M. Ríos Everardo (Coords.), Investigación feminista: epistemología,
metodología y representaciones sociales (pp. 271-292). UNAM.
Tena, O.
(2014). La incorporación del trabajo con hombres a la agenda feminista. En T.
E. Rocha e I. Lozano (Comps). Debates y reflexiones en torno a las
masculinidades: analizando los caminos hacia la igualdad de género. (pp. 16-30).
UNAM.
Van Dijk, T. A.
(2013). Discurso y Contexto: Un enfoque sociocognitivo. Gedisa
Editorial.
Viveros, M. (1998).
Perspectivas latinoamericanas actuales sobre la masculinidad. Segundo Congreso
Latinoamericano Familia Siglo XXI Tomo II (pp. 13-36). Alcaldía de Medellín.
Wetherell, M. (2012). Affect and emotion: A New Social Science Understanding. SAGE Publications.
[1] Universidad
Pedagógica Nacional, México. Correo
electrónico: ilozano@upn.mx
[2] Usaré la “x” en pronombres y palabras generizadas en un
intento por economizar el lenguaje y representar a sujetos de diferente género,
así como una postura política que busca reconocer lingüísticamente a sujetos
que no se identifican en lo masculino, femenino o en ambos.
[3]
Ver, por ejemplo, la cuenta de Instagram @laboratoriopara_vatos
[4] https://www.facebook.com/groups/720805100212525