LA CORRESPONSABILIDAD COMO BASE DEL CAMBIO EDUCATIVO:
EL CUIDADO, LAS MUJERES Y LA REFORMA PENDIENTE
SHARED
RESPONSIBILITY AS THE FOUNDATION OF EDUCATIONAL CHANGE: CARE, WOMEN, AND THE
PENDING REFORM
Mariana Betzabeth Pelayo Pérez[1]
Fidel González-Quiñones[2]
DOI: https://doi.org/10.32870/lv.v7i64.8349
“Una sociedad que valora el cuidado y las relaciones
de cuidado no solo será más agradable y amable, sino también una sociedad más
justa e igualitaria”.
(Glenn, 2000, p. 84)
En
los últimos años, docentes de distintos niveles educativos han expresado una
preocupación recurrente: la percepción de que el estudiantado llega a la
educación superior con habilidades formativas y emocionales cada vez más
frágiles. La explicación dominante suele enfocarse en la escuela; sin embargo,
la base emocional, ética y cognitiva que sostiene el aprendizaje se forma antes
de la escolarización y ha sido históricamente sostenida por mujeres en el
ámbito familiar y social, como madre, abuela, tía, cuidadora, maestra: figuras
que, desde la primera infancia, enseñan a hablar, escuchar, respetar,
pertenecer y construir sentido. Identificar esta raíz estructural permite
comprender que hay una inequidad y la equidad educativa requiere redistribuir
el trabajo de cuidado y reconocerlo como fundamento de la vida intelectual y
social.
Si el deterioro educativo se lee
únicamente desde el aula, se corre el riesgo de exigir más a quienes ya
sostienen el sistema sin mirar las estructuras que lo reproducen. Este ensayo
parte de una premisa distinta: la raíz del desafío educativo se encuentra en la
desigual distribución del cuidado y en la invisibilización de su valor como
fundamento del aprendizaje y de la vida social.
En
la práctica cotidiana, las primeras experiencias formativas no ocurren frente a
un pizarrón, sino en el entorno íntimo donde niñas y niños aprenden a
preguntar, esperar, compartir, resolver conflictos y reconocer emociones. Esta
etapa, que es determinante para el desarrollo posterior, ha sido históricamente
sostenida por mujeres. No es casualidad, sino resultado de normas culturales
que han naturalizado la idea de que el cuidado es un atributo femenino.
Federici
(2012, 2020) describe este fenómeno como parte de la economía política del
trabajo reproductivo: una estructura donde las mujeres sostienen la vida social
sin reconocimiento proporcional. Lagarde (2003) lo denomina cautiverio, una
forma de mandato simbólico que normaliza el sacrificio afectivo femenino bajo
la figura de la madre educadora, cuidadora y moral.
Estas asignaciones no son neutrales. Sin
apoyo institucional suficiente, muchas mujeres enfrentan una doble o triple
jornada, en la que el cuidado familiar se suma como un trabajo no remunerado independientemente
del académico. Cuando las instituciones no reconocen este escenario, la
supuesta meritocracia universitaria se vuelve un mecanismo de exclusión
silenciosa.
La discusión sobre el cuidado no es solamente
práctica, es ética y política. Gilligan (1982, 1985) mostró que la construcción
moral no surge únicamente de reglas abstractas, sino del reconocimiento de la
interdependencia humana. Cuidar es un acto cognitivo y afectivo: implica
escuchar, interpretar necesidades, actuar con empatía y construir vínculos de
confianza.
Desde la educación, Noddings (2003)
sostiene que enseñar implica una relación ética donde la persona educadora
reconoce la vulnerabilidad y el potencial del otro. Esta visión rompe con
modelos tecnocráticos del aprendizaje, que reducen la educación a competencias
medibles, ignorando la dimensión relacional que las hace posibles.
La desigualdad educativa, desde esta
clave, no es solo un problema de contenidos o métodos, sino de quién cuida,
quién educa y en qué condiciones lo hace. Cuando el cuidado se concentra en un
solo grupo femenino, sin suficiente respaldo institucional, la producción de
conocimiento se vuelve inequitativa y el sistema educativo entero se empobrece.
La pregunta no es solo cómo mejorar el aprendizaje, sino quién sostiene las
condiciones para que éste ocurra. Y si históricamente han sido mujeres,
reconocer su papel no significa perpetuarlo, sino abrir espacio para que sea
compartido, y generar las condiciones para que no se padezca.
Como propuesta central, se presenta la
Tabla 1 donde se plantea una síntesis de principios y medidas orientadas al
cuidado y la corresponsabilidad como lineamientos básicos de política educativa
para una educación corresponsable.
Tabla
1. Acciones estratégicas para integrar el cuidado como política educativa
estructural.
|
Nivel |
Acción |
Razón estructural |
Impacto esperado |
|
Institucional |
Estancias
infantiles universitarias obligatorias |
La
continuidad académica y laboral no puede depender solo de figuras femeninas |
Permanencia
de mujeres en educación superior e investigación, mayor equidad |
|
Institucional |
Licencias
de maternidad y paternidad equitativas |
Redistribuir
culturalmente el cuidado |
Corresponsabilidad
real, disminución de la penalización profesional femenina |
|
Académico |
Evaluación
de productividad con perspectiva de cuidado |
Las
pausas por crianza no representan falta de mérito |
Trayectorias
académicas justas; retención de talento femenino |
|
Financiero |
Becas y
apoyos para mujeres con doble/triple jornada |
Reconocer
trabajo no remunerado que sostiene la vida académica |
Reducción
de deserción y techo de cristal académico |
|
Cultural |
Reconocimiento
del cuidado como dimensión intelectual |
El
cuidado es valor académico y ético |
Cambio
paradigmático con la dignificación del trabajo formativo |
Fuente:
Elaboración propia.
Pensar la
educación como campo aislado de la vida afectiva y doméstica ha sido un error
conceptual y político. El aprendizaje no inicia en las aulas ni se sostiene únicamente
con programas y metodologías, nace en vínculos de cuidado y se desarrolla
cuando existen condiciones materiales para sostenerlos, esas condiciones que ha
puntualizado Federici (2012, 2020) cuando asevera que las sociedades descansan
sobre el trabajo reproductivo invisibilizado, y que Gilligan (1982) y Noddings
(2003) identifican en el vínculo, la escucha y la empatía como fundamentos del
desarrollo moral. Tales ejercicios del sostenimiento de la vida y los cuidados
recaen simbólicamente sobre las mujeres (Lagarde, 2003).
Desde esta convergencia teórica y ética, el
planteamiento de este ensayo es simple y urgente: la equidad educativa exige políticas que reconozcan el cuidado como
trabajo social y lo distribuyan institucionalmente. Las estancias
infantiles universitarias, las licencias igualitarias, la evaluación académica
con perspectiva de cuidado y el reconocimiento explícito del trabajo afectivo
son pasos mínimos para construir un sistema educativo justo. Educar es cuidar,
cuidar es construir futuro. Una universidad que comprende esto no solo
transmite conocimiento pues cultiva
además una cultura democrática capaz de sostenerlo.
Federici, S. (2012). Revolución en punto cero: Trabajo
doméstico, reproducción y luchas feministas. Traficantes de Sueños.
Federici, S. (2020). El patriarcado del salario: Críticas
feministas al marxismo. Traficantes
de Sueños.
Gilligan, C. (1982). In a different voice: Psychological theory and women’s
development. Harvard University Press.
Gilligan, C. (1985). La
moral y la teoría: Psicología del desarrollo femenino. Fondo de Cultura
Económica.
Glenn, E. N. (2000). Creating a caring society. Contemporary
Sociology, 29(1), 84-94. https://pcc.hypotheses.org/files/2012/03/Nakano_Glenn_Creating_a_caring_society_2000.pdf
Lagarde, M. (2003). Los cautiverios de las mujeres.
Universidad Nacional Autónoma de México.
Noddings, N. (2003). Caring: A feminine approach to ethics and moral education.
University of California Press.