ENTRAMADOS
TEÓRICOS:
ENTRE
LA FEMALE GAZE Y LA MIRADA FEMENINA[1]
THEORETICAL
ENTANGLEMENTS:
BETWEEN THE FEMALE GAZE AND THE FEMININE LOOK
Gabriela García Hubard[2]
DOI:
https://doi.org/10.32870/lv.v7i64.8357
Resumen
Trazando un
vínculo complejo y conciliador entre la female gaze, la mirada femenina
y la escritura femenina, este texto busca mostrar que estamos frente a
un entramado teórico sumamente eficaz, que nos puede ayudar a cuestionar las
representaciones cinematográficas hegemónicas patriarcales. Partimos del
aclamado artículo de Laura Mulvey sobre la male gaze, el cual nos sirve
para contextualizar los debates en torno a la crítica cinematográfica feminista
desde los años 70. En un segundo momento retomamos a otras críticas y cineastas
que abordan el tema de la female gaze para compararlas con la propuesta
de Iris Brey sobre le regard féminin. En esta trayectoria mostraremos la
forma en que la crítica cinematográfica se ha desplazado de la identificación
psicoanalítica de la espectadora con los personajes a un re-sentir con
ellas y ellos, a través de una experiencia corporal situada propia de la
fenomenología. El artículo concluye revisando los matices que se tejen en torno
a lo “femenino”, y reconociendo que en la propuesta de Brey el término female
gaze evoca sobre todo una lucha política que no evita la realidad de las
mujeres, mientras que la noción de mirada femenina, en constante diálogo con la
escritura femenina de Hélène Cixous, implica una propuesta teórica que busca ir
más allá del debate entre pensamientos esencialistas y antiesencialistas.
Palabras
clave: female gaze, mirada femenina, escritura
femenina, male gaze, Iris Brey, Hélène Cixous, Laura Mulvey
Abstract
By
weaving together a complex and conciliatory connection among the female
gaze, the feminine look, and feminine writing, this article argues
that we are facing a particularly productive theoretical configuration, one
that enables us to challenge patriarchal and hegemonic cinematic
representations. Our point of departure is Laura Mulvey’s seminal essay on
the male gaze, which provides a framework for understanding the
debates that have shaped feminist film criticism since the 1970s. In the second
part, the discussion turns to other critics and filmmakers who engage with the
notion of the female gaze, in order to contrast their views with
Iris Brey’s conception of le regard féminin.
Throughout
this exploration, the article traces a shift within film theory, from a
psychoanalytic model that emphasizes the spectator’s identification with the
characters, toward a mode of feeling with
them through a situated embodied experience grounded in phenomenology. The
conclusion reflects on the subtle distinctions woven around the idea of the
“feminine,” recognizing that in Brey’s framework the female gaze primarily
invokes a political struggle rooted in women’s lived realities. In contrast,
the feminine look, constantly in dialogue with Hélène
Cixous’s écriture féminine, articulates a theoretical proposal that
seeks to transcend the divide between essentialist and anti-essentialist
thought.
Keywords: female
gaze, feminine look, feminine writing, male gaze, Iris Brey, Hélène Cixous,
Laura Mulvey
Recepción:
08 de noviembre de 2025/Aceptación: 17 de abril de 2026
Hoy más que
nunca, ante la expansión del streaming y la sobreoferta de productos
audiovisuales facilitada por la tecnología, se vuelve indispensable cuestionar
las formas en que consumimos series y películas. A través de un gesto muy
foucaultiano, Colaizzi (2021) se refiere a los “lenguajes-de-poder (y del
poder)” (p. 12) no solo cuando habla de la comunicación verbal, sino también de
la audiovisual y, en general, de “los medios de comunicación de masas como
formas nuevas de producción, determinación y homogeneización del imaginario
social” (p. 12). Es por esto que, al igual que Janet Wolff, nos gustaría
empezar recordando que la cultura es fundamental para la conformación del
género y de las identidades en general: “Art, literature, and film do not
simply represent given gender identities, or reproduce already existing
ideologies of femininity. Rather they participate in the very construction of
those identities” (Wolff, 1990).
En este contexto, la crítica de cine Iris Brey evoca el placer que sentimos
al ver series y películas, y también recuerda el impacto que las imágenes
tienen en nuestra forma de ser y de estar en el mundo: en las maneras como
deseamos, en lo que libera nuestros placeres y en los modos que tenemos de
relacionarnos. Esas imágenes no son inocentes, pues lo que consumimos
consciente e inconscientemente incide en nuestras psiques, en nuestros cuerpos,
crea emociones y deja huellas (Brey, 2020). Al analizar nuestra forma de mirar,
digerir y disfrutar las imágenes que nos rodean, tendríamos que preguntar
¿quién selecciona esas imágenes?, ¿cómo son creadas?, ¿quién moldea entonces
nuestras vidas?
Después de Sex and the Series (2018), Brey publicó en el 2020 su
segundo libro titulado Le regard féminin, une revolution à l’écran[3]
(La mirada femenina, una revolución en la pantalla), en el que expone su teoría
sobre la female gaze. Aunque se habla mucho y cada vez con mayor
frecuencia de esta noción, resulta difícil encontrar una definición concreta que
no caiga en esencialismos. Lo relevante de la iniciativa de Brey es que toma cierta
distancia de algunas teóricas importantes como Laura Mulvey, Teresa de Lauretis
y Giulia Colaizzi[4],
aunque coinciden en algunos aspectos fundamentales, principalmente en el
hecho de que el o la espectadora no es una simple receptora pasiva y, como lo
acabamos de mencionar, en que el lenguaje audiovisual no es neutro, sino que produce
y regula sujetos, cuerpos y deseos.
En el contexto de la crítica cinematográfica feminista, los tres puntos
clave de la propuesta de Brey son: la female gaze no es el inverso (u
opuesto) de la male gaze; le regard féminin[5] lo podemos encontrar en
películas y en series dirigidas por mujeres, pero también por hombres, personas
no binarias y trans; la mirada femenina se distancia del psicoanálisis (que había
sido dominante en la crítica cinematográfica desde los años 70) y de la
semiótica, para acercarse a la filosofía del cuerpo, principalmente a la fenomenología
feminista.
La male
gaze
Antes de abordar
las diferencias y complicidades entre los términos de female gaze y
mirada femenina, es necesario recordar algunos antecedentes para contextualizar
estas nociones. En su aclamado artículo “Visual Pleasure and Narrive Cinema” escrito
en 1973 y publicado en 1975 en la revista Screen, Laura Mulvey hizo una
poderosa radiografía de lo que era (y sigue siendo) la male gaze y,
aunque en su escrito no habla directamente de la female gaze, su texto
se convirtió en el punto de referencia de todas las propuestas posteriores
sobre la mirada cinematográfica con perspectiva de género, pues contiene las
ideas principales que serán desarrolladas, reactualizadas, debatidas y
matizadas más adelante. Su ensayo no solo es crucial por esto, sino por haber
conjugado en aquél entonces la teoría cinematográfica con el feminismo y el
psicoanálisis, para evidenciar “cómo el inconsciente de la sociedad patriarcal
ha estructurado la forma del cine”[6] (Mulvey, 2007, p. 81).
Mulvey mostró que la male gaze se ha construido a través del
voyerismo y la fetichización del cuerpo femenino, tanto a nivel narrativo como en
la técnica y el manejo de las cámaras. Después de evocar el papel que juega la
mujer en el orden simbólico, recordó la frustración que genera el falocentrismo[7], en el cual la mujer solo
parece tener dos opciones: representar la amenaza de castración (al mostrar su
cuerpo) o la plenitud maternal. Si bien lo que buscaba era “concebir un nuevo
lenguaje del deseo” e insistió en que no se trataba de rechazar moralmente la male
gaze, su texto, con mucha fuerza y gran coherencia, denunció que el séptimo
arte reflejaba “una y otra vez las obsesiones psíquicas de la sociedad”
masculina: el hombre mira, la mujer es mirada. “Sin paralelo, el cine
convencional codificó lo erótico en el lenguaje del orden patriarcal dominante”
(Mulvey, 2007, p. 83).
Uno de los placeres más poderosos del cine es la escopofilia (el placer de
ver), por lo que Mulvey recordó que Freud, en Tres ensayos de teoría sexual,
sugiere que la escopofilia forma parte del instinto sexual, lo cual implica
tomar a la otra persona como un objeto. La magia del cine y la distancia que
genera con el espectador, hace posible que uno cumpla así su fantasía de voyeur.
Aquí la escopofilia estaría trabajando en favor del deseo del placer visual,
pero Mulvey añade que la escopofilia tiene además un aspecto narcisista, puesto
que el cine también busca un reconocimiento (antropomorfismo), un
embelesamiento con lo parecido, que puede explicarse a través de la construcción
del ego:
Jacques Lacan ha descrito cómo es crucial para la constitución del ego el
momento en que un niño reconoce su propia imagen en el espejo. Diversos
aspectos de este análisis son relevantes aquí. La fase del espejo ocurre en un
momento en que las ambiciones físicas del niño sobrepasan su capacidad motora,
con el resultado de que el reconocimiento de sí mismo es gozoso en tanto
imagina a su imagen del espejo más completa, más perfecta de lo que experimenta
en su propio cuerpo. El reconocimiento entonces se superpone al
desconocimiento: la imagen reconocida es concebida como el cuerpo reflejado del
yo, pero su desconocimiento como superior proyecta a este cuerpo fuera de sí
mismo como un ego ideal, el sujeto alienado que, reintroyectado como un ego
ideal, prepara el camino para la identificación con los otros en el futuro. (Mulvey,
2007, p. 84)
Lo que a
Mulvey le interesa del psicoanálisis lacaniano es que la articulación de la
subjetividad (del yo) se constituye a partir de una imagen. Frente a una
película tenemos, por un lado, la estimulación sexual que se obtiene al
cosificar a la otra persona a través de la mirada; y por el otro, la
identificación con la imagen que miramos:
una supone una separación de la identidad erótica entre el sujeto y el
objeto en la pantalla (escopofilia activa), la otra exige la identificación del
ego con el objeto en la pantalla por medio de la fascinación del espectador con
éste y el reconocimiento de su semejanza. (Mulvey, 2007, p. 85)
Puesto que no hay
un equilibrio sexual, la crítica también destacó que “el placer de ver se ha
dividido en activo-masculino y pasivo-femenino” (Mulvey, 2007, p. 85), y en el cine
convencional la mujer va a ser expuesta como objeto sexual, cumpliendo las
fantasías eróticas de la mirada masculina en ambos lados de la pantalla, es
decir, la mujer funciona como objeto erótico tanto para los personajes, como
para los espectadores. Sin embargo, cuando los hombres se ven confrontados a la
ansiedad de castración (provocada por la evidente ausencia de pene en las
mujeres exhibidas), hay dos respuestas posibles: la desmitificación y el
castigo de ellas, o la fetichización, sobrevaloración e incluso culto de las
mismas (Mulvey, 2007, p. 88). Esto explica la polarización en los dos
arquetipos principales creados y/o reforzados por Hollywood y las empresas
culturales en general: la mala y la buena, la pecadora y la santa, la puta y la
virgen[8].
Todas estos rasgos forman parte de la male gaze junto con las
siguientes características: la división (llamada por Mulvey heterosexual)
activo/pasivo controla tanto la mirada como la narrativa; el movimiento de la
cámara depende de la acción del protagonista; los cuerpos femeninos se
fragmentan al ser filmados (pechos, nalgas, muslos, boca) y el erotismo de sus
cuerpos se contempla en cámara lenta; la mujer es el objeto y el hombre el
sujeto, por lo que, cuando el espectador se identifica con el personaje
principal, también puede “poseer a la mujer”. De hecho, Mulvey señala en su
análisis tres miradas: la del cineasta (o camarógrafo), la del personaje
principal masculino y la de la audiencia, pero para ella el cine convencional
subordina las dos primeras a la mirada masculina del personaje. Por último, el
personaje masculino domina el escenario, “articula la mirada y crea la acción”
(Mulvey, 2007, p. 87), por lo que el espectador se identifica con el personaje
principal masculino.
Pero ¿qué sucede cuando la espectadora es una mujer? En 1981, Mulvey abordó
este tema en “Afterthoughts On ‘Visual Pleasure And Narrative Cinema’” y ofreció
dos posibles respuestas: en la primera la mujer puede no sentir ninguna
conexión con el placer filmado y narrado a través de la male gaze, por
lo que la fascinación se rompe; en la segunda, puede ser que consciente o
inconscientemente la mujer se identifique con el héroe y disfrute el control y
la libertad que tiene en la pantalla. Es a esta espectadora a quien Mulvey examina
recurriendo de nuevo al psicoanálisis, en concreto a la teoría sobre la
feminidad de Freud, en donde la convención pasivo-femenino, activo-masculino es
crucial: dado que la libido es, según Freud, de naturaleza masculina[9], el “correcto” rol de la “mujer
femenina” ha sido el de reprimir esa libido. Hollywood permite entonces a las
mujeres espectadoras redescubrir ese aspecto perdido de su identidad sexual (Mulvey,
1981, pp. 12-13) al identificarse con el placer masculino: “The masculine
identification, in its phallic aspect, reactivates for her a fantasy of
‘action’ that correct femininity demands should be represed. The
fantasy ‘action’ finds expression […] through a metaphor of masculinity” (Mulvey,
1981, p. 15). El hecho de que las espectadoras se identifiquen con el
personaje masculino es posible gracias a lo que Mulvey llama “trans-sex
identification”, la cual deviene casi un hábito en las mujeres, al grado que
puede convertirse en una segunda naturaleza. Para la crítica de cine se trata
de un travestismo inquietante, y esto muestra lo problemático que resulta para
la industria patriarcal la representación de lo femenino. Regresaremos más
adelante a esta idea controvertida de la identificación, pues marcará una
diferencia importante con la propuesta de Brey. Ahora bien, es evidente que el
cine comercial nos ha enseñado a todes a mirar a través de la male gaze,
y casi 50 años después del texto de 1975 la intención de Mulvey sigue vigente:
los códigos cinemáticos crean una mirada, un mundo y un objeto, produciendo
por ello una ilusión confeccionada a la medida del deseo. Son estos códigos cinemáticos
y su relación con las estructuras formativas externas los que deben ser
desmantelados antes de que el cine convencional y el placer que provee puedan
ser desafiados. (Mulvey, 2007, p. 92)
En la
actualidad la relevancia de su propuesta queda plasmada en el documental Brainwashed:
Sex-Camera-Power que realizó Nina Menkes en el 2022. Retomando las ideas de
Mulvey la cineasta analiza el lenguaje visual de películas clásicas, de culto,
muchas de ellas premiadas, para demostrar que la forma como se filma a los
hombres y a las mujeres es radicalmente distinta. Aunque hayamos leído el texto
de Mulvey, estemos familiarizadas con las teorías cinematográficas feministas y
seamos conscientes de la cosificación y sexualización de las mujeres, el
impacto de ver una y otra vez tantas escenas canónicas bajo esta mirada, examinando
los detalles técnicos, sigue siendo relevante.
Como bien sabemos, con el paso de los años la sexualización de los cuerpos
femeninos ha ido aumentando, como lo demuestra Susan J. Douglas (2010) en The
Rise of Enlightened Sexism: How Pop Culture Took Us from Girl Power to Girls
Gone Wild cuando explica que la sexualización constante en la pantalla
se justifica con la idea de que ahora las mujeres gozamos de libertad sexual.
Por eso Menkes (2022) constata que la estructura básica del mirar sigue siendo
la misma; la male gaze está tan normalizada que no mucha gente la
identifica y menos aún la cuestiona fuera de ciertos círculos feministas, académicos
y críticos.
Algunos
aspectos de la male gaze que Menkes puntualiza los hemos encontrado en
diferentes críticas feministas[10]: las mujeres no pueden
envejecer, los hombres sí; se normaliza un cierto tipo de belleza y un estándar
de cuerpos perfectos; las mujeres no tienen voz; los cuerpos femeninos casi
siempre aparecen con poca ropa y los masculinos vestidos, etc. Pero la cineasta
muestra otros aspectos técnicos para evidenciar también que la cámara lenta se
usa para sexualizar a las mujeres, mientras que en los hombres sirve para
mostrar acción y fuerza; que la iluminación 3D está reservada para los hombres,
mientras que la de las mujeres se limita a la 2D; que la audiencia, el director
y el personaje principal se asumen todos hombres, cis[11] y heterosexuales, lo que
facilita que la mirada de los tres se alinee para ver al objeto que es la
mujer; que el punto de vista de la cámara hollywoodense desde siempre ha
contribuido a normalizar la cultura de la violación, pues al rodear de glamur
los abusos sexuales se ignoran los derechos de las mujeres y su seguridad.
Finalmente, lo que rige la male gaze, además de los deseos
masculinos, es una dinámica de poder que aún hoy prevalece, por lo que Menkes insiste
en lo mucho que esta mirada afecta nuestras vidas como mujeres: “Si la cámara
es una depredadora, la cultura también es una depredadora”, comenta Iyabo
Kawayana en el documental.
Los análisis que se han realizado hasta el momento sobre la male gaze
sirven para denunciar el orden patriarcal en el que seguimos atrapadas y su
importancia es incuestionable. Sin embargo, aunque el documental de Menkes
(2022) tiene el acierto de entrevistar a diferentes cineastas, camarógrafas, actrices,
escritoras, profesoras y teóricas que van articulando una crítica plural, en
donde podemos ver una diversidad importante de opiniones, se mantiene en el
dualismo hombre/mujer y no considera las diversidades de género, raza y
orientación sexual en la pantalla. Después de todo, esto se podría justificar
ya que tanto Mulvey como Menkes se concentran principalmente en analizar y
revelar la hegemonía de la male gaze y no dedican tiempo suficiente para
desarrollar la female gaze u otro tipo de mirada.
Quizás el momento más llamativo del documental es cuando Menkes (2022)
entrevista a Mulvey, quien manifiesta su decepción frente al poco progreso que
se ha logrado en la forma de filmar. Mulvey había pensado en los años 70 que,
para principios del siglo XXI, el
50% de las películas serían realizadas por mujeres y que la forma de filmar se
habría transformado: “One key principle of feminism was that the female body
was a sight of struggle, but it shifted to realizing that the image of the
female body was also a sight of sight of struggle. The image
does not refer to women, this image is being appropriated and produced by male
consciousness”. Esta doble lucha, nos parece, es una de las claves para
entender mejor la importancia de poder teorizar sobre la female gaze y no
olvidar la pregunta que planteamos al inicio: ¿quién y cómo moldea entonces
nuestras vidas?
La female
gaze
Lo que sí
sucedió entre 1975 y 2022 fue que otra generación de teóricas cuestionaron el
paradigma binario (hombre/mujer), y la relación con el psicoanálisis, porque no
se consideraban las diversidades de raza, género y orientación sexual[12]. Jill Soloway (2016),
quien creó series como I Love Dick y Transparent, en su masterclass “The Female Gaze” (2016) dice
ser la primera persona en retomar el término para arriesgar una primera definición,
y esbozar algunos puntos que retomará más adelante Brey: la female gaze no
es el opuesto de la male gaze, es una plataforma política; es una manera
de mirar-sentir (“feeling seeing”) por lo que utiliza el cuerpo como una
herramienta (fusionando cuerpo y mente); el personaje femenino, al no ser un
objeto, puede regresar la mirada; y delata la supremacía de la male gaze.
Por su parte, el artículo de Zoe Dirse (2013), “Gender in Cinematography:
Female Gaze (Eye) Behind the Camera” nos recuerda la falta de diversidad (aunque
no profundiza en ello), y aborda el tema también desde la producción, por lo
que su texto está ilustrado con su propio trabajo como directora de fotografía.
El ejemplo más relevante que ofrece es sobre la filmación de Erotica: A
Journey into Female Sexuality (1997) dirigido por Malla Gayus, en el que se
muestran las perspectivas de diferentes mujeres involucradas en temas de erotismo
y pornografía, como es el caso de Catherine Robbe-Grillet:
At times she would be the perfect heterosexual wife of author Alain
Robbe-Grillet, and then she would become Jean de Berg, France’s most famous
veiled dominatrix, whose identity was only recently revealed. She challenges
preconceived notions of sexuality and gender identity through acts of
performativity by her dual selves. This poses some interesting questions, which
consequently challenged my camera gaze, the narrator’s gaze, and, ultimately,
the spectators’ gaze. (Dirse, 2013, p. 27)
Resulta muy
sugestivo el hecho de que un personaje fuera de la norma pueda desafiar y hacer
evidente las distintas miradas, pero Dirse no ahonda en la idea de que existen
otras formas de mirar. La autora también considera el tema de la orientación
sexual cuando recuerda la filmación de otro documental sobre relaciones lésbicas:
“What happens when the bearer of the look is female and the object is female?” (Dirse,
2013, p. 18). El cambio de mirada, de una masculina a una femenina, hace que el
objeto no sea el que desea el hombre, sino el objeto deseado por las mujeres. Este
comentario parece revelador porque muestra que la female gaze puede ser
entendida como el reverso de la male gaze, es decir la mujer puede
ocupar el papel activo para cosificar a la otra persona (sin importar que sea
hombre, mujer, persona no binaria[13] o trans). Esta concepción
de la female gaze, que otorga agencia a los personajes femeninos y las
hace mujeres deseantes, por sentido común es lo que la gente refiere cuando se
habla sobre el tema. El ejemplo más claro que considera la female gaze
como el inverso de la male gaze, podría ser cualquier escenas en donde
se muestra la fragmentación del cuerpo masculino (pectorales, espalda, nalgas),
filmado en cámara lenta, sexualizando y cosificando al personaje, pero para
Brey esto seguiría siendo parte de la male gaze, pues sigue
reproduciendo esa forma de mirar que todes hemos introyectado: “la
representación de un cuerpo como objeto del deseo, sea un cuerpo masculino o
femenino, sigue siendo una forma de male gaze” (Brey, 2018, p. 12).
El artículo de Dirse parece ambiguo: por un lado, asume que la feminidad no
es una característica intrínseca de las mujeres y evoca (superficialmente) la
obra de Judith Butler, pero por el otro, el sexo/género resulta relevante para
ella, pues este tiene una fuerte influencia en cómo se filma. Es por esto que su
postura parece mantenerse en la sexdualidad cuando insiste en que la female
gaze sucede cuando dirigen[14], escriben y filman
mujeres.
I believe it is crucial for women to take control of their art (and, in
my case, of the cinematic images that show the world who we are) in order to
subvert patriarchal assumptions concerning gender. If, in fact, the female gaze
is almost absent from dominant culture, then the challenge is to change the patriarchal
way of looking by imposing the female gaze on our cultural life. (Dirse, 2013,
p. 25)
Por eso como
realizadora también le interesa el porcentaje de mujeres que trabajan en la industria
detrás de las cámaras, pues si la gran mayoría de camarógrafos siguen siendo
hombres, será difícil escapar de la male gaze. Ahora bien, puesto que la
dirección de fotografía es crucial para poder hablar de female gaze,
pero no existe una esencia de la feminidad o de lo que ”es ser mujer”, podemos
reconocer un ir y venir en su postura. Es frente a esta disyuntiva que resulta
fundamental matizar las diferencias y los puntos de encuentro entre la female
gaze y la mirada femenina, que nos remiten a las interminables disputas
filosóficas entre feministas esencialistas y feministas antiesencialistas o
queer.
En este texto no podemos hacer
justicia a las riquezas y complejidades al interior de los distintos feminismos
que van mucho más allá del debate esencialista/anti-esencialista, pero haremos
algunas anotaciones. Françoise Collin (2006) al recordar la categoría de lo
femenino nos habla de dos formas de recurrir a lo femenino: la primera implica
que todo ser humano puede ser femenino, es decir “un femenino que atraviesa las
fronteras de los grupos sexuados” (Collin, 2006, p. 28). Esta postura escapa a
la “metafísica de los sexos”, y es anti-esencialista, pero su problema consiste
en que evita la realidad de las mujeres. Si tanto hombres como mujeres pueden
ser femeninos, no hay una esencia de la feminidad. La segunda forma implica
decir que las mujeres son femeninas, este femenino está ligado al grupo sexuado
de las mujeres, lo que significa la restauración del dualismo (hombre/mujer) y
del esencialismo de los sexos. El problema de la primera radica en que:
insiste en la porosidad o la
indecidibilidad de la frontera entre los sexos y tiende a hacer de la
diferencia de los sexos una diferencia indiferente, elude no sólo la figura de
la dominación, es decir, la figura política que la atraviesa, sino también toda
dimensión trágica de la relación sexuada. La segunda, al instalar a las mujeres
en su esencia […] elimina toda dimensión dialéctica y trágica de la relación de
las mujeres entre ellas, reunidas en un “nosotras” magnificado. (Collin, 2006,
p. 28)
Esta última categoría de mujer (el “nosotras magnificado”)
representa una serie de valores o disposiciones establecidos, por eso para
Butler “adquiere un carácter normativo y, por lo tanto, excluyente” (Butler, 2009,
p. 366) lo cual hace que muchas mujeres no se identifiquen con esta categoría
de mujer, provocando que se redefinan o se busquen otras alternativas. A
grandes rasgos podemos decir entonces que la visión anti-esencialista de lo
femenino parece entonces eliminar las diferencias entre hombres y mujeres,
mientras que la esencialista –“el eterno femenino” (Barret, 1990, p. 313)–
parece eliminar las diferencias entre las mujeres.[15]
La female
gaze generalmente apunta a la necesidad de hablar por, para y desde las mujeres
contrarrestando la evidente marginalización del sistema patriarcal.
La
mirada femenina y la female gaze
Tomar el
término female gaze en su sentido literal implicaría entonces que existe
una diferencia binaria y por ende una definición clara y esencial de lo que es
ser mujer. La mirada femenina por su parte remite a la noción de escritura
femenina que a finales del siglo xx
fue desarrollada por autoras como Hélène Cixous, Julia Kristeva y Monique
Wittig, con sus claras diferencias. En este caso nos centraremos en la forma
como Cixous la aborda en su mítico texto La risa de la medusa, en donde “lo
femenino” no es necesariamente una característica propia de las mujeres. Y
aunque el texto de Cixous hace un claro llamado a las mujeres a escribir, no
podemos olvidar que su obra, muy influenciada por la deconstrucción y en
constante diálogo con Derrida, es predominantemente antiesencialista: “No hay
más ‘destino’ que ‘naturaleza’ o esencia” (Cixous, 1995, p. 45), escribe desde
el principio del texto: “Hay que evitar rendirse complaciente o ciegamente a la
interpretación ideológica esencialista” (Cixous, 1995, p. 38).
Esta primera distinción entre female gaze y mirada femenina pareciera
que todavía responde al discurso que contempla la sexualidad como algo
biológico (hombre/mujer) y al género como algo cultural y social
(masculino/femenino), pero como lo ha demostrado en toda su obra Judith Butler,
la sexualidad no puede ser pensada fuera de lo cultural o, dicho de otra forma,
la distinción natural/cultural es cultural. Y es en esta coyuntura, generada
por la teoría queer, en donde la female gaze empieza a ser pensada desde
otro horizonte, en el cual se inscriben, nos parece, las propuestas tanto de Soloway
como de Brey.
La resignificación del término se anuncia desde las primeras líneas de su
libro: “No se trata de una mirada creada por artistas mujeres, es una
mirada que adopta el punto de vista de un personaje femenino para ceñirse con
su experiencia” (Brey, 2018, p. 9); y también aclara que la female gaze no
es el concepto espejo de la male gaze, “de la misma forma en que lo
femenino no es el espejo de lo masculino” (Brey, 2018, p. 11). La female
gaze ayuda a que los personajes femeninos no sigan siendo simples objetos, escapando
del modelo patriarcal dominante. Esto se consigue desafiando las convenciones,
creando otra forma de capturar las imágenes, por ejemplo, con la voz en off o
la cámara subjetiva que muestran el punto de vista de un personaje femenino, con
visiones o sueños que nos acercan a su inconsciente; las películas de Jane
Campion, Sally Potter y Céline Sciamma son un claro ejemplo.
Dado que la cosificación de las mujeres para excitar al espectador es una
de las definiciones de la male gaze, Brey explica que el acercamiento de
la cámara también puede servir para compartir los deseos de una heroína, y no
solo para cosificarla y fragmentar su cuerpo. Es así como la female gaze
muestra otra manera de desear y no depende de las relaciones de poder
asimétricas, sino de relaciones igualitarias y recíprocas, proyectando una experiencia
compartida. Aunque explícitamente Mulvey no habla de la female gaze, Brey
reconoce que sí ofrece las llaves para iniciar las reflexiones cuando propone
una mirada liberada que invita al intercambio de miradas entre personajes, pero
también entre espectador y proyección. Mientras la male gaze es producida
de forma inconsciente y patriarcal, la female gaze requiere una mirada
consciente que produce imágenes politizadas, y para la autora no se trata
simplemente de una manera de representar, como ya lo había señalado también
Colaizzi, sino de una forma de pensar (Brey, 2018, p. 20).
Le regard féminin, une revolution à l’écran ofrece 6
puntos esenciales que caracterizan la female gaze: en la narrativa el
personaje principal se identifica como mujer[16]; la historia se cuenta
desde su punto de vista; y su historia cuestiona el orden patriarcal. Desde el
punto de vista formal implica que, gracias a la forma de filmar, el o la
espectadora sienta la experiencia femenina (aquí está el carácter
fenomenológico de su propuesta); si se erotizan los cuerpos debe ser de forma
consciente y no inconscientemente como lo hace, según Mulvey, la male gaze;
y por último el placer de mirar no lo genera la cosificación de un personaje a
través del voyerismo, es decir, no proviene de la escopofilia (Brey, 2018, p. 77).
Hay que insistir en que no se trata de condenar la male gaze, pues es
evidente que seguimos disfrutando de muchas películas filmadas bajo esta
mirada: “Interrogar la male gaze de una película, implica reflexionar
sobre la forma en que un o una cineasta pone en escena el cuerpo femenino y el
imaginario relacionado con las mujeres” (Brey, 2018, p. 32). El término ayuda a
cuestionar la estética de una película y no busca censurarla.
La autora también interroga la forma como se han representado las
violaciones a través de 100 años del cine, y enfatiza en que la solución no
está en no mostrarlas, sino en la forma cómo se transmite la experiencia de la
violación. Brey denuncia a través de su análisis que la male gaze
erotiza las violaciones, y culpabiliza a la víctima minimizando la
responsabilidad del violador (Brey, 2018, p. 101). Con un tono optimista piensa
que a través de la female gaze se puede empezar a combatir la cultura de
la violación, ya que mientras la male gaze hace de la violación un
espectáculo, la female gaze crea una experiencia. Por eso también es
crucial preguntarse ¿cómo se filman las escenas sexuales?, ¿desde qué punto de
vista?, ¿hay una experiencia del placer femenino?, ¿se representan los orgasmos
más allá de los clichés?
La female gaze es también una “estética del deseo” pues ayuda a
valorizar el cuerpo y el deseo femenino, las imágenes nos invitan a desear de
formas diferentes y solicitan nuestros sentidos, los cuerpos nos hacen sentir;
no se trata de identificarse con el personaje sino de re-sentir[17] con él. No somos pasivas
como espectadoras, y esto es clave para su definición: la mirada femenina “nos
hace sentir la experiencia de un cuerpo femenino de la pantalla” (Brey, 2018,
p. 9) y como espectadoras también tenemos un papel activo, por eso recurre a la
experiencia fenomenológica. La mirada femenina es el esfuerzo de las y los
cineastas que reinventan nuevas formas de filmar para acercarse a las
experiencias femeninas.
A través de la fenomenología su apuesta teórica retoma la corporalidad.
Siguiendo el trabajo de Vivian Sobchack, quien en The Address of the Eye: A
Phenomenology of Film Experience propone que “ver” cine es una actividad
corporal situada, y sugiere que hay un intercambio recíproco entre la persona
que mira y la película, para Brey el dialogo es continuo y uno “se sumerge en
la materialidad de la película […] El performance tiene lugar tanto en la
pantalla como en la sala […] La percepción es una actividad encarnada, el ojo
no está separado del resto del cuerpo” (Brey, 2018, p. 46), y por ende, todo el
cuerpo se implica en lo que vemos. La experiencia de la mirada femenina se vive
entonces a través del cuerpo, tanto del cuerpo de quien mira como del cuerpo
del personaje femenino: “We can intentionally live through and physically
experience the film’s incarnate vision as if we were perceiving information
from our own body” (Sobchack, 1992, p. 56).
Recordemos que, para la fenomenología, a través del concepto cuerpo-sujeto,
todo lo que vivimos está fundamentado a través de nuestro cuerpo, y lo que
busca es unir cuerpo y pensamiento, percibir y pensar, desafiando los
presupuestos filosóficos predominantes desde Platón: “The body has been systematically
repressed and marginalized in Western culture, with specific practices,
ideologies, and discourses controlling and defining the female body” (Wolff,
1990). Volviendo a Judith Butler[18], Brey busca entonces una
reapropiación feminista de la fenomenología de Merleau-Ponty, pues “la
fenomenología feminista percibe el cuerpo que mira como un sujeto que no está
fijo sino que es fluido” (Brey, 2018, pp. 48-49).
El hecho de que la crítica cinematográfica feminista del siglo pasado analice
las relaciones e identificaciones entre personajes y espectadores femeninos y
masculinos principalmente a través del psicoanálisis, hace que se olviden del
cuerpo, por lo que Brey prefiere apelar a la haptonomía: “el placer de los y
las espectadoras no se sitúa más en la percepción de un cuerpo-objeto sino en
la impresión que tenemos de poder tocar esos cuerpos” (Brey, 2018, p. 19). Cuando
concebimos al personaje femenino como un sujeto y no como un objeto nos permite
sentir su experiencia: “no la miramos hacer, hacemos con ella” (Brey, 2018, p. 40),
la acompañamos. La fenomenología ayuda así a reflexionar lo que sucede en la
película, la forma en que el personaje femenino vive la experiencia y, como
espectadoras o espectadores, podemos sentir (re-sentir) junto con el
personaje esa experiencia, pero no a través de la identificación propuesta por
el psicoanálisis: “Las imágenes no convocan a la identificación sino a la
participación” (Brey, 2018, p. 185) concluye la autora.
Para poner un ejemplo evoquemos la icónica escena de Paisaje en la
niebla (1988) de Theo Angelopoulos, en la que la pequeña Voula es conducida
por un camionero a la parte trasera del tráiler para violarla. En realidad, no
vemos ni escuchamos nada, la cámara se queda fija frente a la lona que cubre la
parte trasera del camión y un par de coches aparecen brevemente cerca del
mismo, junto a la carretera. Un minuto y medio más tarde (que en realidad se
vive como una eternidad) la niña se arrastra hacia la salida del tráiler, se
sienta con las piernas colgando en la orilla, la mirada hacia el suelo. Cuando
la cámara se acerca vemos una línea se sangre chorrear entre sus piernas.
Aunque como espectadoras no vemos la violación, es una escena terrible, todo
nuestro cuerpo nos pide correr la lona, hacer algo, gritarles a los conductores
que se detuvieron un momento. Re-sentimos el dolor y el desconcierto de la
joven, dolor que además la acompañará el resto de su travesía. Esta escena y su
desarrollo posterior, es un ejemplo clarísimo de lo que Brey propone.
Pese a algunas similitudes y ecos entre el documental de Menkes y el libro
de Brey, hay una diferencia importante: mientras que para Menkes en el siglo xxi estamos iniciando una fase de
descubrimiento, para Brey la female gaze siempre ha existido, desde los
inicios del cine, aunque se haya popularizado recientemente. La película Madame
a des envíes (1906) de Alice Guy es el primer ejemplo que tenemos de female
gaze, por lo que su propuesta también invita a reivindicar (como lo han
hecho otras críticas y feministas) las películas con female gaze que han
sido relegadas, para seguir escribiendo otra historia del cine, para introducir
en las aulas los nombres de cineastas que pocas veces (o nunca) se mencionan (incluso
en las escuelas de cine) y generar así un diálogo entre películas del pasado y del
presente: Alice Guy, Chantal Akerman, Dorothy Arzner, Barbara Hammer, Agnès
Varda, Barbara Loden, Germaine Dulac, Maya Deren, Barbara Hammer, Sally Potter,
Jane Campion, Céline Sciamma, Jill Soloway, Phoebe Waller-Bridge (por mencionar
solo algunas, pues la lista es mucho mayor). La female gaze de Brey no
solo busca cuestionar las estructuras patriarcales dentro del cine, sino
también preguntar quién y bajo qué criterios se seleccionan las obras de arte,
se enaltecen ciertas películas y se desechan otras, lo cual nos lleva de
regreso a nuestra pregunta inicial: ¿quién moldea entonces nuestros deseos y
nuestras vidas?
El análisis de películas y series a través del prisma de la female gaze
puede ser una manera de aliar feminismo y estética, de relacionar los estudios
de género con la crítica del cine […] Hay que desacralizar el culto del autor y
alegrarse de que el feminismo ilumine nuestra forma de mirar las películas. (Brey,
2018, p. 100)
De la
escritura femenina a la mirada femenina
Desde la
primera página de Le regard féminin, une revolution à l’écran nos damos
cuenta que Brey va a alternar en su texto las nociones de female gaze (en
inglés) y regard féminin (mirada femenina en francés), dejándonos
ciertas pistas en el camino para entender su decisión de no decantarse por una de
ellas. Aunque en realidad en su texto ambos términos están íntimamente
relacionados, trataremos de separarlos un momento para ver qué aporta cada uno
y de qué forma. Cuando escribe que la female gaze muestra una mirada que
transmite la experiencia femenina “cuya subjetividad se basa en una
construcción histórica y social” (Brey, 2018, p. 49), nos damos cuenta que su
definición de “female” ya fue deconstruida (pues apela de paso a la différance
derridiana para así desestabilizar el sentido de la palabra “mujer”) y no se
ubica dentro del pensamiento binario esencialista; el hecho de que las
subjetividades femeninas sean construcciones históricas y sociales, hace que no
podamos concebir el término “mujer” como concepto universal, eterno y fijo, y
que lo femenino no “pertenezca” a las mujeres.
El género de un cineasta no condiciona su manera de filmar los personajes
femeninos. Para mí, resumir la expresión female gaze a la mirada de una
directora mujer es una manera de esencializar las obras de las mujeres. Es
también ignorar la riqueza de lo femenino, que no se resume evidentemente en el
sexo biológico de una persona ni en su género. (Brey, 2018, pp. 37-38)
Entonces ¿por
qué conservar el término female gaze y no quedarse solo con la mirada
femenina? Resulta crucial seguir hablando de female gaze, nos parece, para
no olvidar lo que significa la male gaze y, al mismo tiempo, hacer un
guiño tanto al texto de Mulvey, como a la conferencia de Jill Soloway “The
Female Gaze”:
Cuando utilizo la expresión “female gaze” […] no limito mi enfoque a un
concepto esencializador. Al contrario, espero que a medida que avancen los
capítulos y los análisis, este concepto resulte rico, poético y
desestabilizador, en lugar de reductor y maniqueo. Como ya defendía Mary Ann
Doane en 1981, debemos intentar superar el callejón sin salida generado por la
oposición entre esencialismo y antiesencialismo: “Este avance conllevará el
necesario riesgo asumido por las teorías de intentar definir y construir una
especificidad (no esencia) femenina [...] la tentativa de ‘apoyarse’ en el
cuerpo para formular la relación diferente de la mujer con el discurso y el
lenguaje explica que lo que nos ocupa es más bien la sintaxis constitutiva del
cuerpo femenino como palabra. Las películas más recientes que abordan
cuestiones feministas que son las más interesantes y productivas son
precisamente aquellas que proponen un nuevo lenguaje, que expresan el cuerpo
femenino de forma diferente, distinta a la sintaxis tradicional aunque sea de
forma vacilante o confusa”. (Brey, 2018, p. 55)
Frente a la
brecha laboral (y también orgásmica), la explotación, la violencia, los
feminicidios, etc., Iris Brey reconoce la importancia de mantener el término female
para denunciar los años de opresión y contrarrestar el imperio de la male
gaze, incluso para hacerla más evidente, más consciente. Como no podemos
escapar a ella, hay una responsabilidad, como sugiere Wolff (1990), de
desestabilizar “the images, ideologies, and systems of representation of
patriarchal culture”. Al tratar de construir, de la mano de Doane, “una
especificidad (no esencial) femenina”, Brey parece estar en sintonía con
nociones como “el esencialismo operativo” o “la falsa ontología de las mujeres”
que propone Spivak, o incluso la manera en que Kristeva aboga por utilizar la
palabra “mujeres” como “herramienta política […] sin integridad ontológica”
(Butler, 2009, p. 366), con la finalidad de mantener la lucha de las mujeres sin
volver a un pensamiento esencialista, pues lo que le interesa a Brey son las
experiencias de los cuerpos femeninos que históricamente han sido
discriminadas, borradas e ignoradas, y para eso hay que hacer evidente las
diferencias entre las miradas.
El hecho de que Brey oscile entre las dos nociones nos hace pensar que el término
female gaze es sobre todo una elección política, mientras que la mirada
femenina es una elección teórica que la acerca a Cixous, y entre ambas intenta ir
más allá de ese callejón sin salida que señaló Doane. Como lo acabamos de ver, la
female gaze implica que el personaje principal de la película se
identifique como mujer (esto es importante porque se puede tratar de una mujer
trans), pero al mismo tiempo para la mirada femenina no importa el género de
quien dirige la película, ni tampoco el de la persona que mira. Al conjugar el
aspecto político de la female gaze con el aspecto teórico de la mirada
femenina Brey cuestiona el concepto de Mujer (con mayúscula y en singular)
construido por los discursos hegemónicos, pero al mismo tiempo reconoce la importancia
de representar a las mujeres (con minúscula y en plural) como sujetos
históricos y diversos; sin caer en esencialismos no elude la figura de
dominación patriarcal, ni evita la realidad de las mujeres.
El gesto de inspirarse en la escritura femenina le permite dos cosas: poner
en un primer plano las experiencias de los cuerpos femeninos cis y trans,
jóvenes y viejos, que se muestran muy poco; y sacudirse la idea de que la
autoría de la female gaze tiene que ser creación de una mujer, tomando
distancia del llamado female voice[19]:
“Al igual que la mirada femenina, la escritura femenina puede venir, según
Cixous, de la mano de un hombre, es una escritura que pretende desestabilizar
las normas y las herencias patriarcales”[20] (Brey, 2018, p. 54).
En un gesto muy propio del posestructuralismo, Cixous no define nunca la
escritura femenina como tal, pues si lo hubiera hecho tendría que haber fijado
el sentido de lo femenino, en cambio prefiere hablar de abundancia poética,
cambiante y en movimiento. Ninguna de las dos autoras (Cixous y Brey) buscan un
término reduccionista, lo que pretenden es visibilizar y desestabilizar. En
este sentido tanto “la mirada femenina” como “la escritura femenina” apelan a
esas otras formas de mirar y de escribir que no corresponden con las
hegemónicas y normalizadas por el patriarcado; se trata sobre todo de provocar
miradas y escrituras diferentes que también puedan ser queer[21], fluidas, trans o
plásticas.
Una de las aportaciones más controvertidas de La risa de la medusa
está en la poderosa relación entre la escritura femenina y el cuerpo femenino
(que equivocadamente ha sido leída como esencialista). Cixous habla de voz,
ritmo, aliento y oralidad: “Es necesario que la mujer escriba su cuerpo, que
invente la lengua inexpugnable que reviente muros de separación, clases y
retóricas, reglas y códigos…” (Cixous, 1995, p. 58). La escritura femenina
apela a lo sensible, reniega del logos
(la razón patriarcal), se expone, no niega las pasiones ni las pulsiones, “no
niega a la palabra su parte apasionada” (Cixous, 1995, p. 55). La escritura y
la mirada femenina son una transgresión inquietante, desbordante, no las
contiene la economía propia de la racionalidad falocéntrica, no reproduce el
sistema androcéntrico, lo cuestiona; son ese lugar en donde “se sueña, donde se
inventan los nuevos mundos” (Cixous, 1995, p. 26), ese lugar en donde el otro
no puede ser reapropiado, y como dice Cixous, al ponerse “de manifiesto el
inagotable imaginario femenino, se cambiarán las reglas del juego tradicional” (Cixous,
1995, p. 62). Lo que la escritura femenina de Cixous le ofrece a la mirada femenina
de Brey es la estrecha relación entre escritura y cuerpo, lo cual abre el
camino hacia la fenomenología feminista y queer.
Si bien es cierto que Brey reconoce su deuda con Cixous, también es verdad
que podemos encontrar otros gestos de la escritura femenina que Brey no
menciona y que quizás inconscientemente tienen una fuerte influencia en su
trabajo. Nos limitaremos a mencionar dos que están relacionados entre sí: el
primero es la fuerte crítica que podemos encontrar en La risa de la medusa
al psicoanálisis, y en particular a Freud. Curiosamente el año que Mulvey
recurre al psicoanálisis para reforzar su teoría de la identificación entre
espectador y personaje, es el mismo año en que Cixous arremete contra “el dogma
de la castración” y la supuesta envidia del pene, pero también contra la idea
freudiana de la libido como activa y masculina, pues para ella la libido
femenina no es de naturaleza masculina, sino que es mucho más heterogénea,
inclasificable y múltiple. El segundo es la imposibilidad de Cixous para
identificarse con cualquier personaje de la historia: “Entonces, ¿quién ser?
Por más que recorro los siglos y los relatos que están a mi alcance, no
encuentro mujer en la que introducirme” (Cixous, 1995, p. 34). La escritora
titubea al tratar de identificarse con Dido o con Juana de Arco, pero regresa a
su héroe de infancia, Aquiles, con quien comparte la ambigüedad sexual. Sin
embargo, esto no le es suficiente: “Yo quiero convertirme en una mujer que
pueda amar. Y quiero conocer a mujeres que se amen, que vivan, que no estén
humilladas, ocultas, aniquiladas” (Cixous, 1995, p. 34). Finalmente, Cixous
rechaza (como lo hará más tarde Brey) las herramientas del psicoanálisis que,
como el canto de las sirenas, estructuran el discurso sobre la identificación: “Tampoco
se trata de apoderarse de sus instrumentos, de sus conceptos, de sus lugares,
ni de ocupar su posición de dominio. El hecho de que sepamos que existe un
riesgo de identificación no significa que sucumbamos” (Cixous, 1995, p. 59). Resulta
muy interesante descubrir, en la actualidad, que la ambigüedad sexual que señala
Cixous es solo un guiño más, entre muchos otros en su texto, que nos permite
decir que La risa de la Medusa es un texto queer avant la lettre,
característica que comparte, de cierta forma, con la postura de Soloway y de
Brey. Dicho de otra forma, el dialogo con Cixous y la huella de Soloway acercan
la female gaze a la queer gaze.
En conclusión, la female gaze y/o la mirada femenina que propone Brey
evidencia (una vez más) el predominio de la male gaze mientras la
cuestiona; ayuda a desmantelar los códigos cinematográficos; pero sobre todo
nos recuerda que existen otras formas de mirar. Al tomar distancia de la
semiótica y del psicoanálisis, y proponer como marco teórico la fenomenología
feminista, nos recuerda que somos cuerpo y que las experiencias que vivimos
frente a las pantallas son encarnadas. Es decir, la female gaze no solo
nos ayuda a cuestionar las representaciones cinematográficas hegemónicas
patriarcales, si no que nos invita a re-sentir lo que vemos de otra forma, ya
que la fenomenología
feminista entiende que el cuerpo que observa no es un sujeto estático, sino
dinámico y cambiante.
La mirada femenina es una forma de pensar, implica una lucha política y una
propuesta teórica; sin
recurrir a posturas esencialistas, no ignora la existencia de la dominación
patriarcal ni soslaya la realidad concreta de las mujeres. La female
gaze no es el opuesto de la male gaze, apuesta por otro tipo de
relaciones en donde las personas no sean cosificadas; busca rescatar a cineastas
olvidadas y, al mismo tiempo, invita a reinventar nuevas formas de filmar. No es casual
que al final de su libro Brey mencione el oppositional gaze teorizado
por la militante afro-americana bell hooks: al igual que la mirada femenina, se
trata de “una mirada de resistencia que cuestiona nuestra capacidad de actuar”
(Brey, 2018, p. 238). Por eso la female gaze, es también una mirada de
oposición.
Pese a toda esta riqueza, siempre corremos el riesgo de tener que esperar
otros 50 años, como le pasó a Mulvey, para que esas miradas realmente
representen un contrapeso frente a la mirada hegemónica, y para evitarlo, un
primer paso implica llevar estas ideas más allá de la academia, más allá de los
discursos especializados y de la producción misma para que lleguen a las
calles, al mayor número de receptoras y receptores posible, en donde la
consciencia de las formas de mirar pueda tener un mayor impacto.
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[1] Este texto fue escrito en el marco
del proyecto de investigación "Análisis interdisciplinario de las
representaciones y expresiones del placer sexual de los cuerpos feminizados".
PAPIIT IN400825, Universidad Nacional Autónoma de México.
[2]
Universidad Nacional Autónoma de México, México. Correo electrónico:
gabrielagarcia@filos.unam.mx
[3] Este
libro no ha sido publicado en español. Las traducciones del francés al español
son mías.
[4] Los textos teóricos de estas
autoras siguen siendo un referente indiscutible para la teoría crítica
cinematográfica feminista. Ver sobre todo Alicia ya no (1984) de Teresa de Lauretis.
[5] Más adelante
entenderemos la importancia de mantener los dos términos: female gaze y regard
féminin. Éste último será traducido como mirada femenina, mientras que el
primero lo dejaremos sin traducir, como hace Brey en su texto.
[6] “Uno de
los primeros objetivos de la crítica feminista fue identificar, analizar y denunciar
las distintas formas en que se representaban a las mujeres […] porque
consideraban que eran una distorsión de la experiencia femenina”
(Golubov, 2020, p. 31).
[7] El falocentrismo refiere a una perspectiva
simbólica y cultural que sitúa lo masculino, y en particular el falo como signo
de poder, como eje central de significado, organización y jerarquía en los
discursos y las representaciones.
[8] Janet Wolff llama
“dualidad misógina” a esta idea presente también en la literatura de la
modernidad, entre la mujer idealizada pero vacía, o real y sensual pero
detestada, que genera ambivalencia entre la admiración y el desagrado.
[9] En “Tres ensayos de teoría sexual”, publicados en 1905,
Freud anota: “si supiéramos dar un contenido más preciso a los conceptos de ‘masculino’
y ‘femenino’, podría defenderse también el aserto de que la libido es
regularmente, y con arreglo a la ley, de naturaleza masculina, ya se presente
en el hombre o en la mujer, y prescindiendo de que su objeto sea el hombre o la
mujer” (Freud, 1983, p. 200).
[10] Ver, por ejemplo, el libro de Mona Chollet, Brujas (2019).
[11] Hablando de identidad de género, “cis” se
refiere a las personas cuya identidad de género coincide con el sexo asignado
al nacer, mientras que “trans” alude a quienes no se identifican,
total o parcialmente, con dicho sexo asignado.
[12] Ver, por
ejemplo, Jane Gaines, “White Privilege and Looking Relations: Race and Gender
in Feminist Film Theory” (1988); bell hooks, Black Looks (1992) y Giulia
Colaizzi (Ed.), Cine, interculturalidad y políticas de género (2021).
[13] Las personas no binarias
no se identifican exclusivamente como hombre o mujer, por lo que su identidad
de género se ubica fuera de esta clasificación binaria.
[14] Otro claro ejemplo que relaciona la female gaze
con directoras mujeres lo encontramos en el libro de Alicia Malone, The Female Gaze.
Essential Movies Made By Women (2022), en donde escribe sobre 52 películas
realizadas por mujeres.
[15] Para un análisis
más profundo de este tema ver “De la deconstrucción del autor a la plasticidad
de la autora” de Gabriela García Hubard.
[16] No debemos confundir los
llamados women’s cinema, woman’s film, “retratos de mujeres” o “melodrama
maternal” con la female gaze, pues casi siempre mantienen formas tradicionales,
aunque representen vidas de mujeres: “No basta que una película muestre y
sublime a una heroína para que sea female gaze” (Brey, 2018, p. 79).
[17] Brey utiliza la palabra ressentir en francés que
se traduce al español como sentir o experimentar, pero en francés evoca además
la idea de repetición, de volver a sentir con… Por eso en algunos momentos
escribimos “re-sentir”.
[18] No solo recurre a
Butler y Sobchack sino que reconoce su deuda con varias autoras: Camille
Froidevaux-Metterie, Laura U Marks, Mary Ann Doane, Iuliia Glushneva.
[19] El concepto de female voice lo propuso Kaja
Silverman en The Acoustic Mirror y tiene que ver con la voz de la
autora. En el libro de Shohini Chaudhuri, Feminist Film Theorists (2006)
aparece la male gaze y después la female voice, pero la female
gaze no forma parte del libro.
[20] Los ejemplos que ofrece Cixous de escritura femenina,
junto a Duras y Colette (así como los textos posteriores consagrados a
Lispector) son de Genêt, Heinrich Von Kleist, E.T.A Hoffmann, Joyce, Kafka y
Shakespeare; por su parte Brey, junto a la lista de realizadoras menciona, por
ejemplo, algunas películas de Dreyer, John Cassavetes, Ridley Scott, Kleber
Mendoça Filho y James Cameron.
[21] Lo queer refiere a un enfoque
crítico que cuestiona las categorías fijas de identidad en torno al género y la
sexualidad, poniendo en evidencia su carácter construido, abriendo espacio a
formas más fluidas y no normativas.