ESTATUS ONTOLÓGICO DE LAS MUJERES
INDÍGENAS A PARTIR DE LA COLONIA EN MÉXICO
ONTOLOGICAL STATUS OF INDIGENOUS WOMEN SINCE THE
COLONIAL PERIOD IN MEXICO
Alexis Rosas Morales[1]
Marie Christine Renard Hubert[2]
DOI: https://doi.org/10.32870/lv.v7i64.8391
Resumen
La
invasión europea a Mesoamérica fue uno de los momentos más emblemáticos para
las mujeres mesoamericanas. El establecimiento de las categorías raza y género instituyeron una jerarquía ontológica relativa dependiendo
de la correspondencia con las identidades que se impusieron a sí mismas como
superiores, gozando de “plenitud ontológica”: el hombre, blanco, con estatus. A
partir de este momento, la distancia ontológica invadió a toda la población de Mesoamérica,
sin embargo, las mujeres de estas tierras quedaron en antítesis total a la
ontología privilegiada, a diferencia de los hombres nativos (pues la categoría género los empoderó en lo privado) y las
mujeres blancas que llegaron con la ocupación (que compartían la raza con los colonizadores). Por lo
tanto, se propone que la actual violencia patriarcal y racista hacia las
mujeres indígenas proviene de la articulación de distintas formas de dominación
originadas en la Colonia. El objetivo de este artículo es analizar cómo el
estatus ontológico de las mujeres mesoamericanas cambió de manera importante y
progresiva a partir de la Colonia. El enfoque teórico-metodológico tiene como base
la teoría feminista descolonial y algunas investigaciones que consultan las
fuentes primarias retomando la categoría de género. Se inicia con la discusión
desde los feminismos descoloniales que muestran que antes de la invasión española,
lo femenino en Mesoamérica gozaba de una posición diferente a la que se
construyó con la llegada de los europeos. Posteriormente, se hará un ejercicio
de análisis para intentar distinguir cómo se constituyó el nuevo orden social
que llevó a las mujeres indígenas a una posición tan desfavorable. Se concluye
que, al parecer, la jerarquía racial y de género impuesta en la Colonia creó,
para ellas, la doble antítesis de la blanquitud y la masculinidad que devino
con el aumento de desigualdades y un contexto complicado y violento para
sobrevivir. Parte de esta construcción ontológica sigue vigente actualmente.
Palabras clave: feminismo
descolonial, mujeres indígenas, género, colonia, mujeres mesoamericanas
Abstract
The European invasion of
Mesoamerica was one of the most emblematic moments for Mesoamerican women. The establishment of the categories of race and
gender instituted a relative ontological hierarchy depending on correspondence
with the identities imposed themselves as superior, enjoying “ontological
fullness”: the white, high-status man. From this point on, ontological distance
pervaded the entire Mesoamerican population; however, the women of these lands
were placed in total antithesis to the privileged ontology, unlike native men (that
the gender category empowered them in their private lives) and the white women
who arrived with the occupation (who shared race with the colonizers). Therefore,
it is proposed that the current patriarchal and racist violence against
Indigenous women stems from the articulation of various forms of domination
originating during the Colonial period. The objective of this article is to
analyze how the ontological status of Mesoamerican women changed significantly
and progressively from the time of colonization onward. The
theoretical–methodological approach is based on decolonial feminist theory and
research that examines primary sources through the lens of gender. The
discussion begins with decolonial feminisms, which show that before the Spanish
invasion, the feminine in Mesoamerica enjoyed a different position from the one
that was constructed after the arrival of Europeans. Subsequently, an
analytical exercise is carried out to distinguish how the new social order was
constituted, one that led Indigenous women into such an unfavorable position.
It is concluded that the racial and gender hierarchies imposed during the
colonial period created, for them, a double antithesis of whiteness and
masculinity, resulting in increased inequalities and a complex, violent context
for survival. Part of this ontological construction still persists today.
Keywords: decolonial feminism, Indigenous women, gender,
colony, Mesoamerican women
Recepción: 17 de noviembre
de 2025/Aceptación: 17 de abril de 2026
Introducción
De
manera simple, se da por hecho que la subordinación de las mujeres indígenas
proviene esencialmente de los pueblos originarios, sin embargo, es fundamental
comprender la complejidad de los procesos históricos y ontológicos de
Latinoamérica colonizada. Actualmente, desde el feminismo descolonial se ha
abierto la discusión sobre la “conquista” española en México, que siguiendo el
trabajo de Segato (2015), aquí se denomina intrusión ultramarina, que marcó de
manera profunda y sin retorno el locus
mesoamericano. Se sabe que, “en todo este proceso de conquista y dominación, la
apropiación social de las mujeres del grupo derrotado es uno de los momentos
más emblemáticos de la afirmación de la [supuesta] superioridad de los vencedores”
(Ribeiro, 2023, p. 82). Sin embargo,
¿Cómo llegaron a ser subordinadas en nuestras
propias comunidades indígenas, afro y mestizas cuando la dualidad era parte de
la organización de la vida de las comunidades y era incompatible con la
dicotomía jerárquica que llegó con los colonizadores? ¿Qué camino colonial
moderno capitalista nos llevó a adentrar dentro de nuestras comunidades y
dentro de nuestros corazones que las mujeres son subordinadas? ¿Y de dónde
salieron las golpizas? (Lugones, 2018, p. 11)
¿Cómo
se construyó el ideario que llevó a las mujeres indígenas a una relativa
jerarquía tan desventajosa frente a toda la estructura social? ¿Cómo empezó a
constituirse este sistema de abuso y despojo sistemático hacia las mujeres
indígenas? En esta argumentación, se parte del supuesto de que las mujeres
mesoamericanas, desde el proceso de la intrusión ultramarina, fueron la
antítesis del hombre, blanco, con estatus, y esta construcción ontológica
parece que dejó huellas aún vigentes. En otras palabras, se propone que la
actual violencia patriarcal, racista y colonial hacia las mujeres indígenas
proviene de la conexión amplia y perversa de distintas formas de dominación que
tuvieron origen en la Colonia (Gil y Cumes, 2021).
El
objetivo es analizar cómo el estatus ontológico de las mujeres mesoamericanas
cambió de manera importante y progresiva a partir de la Colonia. Para lograr el
objetivo, el enfoque teórico-metodológico que se utilizó fue la teoría
feminista descolonial e investigaciones desde la antropología, la etnología, la
historia y la sociología que consultan las fuentes primarias, la mayoría con
perspectiva de género, ya que:
los
estudios recientes empiezan a manifestar la presencia ubicua de las mujeres,
revertiendo la tendencia de ignorar las implicaciones de una lectura de las
fuentes que tome al género en cuenta y que han abierto campos a verdaderos
estudios de las mujeres mesoamericanas.
(Marcos, 2010, p. 145)
Se
inicia la discusión desde el feminismo descolonial que sugiere que la Colonia
fue una etapa determinante para la subordinación de las mujeres indígenas,
después se abordarán argumentos que muestran que lo femenino en Mesoamérica
gozaba de una posición diferente a la que se construyó con la llegada de los
europeos. Posteriormente, se hará un ejercicio de análisis para intentar
distinguir cómo se constituyó el nuevo orden social que llevó a las mujeres
indígenas a una posición tan desfavorable frente a la jerarquía racial colonial
que se impuso. Se concluye que, al parecer, estas jerarquías crearon, para
ellas, la doble antítesis de la blanquitud y la masculinidad que devino con el
aumento de las desigualdades y un contexto complicado y violento para
sobrevivir. Parte de esta construcción ontológica sigue vigente.
Discusión
y Resultados
La Colonia y la otredad femenina racializada
Con
la intrusión ultramarina en Mesoamérica comenzó el proceso que Florescano
(1997) denominó “múltiple segregación” hacia la población mesoamericana a
través de la imposición, por parte de los colonizadores, de una jerarquía
social o una subjetividad dicotómica que se cimbró bajo el supuesto de la
civilización europea como “superior” y todo lo demás como “inferior” (Quijano,
2020; Segato, 2015). Esta reconfiguración paradigmática se llevó a cabo a
través del exterminio, la opresión y la fragmentación de todos los universos
mesoamericanos junto con sus propios sentidos epistémicos. Para poder
sobrevivir, tuvieron que subordinarse a las imposiciones (Marcos, 2010).
Quijano (2020) habla de que en el proceso de la Colonia
en América convergieron y se asociaron dos procesos históricos que se
convirtieron en los ejes fundantes
de un nuevo patrón de poder mundial. Por un lado, la codificación de
diferencias biológicas entre conquistadores y conquistados, diferencias que,
con la idea de raza, se convirtieron
en una estructura social jerárquica, un orden social que ubicaba a unos en una
supuesta situación connatural de inferioridad respecto de los otros, una
“biologización de la desigualdad” (Segato, 2015, p. 22). Por otro lado, la
articulación de todas las formas históricas de control del trabajo, de sus recursos y de sus productos en
torno al capital y al mercado mundial. Hubo una división racista de la sociedad
y del trabajo. Aquí el enfoque será en la división racial que comenzó en la Colonia.
La raza e identidad racial fueron establecidas
como instrumentos de clasificación social, y así, la
formación de relaciones sociales fundadas en esta idea produjeron en
América identidades
sociales históricamente nuevas y de imposición: indios, negros y mestizos; y
redefinió otras: conquistadores, colonizadores, hombres, blancos y europeos. Esta
división racista fue un modo de otorgar legitimidad y una justificación
connatural de las relaciones coloniales de dominación entre europeos y no
europeos (Quijano, 2020, pp. 778-779), entre blancos europeos e “indios,
salvajes, bárbaros, idólatras”; es decir, entre más se parecieran estos seres
“recién descubiertos” a los animales, más fácil se justificaría su sometimiento
y aniquilación (Lugones, 2011, 2012). Estas nuevas identidades sociales
impuestas crearon nuevos imaginarios que otorgaron diferente estatus ontológico
(Lugones, 2018; Garzón, 2018), entendido como una jerarquía social instituida
que otorgó diferencias ontológicas y una relativa posicionalidad dependiendo de
la correspondencia total, parcial o un estado que antagonizaba con las
identidades que se establecieron a sí mismas como superiores. Esta división
maniquea clasificó al ser y a la existencia para justificar la represión y la
explotación por parte de las “posiciones privilegiadas”.
Una
de muchas identidades entrecruzadas fue la identidad de género o las relaciones de género,
que “son una escena ubicua y omnipresente de toda la vida social” (Segato,
2015, p. 75). Entonces, las identidades de género
y raza se entrecruzaron a sí mismas,
generando nuevos imaginarios, subjetividades, discursos, identidades y
jerarquías. Dentro de este nuevo panorama de realidad en América, con la idea
racial de base, hubo una conjunción de relaciones de género entre las
existentes y las traídas y las que se originaron de esta combinación. Segato
(2015) le nombra biología de género y de raza que produjo la metafísica de las
posiciones.
El
trabajo de Lugones (2011, 2012), desde el feminismo descolonial, complejiza el
análisis al discutir que la categoría de género no escapa a la modernidad
colonial, es decir, que en el absolutismo de la dicotomía hombre-mujer permea y
subyace la lógica de Occidente, en donde lo no-moderno está supeditado a lo
moderno; textualmente la autora escribe:
el
género es una imposición colonial, no sólo en la medida en que se impone a sí
mismo sobre la vida como se vive de acuerdo con cosmologías incompatibles con
la lógica dicotómica moderna, sino también en el sentido de que residencias en
mundos comprendidos, construidos y en consonancia con tales cosmogonías animaron
al sí-mismo-entre-otros en resistencia con y en tensión extrema con la diferencia
colonial. (Lugones, 2011, p. 111)
En
otras palabras, la misma categoría género
y la jerarquía hombre y mujer pueden ocultar, marginar, obviar o ningunear
otras concepciones de la vida, que pueden ser mundos de significados sin
dicotomías y que quedan supeditados a ser interpretados. Lugones invita a
repensar estas categorías analíticas, utilizarlas con cuidado, distanciarse de
la ideologización de la mujer universal y comenzar a respetar y aprehender
otras cosmovisiones.
Por
un lado, hay una corriente de propuestas teóricas desde el feminismo descolonial, que argumentan que antes de la invasión
europea, había en las relaciones entre hombres y mujeres una complementariedad
asimétrica ambigua que se sustentaba mutuamente, un género vernáculo (Illich,
2008) que no pretendía igualar sino asumir su diversidad (Marcos, 2012, p. 11);
o sea, eran opuestos complementarios (Lugones, 2011), o una dualidad
complementaria (Gil y Cumes, 2021). Había un sentido de lo común, de lo
compartido, y de un cosmos, y eso era lo que determinaba las relaciones entre
sus miembros. En general, el feminismo descolonial, desde esta perspectiva,
exhorta a no hacer desaparecer modos diferentes de concebir la vida, sus
propios sentidos de sí mismos y la subjetividad resistente de los colonizados,
a veces oculta en la infra-política (Lugones, 2011). Por otra parte, hay
autoras que hablan de un tipo de desigualdades antes de la llegada de los
españoles, y que advierten la imposibilidad existencial en América precolombina
de ese patriarcado traído por los colonizadores y después re-construido por
toda la población de la época (Segato, 2015; Paredes, 2013; Olivera, 2019). Primero se abordará la complementariedad
dual proveniente de las epistemes mesoamericanas.
Lo femenino en Mesoamérica
Las
y los estudiosos concuerdan en que lo femenino en Mesoamérica[3] respondía a una episteme
madura, compleja y abstracta que partía de un principio dual de la creación, es
decir, la dualidad era el principio generador del cosmos, como una oposición de
contrarios que segmentaba el cosmos para explicar su diversidad, su orden y su
movimiento. Esta concepción dual como principio divino, unidad-dual o metáfora-raíz,
hacía difícil, de origen, fundamentar una estratificación genérica; es decir,
lo femenino y masculino formaban parte esencial de la ontología divina (Marcos,
2010; Landa de Pérez, 1992, pp. 16-21).
Ambos
polos, masculino y femenino, no se excluían mutuamente, no eran estáticos ni
organizados jerárquicamente, no al menos en el sentido piramidal moderno, sino
que se implicaban mutuamente; no había un femenino sin un masculino, tanto en
lo humano como en el universo. Entonces, el género, en Mesoamérica, era la
metáfora-raíz de la dualidad que tenía una polaridad fluida de opuestos
complementarios; un movimiento continuo de definición y redefinición mutua que
poseía la misma cualidad que el equilibrio cósmico, un equilibrio fluido, jamás
fijo, definitivo o dicotómico; una dualidad de género presente que incorporaba
a las entidades simultáneamente, un aspecto completamente femenino y otro
enteramente masculino. Un género dual que se encarnaba en todos los aspectos de
la vida: su cosmogonía, los ciclos agrícolas, la reproducción de la vida, los
códigos morales, los calendarios, la poesía, la medicina tradicional, en
general, en toda la episteme mesoamericana (Marcos, 2010).
La
dualidad, junto con la presencia femenina como parte sagrada, tenía claras
manifestaciones de su constitución en todos sus universos: por ejemplo, las
mujeres nobles tenían mucho poder e incluso había cacicas debido a que el
linaje y los cacicazgos se transmitían por línea femenina. En códices mixtecos
aparecen mujeres guerreras; también, en algunas regiones, había astrólogas o
nigrománticas (De Vallbona, 2015; Olivera, 2019). Con relación al campo de las
artes de la curación, había importante presencia de mujeres como curanderas
tradicionales y parteras, todas dotadas de autoridad, seguridad y sabiduría;
había mucho respeto hacia ellas (Marcos, 2010; Quezada, 1989; Olivera, 2019).
Asimismo,
las mujeres de linajes inferiores o macehuales
participaban de forma directa en el trabajo que había que tributar a los
señores (Landa de Pérez, 1992); eran pulqueras, canasteras, alfareras, pintoras,
orfebres, escribanas, albañilas y agricultoras a la par de sus maridos. En
general, las funciones femeninas dependían del estamento al que pertenecían, que
a su vez estaba definido por un sistema de conquistas e imposiciones
tributarias a partir de estrategias militares y cuestiones cosmogónicas (Olivera,
2019, pp. 439-443).
Otras
situaciones cotidianas que se han estudiado y que reflejaban la dualidad eran:
la representación del parto como el acto de un guerrero en batalla (Marcos,
2010; Landa de Pérez, 1992; De Vallbona, 2015); el adulterio era castigado con
la muerte para hombres y mujeres; ambos sexos tenían derecho a la educación que
dependía de su estamento; estaba permitida la separación temporal o permanente
de un matrimonio, los hombres se hacían cargo de los varones y las mujeres de
las hijas. Las mujeres mesoamericanas tenían sus propias esferas de actividad
reconocidas por la sociedad, que no eran iguales a las de los varones, pero se
les consideraba complementarias y fundamentales para el ciclo vital (De
Vallbona, 2015).
Hay
muchos más aspectos que los que aquí se mencionan que muestran la importancia
de la feminidad en Mesoamérica.
Finalmente, varias investigaciones concluyen que las mujeres de estas tierras
ocupaban una posición bastante mejor que la que le
correspondía a las europeas del Siglo xv
(Marcos, 2010; Federicci, 2010; Bohórquez, 2022; De Vallbona, 2015).
¿Dualidad asimétrica complementaria o
patriarcado comunitario de baja intensidad?
En
el panorama de la realidad mesoamericana antes de la intrusión ultramarina, las
categorías género y patriarcado desde una mirada occidental no logran explicar
del todo o son incapaces de ir más allá de su propia explicación de la realidad
(Marcos, 2010). No obstante, a partir de ciertos matices se encuentra que, al
parecer, había una asimetría genérica ambigua: existía una marcada división del
trabajo entre hombres y mujeres, pero que respondía más a una dualidad
necesaria para el movimiento y la fluidez de la vida. También se concuerda en
el hecho de que los aztecas, después de convertirse en una sociedad poderosa,
tendieron a una organización social militar, sobrevalorando las actividades
ligadas a la guerra en las que, normalmente, las mujeres estaban excluidas
(Marcos, 2010; De Vallbona, 2015). Además había
repudio a los solteros, las estériles y los homosexuales (Landa de Pérez, 1992,
p. 28).
Antes
se mencionó que hay otra corriente de estudios desde el feminismo descolonial
que propone que las relaciones de género antes
de la llegada de los españoles apuntaban a una posible desventaja de lo femenino.
Bajo esta perspectiva, Paredes (2013) propone el entronque patriarcal para
categorizar esta posible conjunción entre un probable patriarcado pre colonial
y el patriarcado europeo, es decir, argumenta que la opresión de género no sólo
vino con los colonizadores, sino que también había una versión propia en las
culturas y sociedades precoloniales. Esta probable conjunción va más allá,
precisa de análisis profundos que ya se han expuesto y hay una postura clara: existía una complementariedad
asimétrica en donde había cierto predominio de lo masculino, pero hasta
esos momentos, respondía más a un flujo vital que no fomentaba el tipo de
subordinación del género femenino que llegó con los españoles.
Gil
y Cumes discuten que no se puede decir que en Latinoamérica hubo un patriarcado
comparable o semejante al occidental pues “aquí [haciendo referencia a
Latinoamérica] los hombres no asesinaron, no torturaron ni quemaron masivamente
a las mujeres como en Europa” (Gil y Cumes, 2021, p. 23)[4]. Siguiendo esta
idea, la obra de Segato (2015) sobre género y colonialidad, propone un posible
género de aldea[5]
que implicó un patriarcado de baja intensidad en las sociedades de
América antes de la intrusión ultramarina, transformándose, mutando a un
patriarcado de alta intensidad a la llegada de los colonizadores.
Frente
a esta diversidad epistémica en las propuestas descoloniales, es importante
“ver las tensiones y verlas como productivas” (Lugones, 2018, p. 12). Algunos
argumentos fundamentales en los que coinciden una y otra postura son que como
aspecto vital existe, de manera imprescindible, una convivencia relacional
entre personas, mujeres, hombres; ambos enfoques hacen esfuerzos por
visibilizar las opresiones, diversidades, resistencias, discursos variopintos y
distintas concepciones alrededor de las mujeres racializadas, ya sean mujeres
de color, afro, indígenas, campesinas, de sectores populares, mestizas; hay
acuerdo en que la intrusión ultramarina y la imposición colonial fracturaron
los universos mesoamericanos y se convirtieron en un momento determinante de
cambio radical de los panoramas para las poblaciones nativas de Mesoamérica; las
dos posturas impulsan a des-encubrir lo encubierto, lo subyacente o alternativo
a la colonialidad-modernidad, el imperativo de trascender las dicotomías y los
extremos; el reconocimiento de ese “ser mujeres” a partir de la propia
territorialidad y corporalidad. Finalmente,
la mayoría coinciden en que llegó un patriarcado que cambió
peligrosamente las relaciones sociales existentes entre la feminidad y la
masculinidad mesoamericana que ya existían, y que, con la invasión europea, se
engendraron y mutaron a ese patriarcado occidentalizado sumamente violento para
las mujeres mesoamericanas racializadas.
El
patriarcado de alta intensidad o patriarcado colonial[6]
Segato
(2015) propone que el género aldea implicó un patriarcado de baja intensidad en
el que había jerarquías, pero con la intrusión ultramarina, éstas se
exacerbaron y tornaron mucho más perversas y autoritarias. El género en el
mundo aldea constituía una dualidad jerárquica en la que ambos términos que la
componen, a pesar de su desigualdad, tenían plenitud ontológica y política[7]. Sin embargo, después de
la llegada de los colonizadores, se dio una interpenetración cultural (Marcos,
2010). Al haber un entrecruzamiento de dos universos en discrepancia, hubo un
“entre mundo” que fue combinando estos mundos, a través de la imposición
violenta de la cultura europea sobre los pueblos mesoamericanos, degradados y representados por el mundo forastero
como la supuesta “raza salvaje, atrasada e inferior”. El patriarcado de alta
intensidad relacionado a los colonizadores se cimentó en Mesoamérica y los
entrecruzamientos entre ambas culturas generaron un patriarcado amalgamado que
modificó la dualidad mesoamericana y que aprovechó las estructuras sociales
existentes que ayudaron a inflar el poder masculino-blanco.
El
patriarcado de alta intensidad de los colonizadores, se sugiere, está
relacionado con la historización de Europa (Federici, 2010). Escribe Aura
Cumes:
[los
colonizadores] traían ya una forma de patriarcado y un ensayo de capitalismo
que se forjó en el asesinato de mujeres, la destrucción de la vida comunitaria
campesina, la persecución de herejes, moros y judíos. Al llegar aquí, organizan
a las sociedades con base en esas premisas, donde existe un sujeto legitimado
para someter, matar, quitar y acumular. (Gil y Cumes, 2021, p. 20)
Este
patriarcado de alta intensidad está caracterizado por la instauración de un
orden super-jerárquico; la superinflación de los hombres en el ambiente
comunitario por su papel de intermediarios con el mundo exterior, el mundo
blanco; la superinflación y universalización de la esfera pública (dominada por los hombres); el derrumbe y la
privatización de la esfera doméstica; y la binarización de la dualidad (la
universalización de uno de los dos términos; uno constituido como público y el
otro como privado) (Segato, 2015, pp. 83-84). Además, desde estas nuevas
imposiciones patriarcales, “el género se aplica a fortiori a las relaciones entre hombres y mujeres” (Marcos, 2010,
p. 123), es decir, se fracturó el género raíz de la creación mesoamericana.
En
general, las evidencias de las investigaciones parecen indicar que las
relaciones de género entre un mundo y otro revelan diferencias significativas
en las formas de vida. El patriarcado de baja intensidad del mundo aldea “mutó
bajo el manto de una aparente continuidad” (Segato, 2015, p. 95) a uno de alta
intensidad, agravando y exacerbando las jerarquías de género y agregando las de
raza. Por lo tanto, en esta conjunción, la figura social con plenitud ontológica (Segato, 2015) era el
colonizador, masculino, blanco, europeo y cristiano (Ilarregui, 2007). Las
dimensiones opresivas para las poblaciones mesoamericanas y particularmente
para las mujeres racializadas aumentaron, se agravaron y amalgamaron.
La
culpabilidad de los cuerpos
La
colonización tuvo lugar en niveles muy profundos y desde muchos frentes,
manifestándose una intensa desaprobación omnipresente de su modo de vivir,
acompañada de un repudio total a su visión del mundo. Esta negación
generalizada “alteró la percepción de sí mismos para volverse una fuente de
culpabilidad” (Marcos, 2010, p. 135) generándose la biologización e institucionalización
de la desigualdad a partir de la idea de raza (Segato, 2015; Quijano, 2020).
Evidentemente, la población nativa de América, sus cuerpos e identidades no
correspondían a la fisionomía europea ni a las identidades de la agenda
colonial, supuestamente superiores; no correspondía a ese “régimen socio-racial
que hace [e hizo] de la blanquitud lo hegemónico” (Garzón, 2014, p. 24); y
menos las mujeres mesoamericanas que además de contrastar con el ideario
europeizado racista, vivían de manera simultánea ese patriarcado de alta
intensidad. La Colonia cruzó de manera diferente a todas las personas, a todas
las mujeres que quedaron supeditadas, en oposición y en resistencia a esa
figura social “ideal”, cristiana, blanca y patriarcal.
Con
la intrusión ultramarina se generó en la población nativa un ethos adaptativo, o la cristalización de
una estrategia de supervivencia comunitaria “por la coincidencia entre un
conjunto objetivo de usos y costumbres colectivas y un conjunto subjetivo de
predisposiciones caracterológicas, sembradas en el individuo singular, por el
otro” (Echeverría, 2002, p. 6). Las humanidades que se hicieron a sí mismas,
para sobrevivir, fueron a partir de dos opciones civilizatorias diferentes y
contrapuestas: la configuración cultural europea y la mesoamericana
(Echeverría, 1998), y en medio un Yo en conflicto.
Inevitable
el hecho de la derrota militar, la población nativa tuvo que aceptar al otro de
manera ambivalente, deseable y aborrecible a través de un Yo en transformación.
Esto es, generó una estrategia para “naturalizar” o interiorizar las nuevas
formas de vida impuestas: su modo peculiar de simbolización se vio obligado a
pasar a segundo plano, es decir, debió no sólo aceptar sino defender la
construcción de mundo traída por los dominadores, incluso sin contar con su
colaboración y aun en su contra (Echeverría, 1998).
Echeverría
(1998) denominó ethos barroco a esta
estrategia de sobrevivencia colectiva, a esta identidad social que predominó
después de la colonia en el proceso de “interiorización” del Otro para
reafirmarse, para dar vitalidad al código destruido; este camino no borraba la
contradicción, no la negaba, sino la reconocía como inevitable, pero al mismo
tiempo, se resistía a aceptarla, la transgredía al intentar, a través de lo
nuevo, despertar y re-funcionalizar al Yo derrotado.
Sin
embargo, en la complejidad contenciosa del desencanto y la afirmación en el
proceso de reconstrucción social del Yo, se remasterizó la cultura occidental y
al patriarcado. “Es posible blanquearse” (Garzón, 2014, p. 24) y esa
posibilidad parece que fue una de las estrategias de sobrevivencia y
resistencia de esos mundos que salían de las jerarquías socio-raciales ahora dominantes;
así, la adaptabilidad y el mestizaje fueron caminos casi forzados para
sobrevivir; en este contexto, blanquearse significó la persecución de esa
subjetividad ideal impuesta, y que fue lo que la comunidad nativa construyó
sobre o encubriendo lo que ya habían construido de sí misma antes de la Colonia.
“Acabaron muñéndose de las armas culturales de
los invasores y transitando hacia la occidentalización” (Cusicanqui,
2010a, p. 73). Sin embargo, dice Garzón (2016) “el sujeto colonizado no siempre
ilustra la victimización sino que muchas veces es
capaz de negociar desde los márgenes” (p. 233). La interpenetración cultural ha
sido algo mucho más complejo que sólo pensar en la aniquilación total de la identidad
del Anáhuac, va más allá de la dicotomía, también es un estado contencioso, de
conflicto (Cusicanqui, 2018); sin embargo, es evidente que la asimilación
inicial y progresiva fue una consecuencia de la fractura de los mundos
precolombinos y una estrategia de sobrevivencia.
Olivera
(2019) propone que hay una situación ambivalente entre articulación y disloque con
la cultura colonizadora. En la articulación, cuando alguna persona o familia
indígena asume como propia la cultura de los dominantes, lo más probable es que
vaya dejándose de identificar como indígena y re-identificándose real o
simbólicamente con la cultura y los grupos de poder; a veces, incluso, toma el
papel de opresor racista (cacique) de los miembros de su misma comunidad. “El subalterno
roba y rehace para sobrevivir” (Garzón, 2016, p. 233), es decir, para subsistir
y ante la imposibilidad de reconstruir sus mundos antiguos, se emprendió una
re-creación paulatina y progresiva de la civilización europea en América,
llevándola de una manera tal, que lo que esa re-construcción reconstruyó
resultó ser una civilización occidental europea retrabajada (Echeverría, 2002).
Olivera
(2019) argumenta que los modelos culturales, los sistemas de valores y las
conductas, incluyendo las de género, que fueron impuestos por los españoles en
un primer momento, pero apropiados e introyectados por la población indígena
después, se asumieron como rasgos que definen la etnicidad, marcando los
límites raciales de ser o no indígena. Este fenómeno social, evidentemente,
cruzó y afectó a toda la población, pero se ensañó más con las mujeres
racializadas (Socolow, 2016). Pese a lo anterior, “la construcción de un sujeto
único y homogéneo mujer, así como la esencialización de la dicotomía
hombre/mujer, son los recursos que tienden a borrar la heterogeneidad y
contradicción interna entre las mujeres y sus lugares de enunciación” (Millán,
2020, p. 215). Es decir, hay precisiones necesarias para des-ocultar y entender
las relaciones opresivas y de privilegio existentes dentro de las mismas
mujeres, pues cada grupo, dependiendo de sus identidades atravesadas, vivió de
manera diferente las metaestructuras patriarcales y raciales a partir de la Colonia.
Entonces,
para tratar de evitar la homogeneización de la otredad femenina en Mesoamérica
después de la Colonia, es necesario intentar comprender las dimensiones
opresivas presentes desde y entre el mismo mundo de las mujeres, entender las
diferentes formas en que atravesaron y se conjugaron las estructuras
patriarcales y raciales con las identidades desde distintos lugares de
enunciación (que tampoco se pretende absolutizar sólo la presencia de las y los
sujetos que aquí se mencionan). No era lo mismo la realidad de las mujeres
blancas (con sus propias opresiones), a las mujeres nativas con linaje o las
mujeres nativas con un estatus social bajo. Para poder descifrar o comprender
mejor las opresiones patriarcales y raciales que se constituyeron sobre las
mujeres nativas, es necesario hacer un ejercicio de comparación con algunos
otros grupos sociales de la época inicial de la Colonia.
Jerarquías ontológicas a partir de la
Colonia
El
proceso de colonización generó identidades silenciadas y desautorizadas en el
sentido ontológico y epistémico, al mismo tiempo que fortaleció otras (Ribeiro,
2023). Si ya se mencionó que la plenitud ontológica en la Colonia era el hombre
blanco con poder, se estableció una “masculinización de la institucionalidad”
(Segato, 2016, p. 103), es decir, ellos fueron los operadores por excelencia de
la política, los tomadores de decisiones de la vida social, económica, política
y cultural de América, también se instituyó un saber sexualizado (Ilaregui,
2007).
Al
tener esa supuesta plenitud ontológica, el hombre blanco se otorgó un poder
ilimitado. Se re-construyó a sí mismo y ante la sociedad, se auto-legitimó como
ese supuesto hombre “civilizado” que reprobaba y se comparaba con esa “incivilidad
bárbara” de las y los nativos; esa auto-construcción falsa y maniquea que, por
un lado, simulaba un ser sofisticado civil, moral y católico, pero por el otro,
perpetraban actos atroces: asesinatos, aperreamientos a hombres y mujeres, violaciones,
rapiñas, ultraje, por mencionar algunos. Se autodefinieron en la cúspide de los
parámetros ontológicos para justificar sus actos y obtener más poder, bienes y
escalar en la sociedad (Bohórquez, 2022; Landa de Pérez, 1992; Marcos, 2010).
Las
mujeres blancas que llegaron con la ocupación, estaban subordinadas por su
mundo blanco[8],
pero con el beneficio de formar parte de él, por ejemplo, la corona sólo
otorgaba las encomiendas a los conquistadores varones y casados, por lo tanto,
muchos de ellos mandaron traer a sus esposas y otros se casaron con las
españolas que recién llegaron a la Nueva España; estaba prohibida la encomienda
para mulatos, mestizos y mujeres a excepción de las españolas que participaron
directamente en la invasión junto a Cortés, también las viudas e hijas de los
conquistadores, pero éstas últimas debían casarse para que la encomienda fuera
administrada por un varón (Regueiro, 2020, p. 29).
Las
mujeres blancas tenían el don de blanquear, de puentear entre el mundo blanco e
indígena y fueron re-imaginadas como humanas, siempre y cuando cumplieran tres
funciones: guardar el orden moral, parir y criar descendencia blanca y
garantizar el linaje blanco para asegurar el control del poder, del dinero y la
hegemonía de su clase (López de Mariscal, 1997; Cusicanqui,
2010a; Garzón, 2014, 2016, 2018). Así, por ejemplo, en la escena pública,
casarse con las mujeres blancas posibilitaba pasar al lado blanco (Garzón, 2014,
2018) y obtener o mejorar ciertas relaciones políticas y privilegios
(Ilarregui, 2007; Regueiro, 2020)[9]. Entonces, los matrimonios
con mujeres peninsulares nobles se convirtieron en un medio para escalar
rápidamente los peldaños de la sociedad. Además, ellas parían soldados,
capitales y gobernadores (López de Mariscal, 1997).
En
el mundo mesoamericano había tristeza, desánimo, aflicción, muerte,
enfermedades, carencias, violencias, miedo; había desolación generalizada para
las y los nativos (López de Mariscal, 1997, pp. 125-130). Entonces, el camino
hacia un posible blanqueamiento para sobrevivir fue con base en “legitimarse
por la negación del otro, a través del ideario y el discurso de la dominación”
(Bohórquez, 2022, p. 47). En el caso de los hombres nativos, escribe Lugones:
designados
como machos y bestias de la colonia, desarrollaron odio y el gusto por la
violencia del hombre eurocéntrico, acumulador de riquezas, moderno. Un odio en
tanto aquel es un ser que los niega y deshumaniza, y que, dada su superioridad
concebida por la colonia sobre su opuesta [mujer], lo cegó y lo volvió leal a
la colonia. (2012, p. 3)
“El
hombre no-blanco, en su derrota militar, acabó funcionando como la pieza
bisagra entre los mundos, es decir, como el colonizador dentro de la casa”
(Segato, 2016, p. 92); pues, aunque la conquista los oprimió en el mundo
público, los empoderó en lo privado (Cumes, 2012). Los hombres mesoamericanos,
al asimilar ese patriarcado colonial, importado, occidentalizado, lo
reprodujeron y remasterizaron, puesto que “cuanto más se ascendiera hacia el ‘polo
superior’, es decir, hacia lo blanco, más hombre se era” (Bohórquez, 2022, p.
74).
Fray
Diego de Landa atestiguó y escribió acerca de la influencia de los españoles
sobre los nativos y Marcos (2010) cita sobre ello: “[…] en vista de que los
españoles, sobre eso matan a las suyas, empiezan (los mayas) a maltratarlas y
aun matarlas” (Landa, 1986 [1574], pp. 41-43, como se citó por Marcos, 2010, p.
123). Esto no significa que haya habido un proceso acordado entre hombres
blancos y nativos, porque nunca hubo condiciones ni relaciones sociales de
equivalencia de humano-humano; siempre fue humano-esclavo, humano-sometido,
humano-siervo. Tampoco significa que no haya habido excepciones, resistencias y
consciencias lúcidas. En el contexto, casi esquizofrénico que se vivía, la
tarea fundamental para la población nativa fue sobrevivir. Algunos lograron reacomodarse
a la imposición, más que otras.
En
todo este proceso de la colonización, hay un hecho evidente: el peso pesado
recayó en la feminidad mesoamericana pues con el establecimiento del hombre,
blanco con estatus en la cúspide de las jerarquías, las mujeres blancas, aunque
oprimidas por su mundo blanco por ser mujeres, compartían la categoría de raza con ellos. Por otro lado, aunque la
“distancia ontológica invadió a la sociedad indígena” (Cusicanqui,
2010b, p. 30), los hombres nativos, como se vio antes, al reproducir el
patriarcado importado fueron oprimidos en el mundo público, pero por su género, los empoderó en lo privado.
La
discusión de que la feminidad mesoamericana fue la más afectada no es nueva,
pero siempre tiene una limitante: “resulta casi imposible precisar su imagen
real a partir de las descripciones históricas a menudo distorsionadas por una
visión occidentalizadora, cristiana y machista” (Bohórquez, 2022, p. 12),
porque, a la “hembra india”, el colonizador le negó toda autoridad (Lugones,
2012). Lo cual, para nada significa que hayan sido mujeres pasivas, sumisas,
sometidas y sin resistencias, pero estaban circunscritas por opresiones
patriarcales y raciales que les negó su estatus ontológico, su voz y les
ocasionó un contexto violento y difícil para sobrevivir por el lugar que se les
asignó en la “escalera colonial” (Cusicanqui, 2018, p. 62).
Algunas
mujeres nativas de linaje inicialmente fueron casadas con los españoles para
generar alianzas militares a través del matrimonio, otras funcionaron como
traductoras e intermediarias en estrategias militares, ya que ellas conocían
los secretos del mundo mesoamericano; el caso más emblemático es el de
Malintzin (López de Mariscal, 1997). Sin embargo, consumada la derrota azteca y
con el paso del tiempo, decreció su importancia y utilidad para los europeos,
sólo algunas consiguieron permanecer en el poder (Landa de Pérez, 1992; López
de Mariscal, 1997).
Otras
nativas de linaje se convirtieron, voluntariamente o no, en concubinas de jefes
expedicionarios, jefes menores, funcionarios reales, terratenientes,
comerciantes y doctrineros (Bohórquez, 2022). Se dieron casos muy particulares
de cacicas indígenas (evidentemente nativas con linaje) (Regueiro, 2020, p. 29).
Es decir, dadas las circunstancias, algunas mujeres lograron sobrevivir y
colocarse en una posición privilegiada con respecto al resto de su comunidad
como Malintzin (Townsend, 2015) o Tecuixpo Ixtlaxóchitl, hija de Moctezuma (Menegus y Castañeda, 2021).
Para
la mayoría de las mujeres nativas sin estatus, las maneras forzadas de “servicio”
al nuevo orden eran a través del tributo, la servidumbre y el servicio sexual
principalmente (Cusicanqui, 2010a). Entonces, las
huidas colectivas, el suicidio colectivo y el infanticidio también devinieron
de la cotidianidad femenina, pues si se negaban a cualquier imposición, se les
asesinaba de una manera aún más violenta, por ejemplo, a través de
aperreamientos. Ellas luchaban y resistían: se ensuciaban la cara y se vestían
con andrajos para no llamar la atención de los españoles, madres por defender a
sus hijas las mutilaban y les quitaban la vida para que no cayeran en manos de
los hispanos, abortaban para no tener más descendencia, huían a los cerros
inhóspitos, se suicidaban junto con toda su familia, quemaban y abandonaban sus
pueblos (López de Mariscal, 1997).
Socialmente,
se constituyó una relación e identidad de cosificación sobre las mujeres racializadas
(Ribeiro, 2023). Refiere Lugones:
la
misión civilizadora colonial era la máscara eufemística del acceso brutal a los
cuerpos de las personas a través de una explotación inimaginable, de
violaciones sexuales, del control de la reproducción y el terror sistémico
(alimentando perros con personas vivas o haciendo bolsas y sombreros de las
vaginas de las mujeres indígenas brutalmente asesinadas, por ejemplo).
(Lugones, 2011, p. 108)
Las que sobrevivieron lo hicieron asimilando y
sobrellevando las condiciones, y escondiendo su mundo lo más que pudieron. En
el primer caso, la mujer nativa comenzó a existir ontológicamente como mujer
sólo cuando optó por el varón español, sin embargo, al menos inicialmente, no
hubo la misma cantidad de matrimonios entre español-mujer nativa, como sí hubo
una cantidad importante de abusos y violaciones (Bohórquez, 2022). Además, el
español consideró siempre vergonzoso casarse con una nativa, aunque fuese concubina
(Landa de Pérez, 1992, p. 100).
La
Iglesia, la familia y la comunidad cristianizadas se apropiaron de la
fecundidad, libertad y auto-determinación de las mujeres y sus cuerpos;
impusieron un nuevo modelo de ser mujer basado en su utilidad al sistema y a
los hombres (Olivera, 2019). Hay buena cantidad de investigaciones sobre cómo
pudo haber sido todo el proceso de la Colonia para las mujeres nativas de la
América “descubierta”; frecuentemente coinciden en la violencia exacerbada y
omnipresente; en su asimilación y/o resignificación en torno a la dinámica de
poder y dominación para poder sobrevivir; en la imposición “a habitar un limbo
de no humanidad” (Garzón, 2018, p. 9) en una sociedad colonial en donde, en
efecto, uno de los grupos sociales más vulnerados fue el de las mujeres nativas.
Conclusiones
Las
poblaciones originarias de América provienen de culturas milenarias, pero
también de un proceso de colonización que fracturó su florecimiento,
perdiéndose gradualmente parte del sentido de sí mismas; el proceso de la
colonización marcó a fuego a las sociedades de Latinoamérica, no obstante, aquí
se propuso discernir la constitución ontológica de las mujeres indígenas a
partir de la Colonia en México a través de la teoría feminista descolonial e
investigaciones que consultan las fuentes primarias retomando la categoría de
género. Estos análisis muestran evidencias importantes de que las concepciones
de la vida y de la feminidad, antes y después de la llegada española, tuvieron diferencias
significativas; con la invasión europea llegó un patriarcado occidentalizado
que cambió gradual y progresivamente las relaciones de género existentes en
Mesoamérica.
Por otro lado, estas investigaciones también
empiezan a visibilizar la presencia de las mujeres mesoamericanas y presentan
matices que logran explicar lo que parece haber sido un panorama opresivo
agravado para estas mujeres desde la Colonia: hay certeza de que la población
blanca gozó de muchos más privilegios que la población nativa; y dentro del
paradigma racial y de género impuesto en este periodo, a
diferencia de las mujeres europeas y los hombres nativos, las mujeres
mesoamericanas quedaron en antítesis total a la ontología privilegiada, todo
ello sumado a las demás opresiones, despojos y violencias que se perpetraron
cotidianamente y que las afectó con mayor severidad. Además, por ser mujeres,
difícilmente pudieron escalar hacia los polos ontológicos privilegiados,
entonces, se constituyó para ellas un régimen racializado relativo que las
orilló a una falta de estatus ontológico.
La vida de las mujeres mexicanas
“originarias de una cultura violada, folclorizada y marginalizada, tratada como
algo primitivo, como cosa del diablo” (Ribeiro, 2023, p. 52) aún está
impregnada de todas estas subjetividades, intersecciones, de dominio y
resistencia; intersecciones y fusiones entre las culturas mesoamericanas y
europeas (Marcos, 2008) que pese a la complejidad y al estado todavía contencioso
del mestizaje, se va develando que la “escalera colonial” (Cusicanqui, 2018)
les designó un lugar que violentó y escondió su ser, su humanidad, su
existencia, sus realidades, etc., pero al mismo tiempo, les ha demandado su
tiempo y su trabajo normalmente no reconocidos y en un estado desvalorizante.
Al parecer, las opresiones raciales y de
género se amalgamaron, continuaron y continúan hoy en día. Es difícil saber de
viva voz lo que aquellas mujeres nativas de la Colonia querían, necesitaban,
sabían, vivían; pero es importante seguir haciendo preguntas incómodas,
escudriñar en los recovecos para comprender por qué es que las mujeres
indígenas ocupan un lugar tan desventajoso dentro de la estructura social
actual y tratar de revertir esta situación.
Actualmente, dice Garzón (2018) “qué
podemos hacer con estos sedimentos que heredamos de colonialidad que están en
nosotras, construyen nuestro Yo, nuestros relatos” (p. 10). Tal vez sus
historias, resistencias, rebeldías y batallas nos ayuden a develar procesos
históricos que generan desigualdades; a entender, concientizar, aminorar y
transformar la carga opresiva que cruza a las mujeres originarias. Tenemos una
tarea de-constructiva. Se los debemos.
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[1]
Universidad Autónoma Chapingo, México. Correo electrónico:
alexrm12042019@gmail.com
[2]
Universidad Autónoma Chapingo, México. Correo electrónico: mcrenardh@gmail.com
[3]
Se refiere a las culturas de un área que parte de la mitad sur de México y que
se extiende hasta incluir parte de Centroamérica. En esta región, florecieron
civilizaciones complejas y sofisticadas como la teotihuacana, azteca, tolteca,
mixteca, maya, entre otras. Las comunidades de la región no son idénticas, pero
comparten una base cultural y las mismas raíces originarias (Marcos, 2010, p.
19).
[4]
Yasnáya Gil y Aura Cumes (2021) también cuestionan que la historia puede ser
engañosa pues la supuesta “entrega de mujeres” que hicieron los nativos de
Mesoamérica a los colonizadores no fue en condiciones de igualdad para hacer
pactos entre hombres; las entregas pudieron ser, dicen, con gran riesgo de
muerte, es decir: nos entregas a esta mujer o todo tu pueblo será arrasado. O,
siguiendo la teoría de León Portilla (2014) de que inicialmente, los aztecas y
los pueblos aliados a los españoles –excepto los mayas– creían que los recién
llegados eran Teules o Dioses, por lo tanto, eran ofrendados como tales; en
este contexto, las mujeres de linaje eran entregadas para “hacer generación”
con los Dioses, pero también había entrega de hombres como tamemes o cargadores.
Las mujeres sin linaje que se entregaban a los españoles cubrían las
necesidades básicas del ejército español y los pueblos nativos aliados, como la
preparación de los alimentos.
[5]
Segato (2015) habla de un mundo aldea (antes de la intrusión ultramarina) y un
mundo Estado (traído por los colonizadores).
[6]
Patriarcado colonial es un concepto propuesto por Aura Cumes (Gil y Cumes,
2021).
[7]
En el mundo de la modernidad, no hay dualidad, hay binarismo. Mientras en la
dualidad la relación es de complementariedad, la relación binaria es
suplementar, un término suplementa -y no complementa- al otro (Segato, 2015, p.
89).
[8]
Según algunos relatos de fuentes del periodo temprano de la Colonia, españolas
fueron asesinadas por sus maridos españoles en las tierras de Nueva España, tal
es el caso de Juan Pérez que mató a su mujer con una piedra de moler maíz;
también un tal Monjarraz asesinó a su esposa (López de Mariscal, 1997, p. 140)
y sin olvidar que Cortés fue acusado de matar a Catalina Suárez (Illarregui, 2007).
[9] Ilarregui (2007) narra la historia de Doña Catalina de Suárez, esposa de Hernán Cortés. Escribe cómo es que antes del triunfo de la invasión española en México y estando en Cuba, Hernán Cortés se compromete con Catalina, pero poco tiempo después intenta deshacerse de esa promesa. Diego de Velázquez, gobernador de la isla, lo obliga a cumplir el compromiso; Cortés obedece y además lo hace su padrino. Ese matrimonio es el que le permitió a Cortés escalar posiciones para llegar a liderar la expedición a México. Ya con México invadido y “vencido” el imperio azteca, siendo Cortés el gobernador y general de la Nueva España, en 1529 Doña María de Marcaida, madre de Doña Catalina de Xuarez denuncia ante las autoridades el posible asesinato de su hija en manos de Hernán Cortés. Ilaregui cita las palabras de Marcaida: “[…] yo, la dicha Marcaida, madre legítima de la dicha doña Catalina Xuárez que, porque soy mujer y vieja, y no puedo parecer así en la Audiencia Real de Vuestra Majestad, Vuestra Majestad elija a mi hijo Juan Xuárez para que pueda seguir y fenecer este pleito y causa, por lo cual su real oficio imploro” (Documentos cortesianos citados por Ilarregui, 2007, p. 317). Tanto la madre como Doña Catalina eran mujeres blancas.