ESCLAVITUD,
ABORTO Y CUERPO SUPERIOR.
ACERCA
DEL CUERPO FEMENINO Y SU CUIDADO EN LA ESCLAVITUD COLONIAL
SLAVERY, ABORTION, AND THE HIGHER
BODY.
ON THE FEMALE BODY AND ITS CARE IN COLONIAL
SLAVERY
Jennifer Melissa Alemán Alonso[1]
DOI: https://doi.org/10.32870/lv.v7i64.8424
Resumen
En
este artículo abordo la esclavitud colonial de las Américas y del Caribe desde
una perspectiva filosófica y de género, enfocándome en la vivencia del cuerpo
femenino en esclavitud y en el aborto como práctica de resistencia. Propongo
una lectura que articula los conceptos nietzscheanos de cuerpo, cuerpo
superior y cuidado agresivo con los estudios históricos y feministas que
han estudiado la experiencia de las mujeres en esclavitud, la explotación
reproductiva y las formas de agencia emergentes en este contexto. Por
consiguiente, me empeño por comprender cómo el cuerpo femenino en este caso puede
replantear la noción nietzscheana de cuerpo, presentar la posibilidad de cuerpo
superior y manifestar el cuidado agresivo a partir de la práctica política
del aborto, un acto de negación y de resistencia frente a la estructura esclavista.
Esta articulación de corrientes teóricas permite repensar la comprensión
histórica del cuerpo, al igual que la violencia reproductiva del sistema
esclavista y la resistencia del aborto, aportando claves conceptuales para analizar
los estudios históricos y filosóficos sobre las mujeres desde su agencia, su vitalidad
y su voluntad.
Palabras clave: esclavitud
colonial, cuerpo femenino, aborto, cuerpo superior, cuidado agresivo
Abstract
This article examines colonial
slavery in the Americas and the Caribbean from a philosophical and gender
perspective, focusing on the lived experience of the female body in slavery and
on abortion as a practice of resistance. It advances a reading that brings
together Nietzschean concepts of the body, the higher body, and
aggressive care with historical and feminist scholarship on the experiences of slave
women, reproductive exploitation, and the forms of agency that emerged within
this context. The analysis seeks to understand how the female body in this
historical context can reconfigure Nietzsche’s notion of the body, open the
possibility of a higher body, and manifest aggressive care through the
political act of abortion, conceived as a gesture of refusal and resistance
against the slave system. This theoretical articulation makes it possible to
rethink historical understandings of the body, the reproductive violence
inherent to slavery, and the resistant significance of abortion, offering conceptual
tools for interpreting historical and philosophical studies on women through
their agency, vitality, and will.
Keywords: colonial slavery, female body, abortion, higher
body, aggressive care
Recepción: 21 de noviembre de
2025/Aceptación: 12 de marzo de 2026
El cuerpo ha sido lugar de
múltiples discusiones filosóficas. De hecho, se han concebido numerosas obras y
artículos abarcándolo como un objeto de estudio del que se debe dar cuenta en
la filosofía. Entre estas obras sobresalen las del filósofo alemán Friedrich
Nietzsche, quien replantea las nociones tradicionales sobre el cuerpo, sobre la
enfermedad y el cuidado, proponiendo caminos como el del cuerpo superior para
explicar y justificar tales replanteamientos.
Mi interés
principal para el siguiente artículo no radica en desarrollar un estudio
hermenéutico sobre las nociones y los conceptos que han rodeado la filosofía de
este autor. Mi interés principal estriba en poder ampliar el campo de
interpretación de estas nociones y de estos conceptos, para así poder
otorgarles un significado político e histórico, con un enfoque de género no
planteado por su filosofía. Propongo, entonces, no una lectura de cualquier
cuerpo desde la filosofía nietzscheana, sino una lectura del cuerpo femenino en
esclavitud del periodo colonial de las Américas y del Caribe. Un cuerpo
histórico que vivenció todo un entramado complejo de opresión y que, así mismo,
ejerció resistencias a partir de sí y de sus capacidades corporales.
En este
sentido, no busco reducir la experiencia de la esclavitud colonial a solo las
nociones filosóficas de Nietzsche. Para cumplir con la lectura que propongo, me
permito conjugar las nociones y los conceptos de este autor con los estudios y
los planteamientos de teóricas que se han encargado de estudiar tal experiencia
desde un enfoque de género. Teóricas que se han centrado en las vivencias de
las mujeres en esclavitud y en sus formas de resistencia, más específicamente en
la práctica de resistencia que implicó el aborto.
Por lo tanto, aquí
me empeño por comprender cómo el cuerpo femenino en la esclavitud colonial
puede replantear la noción nietzscheana de cuerpo, presentar la posibilidad de ser
un cuerpo superior y manifestar, a través de la resistencia, un cuidado
político de sí que se articula con el cuidado agresivo planteado por Nietzsche
en sus postulados. Espero que, a partir de esta empresa que recorro, se demuestre
que los conceptos filosóficos no son estáticos ni totalmente abstractos, que se
pueden reinterpretar para realidades históricas específicas y que tienen la
capacidad de darnos una perspectiva crítica de los sucesos.
La primera sección
del artículo está dirigida a abarcar la noción de cuerpo y de cuerpo
superior en Nietzsche, en donde me apoyo principalmente de este filósofo para
comprender y esbozar la perspectiva de cuerpo que me interesa. No obstante,
también me sirvo de autores y de autoras que lo han estudiado, para
complementar esta perspectiva. La segunda sección aborda el tipo de cuidado que
implica el cuerpo superior planteado por Nietzsche, un cuidado activo
que busca provocar conflicto con el entorno.
La tercera sección
presenta una contextualización de la situación de las mujeres en esclavitud
durante el periodo de la colonia en las Américas y en el Caribe, en donde me
sirvo de teóricas que han trabajado esta situación desde el enfoque de la mujer
y su agencia, y quienes han postulado al aborto llevado a cabo por estas mujeres
como una práctica política de resistencia.
La cuarta y la
quinta sección conciernen a la propuesta de lectura sobre cómo el cuerpo
superior y el cuidado precisados pueden emerger como posibilidades en la
situación de los cuerpos femeninos estudiados. En estos apartados se trata de
recoger y de articular los conceptos y las nociones nietzscheanas sobre el
cuerpo con las interpretaciones que realizan las teóricas sobre la situación en
cuestión. Y, por último, se da una conclusión de la lectura aquí esbozada, con
aclaraciones que pueden servir para seguir pensando esta propuesta.
Nietzsche comienza una tradición
filosófica que sugiere una mirada diferente del cuerpo. Con él, este adquiere
dimensiones epistemológicas y ontológicas que lo insertan como un objeto de
estudio imprescindible para la filosofía. Para comprender mejor la concepción
nietzscheana del cuerpo es menester dirigirnos a la diferencia que en alemán se
tiene entre las palabras Körper y Leib, que en castellano se traducirían
indistintamente como “cuerpo”. Según
A partir de Leib podemos
concebir tres características imprescindibles que tiene el cuerpo para
Nietzsche. En primer lugar, el cuerpo es la sede de la vida misma y, por ende,
de los pensamientos, pues no solo los seres humanos existimos como singularidades
corporeizadas, sino que pensamos por y mediante esta singularidad. Es esta
condición material, cuando no espiritual, la fuente de los sentidos que le
otorgamos al mundo y a nuestras experiencias, por lo que negarla, como lo han
hecho varias tradiciones en filosofía, supone negar de entrada la misma “razón”
humana. A respecto de esto, Zaratustra, vocero y apoderado de la filosofía
nietzscheana, declara:
El despierto, el sapiente, dice: cuerpo soy yo
íntegramente, y ninguna otra cosa; y alma es sólo una palabra para designar
algo en el cuerpo. El cuerpo es una gran razón, una pluralidad dotada de un único sentido, una guerra y una paz, un
rebaño y un pastor. Instrumento de tu cuerpo es también tu pequeña razón,
hermano mío, a la que llamas "espíritu", un pequeño instrumento y un
pequeño juguete de tu gran razón.
En
segundo lugar, el cuerpo es también para Nietzsche, como se vio en la
precedente cita, una pluralidad en unidad. Es decir que, en la singularidad corporeizada
que somos confluyen una multiplicidad de potencias que se encuentran en
constante tensión entre ellas. Esta tensión o conflicto es parte constitutiva
del cuerpo, es parte del impulso vital que somos y que Nietzsche (1984)
llama voluntad de poder. De hecho, según el autor
Sólo donde hay vida hay también voluntad: pero no
voluntad de vida, sino –así te lo enseño yo– ¡voluntad de poder! Muchas cosas
tiene el viviente en más alto aprecio que la vida misma; pero en el apreciar
mismo habla –¡la voluntad de poder!– Esto fue lo que
en otro tiempo me enseñó la vida: y con ello os resuelvo yo, sapientísimos,
incluso el enigma de vuestro corazón. (Nietzsche, 1984, p. 172)
En
tercer lugar, según precisa
Entonces, mediante la precisión que se realiza aquí del
cuerpo, no es posible acuñar el Leib para
justificar la noción de una razón alejada de la corporalidad individual
cotidiana, pues como se precisó, la materialidad que somos en vida es la que permite el surgimiento de
los significados que le damos a nuestro mundo. Es por ser cuerpo en nuestra
cotidianidad –sentir, escuchar, ver y hablar a través de este– que pensamos,
idealizamos y actuamos, no al revés.
En consecuencia, si los pensamientos se originan a partir
de la cotidianidad material que nos constituye, una cotidianidad compleja, con
carencias y degeneraciones fisiológicas constantes, pero también llena de
incertidumbres y multiplicidades en tensión, las ideas, los conceptos y, en
general, el razonamiento humano provienen de la
enfermedad existencial que encarnamos en tanto cuerpos. Una enfermedad que remite
a tales carencias fisiológicas y existenciales que no nos permiten acoger una
certidumbre instintiva sobre la vida, pero que resultan siendo las fuentes
mismas de nuestra vitalidad, proyección y capacidad de acción.
Así pues, en Nietzsche, la enfermedad hace parte de toda
singularidad corporal y es interpretada en tanto la condición del cuerpo que lo
lleva a actuar, pensar e, incluso, a filosofar –se conjuga directamente con la voluntad de poder–. Además, como lo veremos a continuación, la
enfermedad se presenta como un estimulante de la salud del cuerpo, un punto de
partida importante para la reflexión y, así, para el cuerpo superior. En
su obra Ecce Homo,
el autor
recalca lo siguiente a propósito de su experiencia
con la enfermedad:
Me puse a mí mismo en mis propias manos, me hice a mí
mismo volver a estar sano: la condición para ello –cualquier fisiólogo lo admitirá– es la de estar sano en el fondo. [...] el estar enfermo
puede resultar incluso un enérgico estimulante para la vida, para vivir-más.
Así es de hecho como se me muestra ahora aquel largo período de enfermedad:
descubrí la vida como por primera vez, incluido yo mismo; saboreé todas las
cosas buenas e incluso las pequeñas cosas como no es fácil que otros puedan
saborearlas, –hice de mi
voluntad de salud, de vida, mi filosofía–. (Nietzsche, 2005, p. 28)
De manera que, de acuerdo con lo
anterior y pasando a hablar acerca del cuerpo superior, en Nietzsche este
no refiere a un cuerpo ideal, único ejemplo para el ser humano, sino que
depende de cada materialidad singular y sus posibilidades corporales –depende de cada Leib individual–. Un cuerpo superior es aquel
que concuerda con su propia voluntad de poder. Es decir, es aquel que,
como Nietzsche en la cita precedente, atiende a su voz propia, se escucha a sí
mismo, concientizándose y reconociendo no solo sus posibilidades, sino también su
propia condición de enfermedad para poder significarse a sí y a su mundo
genuinamente –para poder sanar–. A este respecto, la autora Aurenque
(2022) declara:
Crear un
“cuerpo sano”, “superior”, significa entonces permitir que un individuo
determine desde sí mismo, es decir, ajeno a las reglas provenientes de
cualquier tipo de autoridad externa –divina, social o cultural– la forma de
vida que ha de seguir, la forma en la que interpreta y asume ser su cuerpo. (p. 163)
Así, un cuerpo superior significa
y dirige su existencia sin recurrir irreflexivamente a autoridades externas. Siembra
una sabiduría vital, o como lo nombra Nietzsche (2005), una filosofía que termina en un cultivo amoroso del
propio cuerpo, un cuidado de aquella corporalidad enferma que
surge
a partir de y para sí misma. Según el autor Gel (2020), este pretendido cultivo del cuerpo superior sugiere hacer de
las ideas cuerpo, invita a incorporar el sentido encontrado de la vida,
llevándolo a una praxis vital que evoque una forma para vivir partiendo
de nuestra multiplicidad, complejidad y carencias. El cuerpo superior es una forma de vivir, un ideal
individual, o como lo declara Nietzsche (2008):
[…] un ideal singular, tentador, pleno de peligro, del que
no queremos convencer a nadie, porque no concedemos fácilmente a nadie el derecho a él: el ideal de un espíritu
que ingenuamente, es decir, sin quererlo y desde una rebosante plenitud y
poderío, juega con todo lo que hasta ahora ha sido llamado santo, bueno,
intangible, divino; para el cual lo más elevado en lo que el pueblo tiene con
razón su medida del valor significaría tanto como peligro, decadencia,
rebajamiento o, por lo menos, descanso, ceguera, olvido temporario de sí; el
ideal de un bienestar y una benevolencia humana–sobrehumana que con mucha frecuencia parecerá inhumana. (p. 104)
Hablando de la praxis vital que supone
el cuerpo superior sustentado por Nietzsche, emerge una categoría importante
que no podemos dejar de lado. Esta categoría es la de cuidado. Esto debido a
que, el cuerpo es un cuerpo superior porque cuida de su voluntad de
poder, cuida de sí mismo al escucharse, al significar y actuar de acuerdo
con sus potencialidades y carencias. Se cultiva amorosamente a partir de ello,
aprendiendo a vivir con su enfermedad fisiológica–existencial, sin dejar apagar
aquel impulso vital que lo lleva a habitar un mundo, transformarlo, darle
sentido, dominarlo.
Ahora
bien, entendiendo que el cuerpo superior no refiere a un solo ideal a
partir del cual se deben regir todos los cuerpos, tampoco lo es el cuidado que
le atañe. En Nietzsche no existe una única salud, una única forma de cuidar del
cuerpo para todos –el cuidado emerge de la corporalidad individual–. No
obstante, una característica particular que se percibe tiene el concepto de
cuidado y de salud en este autor es la de agresividad. Como vimos en la
anterior cita de Nietzsche (2008) hablando acerca del cuerpo superior, este
es un cuerpo peligroso, que juega con los valores culturales de la sociedad, pues
reconoce que aquellos han intentado apagar el impulso vital de la corporalidad
que quiere recuperar y avivar. El autor da cuenta de que las formas de poder y
de control social en Occidente han intentado debilitar al Leib,
sofocar sus multiplicidades y reprimir su voluntad de poder. Por lo que,
el cuidado del cuerpo superior implica suscitar conflicto con estas
normas a favor del propio cuerpo y, por tanto, conlleva a incomodar con el
entorno a favor de su vitalidad. Al respecto de esto el autor declara:
[…] los nuevos,
los sin nombre, los difíciles de entender, nosotros, partos prematuros de un
futuro no verificado todavía, [que] necesitamos, para una finalidad nueva,
también un medio nuevo, a saber, una salud nueva, una salud más vigorosa, más
avisada, más temeraria, más alegre que cuanto lo ha sido hasta ahora cualquier
salud. (Nietzsche, 2008, p. 104)
La salud y el cuidado de la voluntad de
poder son interpretados acá como explosivos, destructores de la cultura que
pretende controlar al cuerpo, pues permiten que este realice una
transvaloración del espacio y del mundo de la ley y de la norma, lo que muchas
veces genera incomodidad y se percibe como amenaza. De hecho, el autor acentúa
la naturaleza del Leib como una naturaleza
belicosa; el cuerpo es confrontación, es tensión no solo a través de las
multiplicidades de fuerzas orgánicas con las cuales se compone, sino también es
confrontativo con el entorno, pues es voluntad de poder, de vivir y, por
tanto, de actuar en, de transformar a y de imponerse ante el mundo para
habitarlo y vivirlo. Acerca de esta belicosidad el autor sustenta:
Por naturaleza
soy belicoso. Atacar forma parte de mis instintos. Poder ser enemigo, ser enemigo:
esto presupone tal vez una naturaleza fuerte y, en cualquier caso, es lo que
ocurre en toda naturaleza fuerte. Esta necesita resistencias y, por lo tanto,
busca la resistencia; el pathos agresivo forma parte de la fuerza. (Nietzsche,
2005, p. 35)
Así pues, la agresividad se entiende acá como
una característica fundamental a la hora de hablar del cuidado del propio cuerpo,
pues la agresividad hace parte de su vitalidad. Más aun, el cuidado
nietzscheano al buscar conflictuar con el mundo y sus normas también busca implantar
y crear nuevas formas. Esto debido a que, como se mencionó anteriormente, la voluntad
de poder que se intenta avivar mediante el cuidado agresivo es una voluntad
de vivir que desea (pathos) dominar,
extenderse. A esta no le basta solo con sobrevivir, sino que aboga por crecer,
intensificarse y aumentar su poder (Vásquez, 2012) y, por tanto, aboga por ser
una voluntad creadora.
Tal es la voluntad de un pintor
que con sus obras busca extender sus ideas y representaciones en el tiempo y
espacio, tal es la voluntad del escritor que con sus libros ansía intensificar
su poder al ser influencia en el pensamiento de otros por medio de sus
postulados. El cuidado agresivo le permite al cuerpo crecer en poder, dominar,
crear nuevas formas que se intensifiquen y se expandan cada vez más. De ninguna
manera permite que este se subordine y siga irreflexivamente autoridades
externas; busca desde sí crear nuevas reglas, obras, acciones y prácticas. A
propósito de la salud y del cuidado que animan esta voluntad, Groys (2022) plantea “La salud agresiva, por el contrario,
lucha no por nada o por un no-orden, sino para imponer un nuevo orden. El
sujeto de esta lucha puede perder la batalla, pero nunca estaría dispuesto a
aceptar una nueva esclavitud” (p. 40).
En
consecuencia, el cuidado es agresivo por cuanto protege la voluntad de poder
belicosa del cuerpo, un impulso que siempre resulta impositivo, intenso y
peligroso para muchas normas sociales y culturales que lo reprimen. Empero,
aunque la voluntad de poder y su cuidado dependan de la singularidad
corporeizada, es decir, de un individuo y sus potencias, tensiones y carencias,
esto no quiere decir que el cuidado de Nietzsche sea egoísta per se. Es
decir, no se omite la posibilidad de que la enfermedad existencial que esté
padeciendo un cuerpo la padezcan otros y, por tanto, de que el cuidado de un
cuerpo haga eco en otras corporalidades. Esto se percibe en el mismo Nietzsche
(2008), quien por medio de sus escritos y pensamientos propone un cuidado para “[...]
los nuevos,
los sin nombre, los difíciles de entender, nosotros [...]” (p. 104), que no
únicamente para sí mismo.
Durante el periodo colonial en las
Américas y en el Caribe, la esclavitud era considerada uno de los recursos más
comunes y eficaces para incrementar el capital de los imperios colonizadores.
Según lo constata
No obstante, más
allá de explicar el funcionamiento de la economía esclavista de las colonias,
mi interés radica en las vivencias de los cuerpos sometidos en esclavitud. Más
específicamente, me centro en los estudios que abordan la vivencia de los
cuerpos femeninos sometidos a la esclavitud colonial por la trata transcontinental
de personas africanas[2]. Cuerpos, quienes
considerados como materia inerte no solo eran golpeados, aseados, conducidos,
desechados y asesinados como los demás esclavos, sino que también eran preñados
a favor del capital imperial. De
hecho, como lo plantea Pineda (2021), las mujeres esclavas no solo eran
forzadas, como los hombres, a hacer trabajo productivo, sino también eran
víctimas de una significativa explotación sexual y reproductiva a favor de la
economía esclavista[3].
El cuerpo de las mujeres esclavas era dominado por un
control biopolítico sobre sus embarazos y partos, un control que buscaba
promover la natalidad esclava y, así, ahorrarle varios centavos al amo. Como
sugiere Spicker Morales (1996), las mujeres eran sometidas a presiones demográficas a favor de la
reproducción de esclavos que ya nacían cautivos, pues resultaba ser más
rentable para el amo tener mano de obra esclava promoviendo el embarazo en las
mujeres, que comprando a personas en los puertos[4].
De hecho, esta misma autora precisa que en 1750 y 1810 se empezó a generar una
decadencia en el aprovisionamiento de esclavos en el Caribe, en Cartagena más
exactamente, lo que generó aún más control biopolítico sobre el cuerpo femenino
en las colonias, pues viendo que se reducía cada vez más el número de puertos
que legitimaran la compra de personas, los amos recurrían a la capacidad de
gestación de quienes pensaban eran sus mujeres.
En consecuencia, durante el periodo colonial, el cuerpo
femenino en esclavitud era usado no solo para trabajos domésticos, sino
tambié
Es más, como precisan
Sarmiento Ramírez y González Blanco (2022), muchos de los embarazos eran el
resultado de violaciones perpetradas por los hombres blancos, pues la violencia
sexual sobre las mujeres esclavas era continua por parte de los amos, los
mayorales y los esclavistas. Asimismo, estos autores resaltan que los
embarazos, así como las maternidades, eran vividas bajo constantes castigos.
Las mujeres embarazadas eran cruelmente maltratadas y obligadas a seguir
cumpliendo labores arduas sin importar su condición[5], y las
madres esclavas pocas veces podían cuidar y criar a sus hijos, quienes eran
llevados desde el nacimiento a los “criaderos de criollos”, en donde las
condiciones no eran aptas para una vida humana. A muchas les tocaba ver a sus
hijos e hijas morir muy pequeños, mientras que otras, desde la impotencia,
veían cómo enfermaban, sufrían y eran, desde tan temprana edad, forzados
brutalmente a trabajar[6]. A
continuación, una declaración de la mulata Paulina, esclava de una colonia
española, en donde se nos muestra en breves palabras todo un entramado complejo
de la vivencia de las mujeres esclavas en la época colonial:
[…] desde chiquita es esclava de Oviedo, que ha tenido
tres hijos y se halla embarazada; que los dos primeros, llamados Josefina y Helénida, son de su amo, el tercero del negro Joaquín gangá y el que tiene en el vientre de Sotero criollo. Que
su amo la gozó contra su voluntad sin ser mujer, pues no se puede querer a
quien trata mal; que la conquistó a fuerza de cuero, como lo manifiesta su
cuerpo; que la ha castigado de todos modos a su antojo, excepto el boca abajo.
Que la mandó pegar por el negro Jacobo cuando vino su amo del Norte y la
encontró embarazada de cuatro meses, poniéndole después unos trozos amarrados
con grillos a los pies, que los llevó nueve meses como lo saben todos […] que
en los dolores de parto por caridad se los quitó el mayoral… (García, 2003,
citado en Sarmiento Ramírez y González Blanco, 2022, p. 127)
Sin
embargo, y aun cuando las mujeres y sus cuerpos en esclavitud se veían
diariamente sometidos a controles, agresiones, gestaciones y partos, existían complejas tramas de
resistencia contra la estructura esclavista, tramas que emergían a partir de
estas mismas mujeres (Camp, 2002). Entre estas resistencias estuvo la práctica del aborto[7].
Una práctica subversiva que afirmaba a las sujetos
como agentes, si bien no totalmente de sus vidas y trabajos, sí de sus
corporalidades, más específicamente, de sus capacidades y conocimientos para engendrar vidas (Ugueto-Ponce, 2021)[8].
A este respecto, según Camp
(2002), Ugueto-Ponce (2021) y Sarmiento Ramírez y
González Blanco (2022), para muchas mujeres el aborto devino en una acción
política que no solo consistía en la interrupción voluntaria del desarrollo de
un embrión o feto en el útero del cuerpo femenino, sino también en la
interrupción del sistema esclavista de las colonias. Además, como lo precisa la
autora Ugueto-Ponce (2021), esta práctica era
realizada en colectividad por varias mujeres. La autora declara que, entre las
mujeres sometidas a la esclavitud subyacía un conocimiento común en torno a los
procesos de salud y enfermedad, vida y muerte, gestación y partos, y una amplia
comprensión etnobotánica sobre plantas abortivas. Saberes colectivos, en su
mayoría de tradición africana, que ayudaban a las mujeres a sobrellevar sus
abortos, pero que, así mismo, eran construidos y difundidos con un objetivo
político específico. Entre este conocimiento herbario sobresalía el uso de: el
cornezuelo de centeno, el enebro, la ruda, el laurel, el perejil, el azafrán,
el culandrillo, el altramuz, entre otros (Sarmiento
Ramírez y González Blanco, 2022).
Según la autora Ugueto-Ponce
(2021), un ejemplo, entre muchos, que logra manifestar y rememorar aquel saber colectivo,
cultural y político que poseían las mujeres para tratar sus cuerpos en
gestación y llevar a cabo la práctica del aborto en tanto acto de resistencia es la
obra artística de Joscelyn Gardner, titulada Retratos
Creoles III,
la cual se basa específicamente en las mujeres esclavizadas de las plantaciones
del Caribe[9].
Los retratos litográficos que presenta la artista Joscelyn Gardner revelan peinados tradicionales
africanos entrelazados en collares de hierro, los cuales hacen referencia a los
collares empleados para castigar a las mujeres esclavas que abortaban. Asimismo,
en cada retrato se observa cómo nace del collar un espécimen botánico, el cual
remite a las plantas que consumían estas mujeres para realizarse el
aborto. Es una obra que no solo demuestra la importancia política que el aborto
tuvo en el periodo que se trabaja, sino también da cuenta del conocimiento
etnobotánico que las mujeres apropiaron para interrumpir sus embarazos, un
conocimiento usado de manera diferenciada dependiendo de cada mujer, pues cada
una usaba diferentes plantas para ello, pero que servía al mismo propósito.
Para entender al cuerpo femenino, más
exactamente al cuerpo de aquellas mujeres en esclavitud, el cual traté en el
apartado precedente, como una posibilidad de cuerpo superior, es
necesario, primero, recontextualizar sus corporalidades bajo el paradigma del Leib nietzscheano. Esto me permitirá tomar
distancia de la concepción mecánica que históricamente en Occidente se le ha
adjudicado al proceso de gestación y parto, y abarcar la corporalidad de estas
mujeres en tanto singularidades corporeizadas complejas, con multiplicidades de
potencias en tensión, a partir de las cuales surge el aborto como una acción y
un sentido nacidos del impulso vital que son.
Sin
embargo, dada la complejidad del fenómeno de la esclavitud y las constantes
agresiones, abusos y controles que se ejercían sobre el cuerpo femenino, es
imprescindible repensar también el Leib para
interpretar a este cuerpo. Esto porque, como se precisó con las autoras
mencionadas, estas mujeres no solo encarnan, en tanto que vidas corpóreas, carencias
fisiológicas e incertidumbres existenciales, esto es, no solo encarnan la
enfermedad que son como cualquier Leib
cotidiano. Sino que, además, se ven sometidas a un perpetuo tormento físico y
existencial más allá de la vida ordinaria (Camp, 2002; Morgan, 2004; Pineda, 2021; Ugueto-Ponce, 2021; Sarmiento Ramírez y González Blanco, 2022), un tormento dentro del
cual el paradigma nietzscheano del cuerpo no ha sido concebido.
Por
lo tanto, aquí propongo comprender al cuerpo femenino como un Leib, una materialidad existente compleja,
vulnerable, profunda y enferma que, igualmente, experimenta condiciones
externas que abusan más de su materialidad, lo cual hace que en ese mismo
cuerpo vivo se maximice su vulnerabilidad y se lleve aquella enfermedad existencial
al límite. Esto último sugiere que las carencias físicas, las incertidumbres
existenciales y las multiplicidades en tensión –todo lo que configura el
impulso vital que es la voluntad de poder (Nietzsche, 1984)– son aumentadas
y complejizadas a la luz de la situación esclava.
En
este sentido, partiendo del Leib construido
para el cuerpo femenino en esclavitud –cuerpo que es obligado por fuerzas
externas a gestar y a parir hijos e hijas en pro de la reproducción esclava,
pero que también ejerce acción política recurriendo al aborto– se puede repensar
el cuerpo superior. Para ello, creo necesario hacer tres precisiones
concretas que aquí soporten esta posibilidad.
La primera
concierne al nivel de conocimiento que tenían las mujeres sobre sus propias
corporalidades, un conocimiento que devino en estrategia política. Como bien se
precisó con la autora
El conocimiento de ginecobstetricia y de etnobotánica de
las mujeres les permitía recuperar sus cuerpos de las fuerzas externas que las obligaban a ser
maquinarias para el amo, decidir sobre sus cuerpos en gestación y llevar a cabo la interrupción voluntaria de sus
embarazos. Por lo tanto, se puede interpretar que estas mujeres, desde
sí mismas, desde sus conocimientos, capacidades y posibilidades corporales,
actuaban como agentes que buscaban recuperar su Leib a partir del aborto, sin dejarse
subsumir irreflexiva y totalmente por las fuerzas externas de su entorno. Eran
agentes con un alto nivel de autoconocimiento fisiológico, el cual las ayudaba
a desarraigarse, así fuera solo por unos instantes, de la maquinaria colonial y
capitalista, demostrando la emergencia de un cuerpo superior a partir de y a
pesar de las circunstancias esclavizantes.
Pero, además, la segunda precisión concierne a que como Leib se propone que estas mujeres estaban relacionadas con su enfermedad de otra
forma. Es decir, no solo eran personas con carencias fisiológicas y
existenciales, sino que, además, estas carencias se maximizaban a la luz de las fuerzas externas
que las esclavizaban. Entonces, si queremos leer al cuerpo femenino
como cuerpo superior en este caso, las mujeres esclavas, de las cuales
se habla a partir las autoras mencionadas, no solo conocían sus capacidades y
posibilidades de gestación y parto, sino que también eran conscientes de su
situación esclava. Una situación que las hacía ser cuerpos aún más
vulnerables a las incertidumbres y carencias existenciales y fisiológicas. Por
lo que, a partir de este conocimiento de sí, no solo de sus capacidades sino
también de su enfermedad maximizada, surge el aborto como actitud agonal con la
finalidad de no seguir siendo maquinaria de esclavos y de, como lo plantea
la autora Ngo Mbeb (2023),
no extender tal enfermedad llevada al límite a otras vidas futuras[10].
La
tercera precisión, que complementa la anterior, consiste en la incorporación
del sentido político que pudo conllevar la práctica del aborto, un sentido
declarado por los estudios nombrados. Como ya se sabe, la sabiduría vital que
supone tener el cuerpo superior también consiste en que él mismo escuche
y encarne su propia voluntad de poder, reconocida por un proceso constante
de reflexión y detenimiento (Nietzsche, 2005). Así que, a partir del
conocimiento de las mujeres de sus corporalidades, multiplicidades,
incertidumbres y carencias maximizadas, se puede interpretar que surge desde el
cuerpo un sentido político. Un sentido político de resistencia a través del
cual las mujeres destinan las acciones sobre sus cuerpos en gestación y viven
acorde al impulso vital que son.
Por consiguiente,
el aborto como práctica subversiva se puede leer en tanto la encarnación del
impulso vital de las mujeres, que empezó a ser comprendido e incorporado
tras un autoconocimiento y un detenimiento sobre sí mismas, sobre sus
corporalidades femeninas, agredidas y sometidas. El cuerpo superior aquí
lo leo en la mujer que, a partir de su situación, de sus capacidades y de su
enfermedad llevada al límite, decidió, reconociendo la agencia que podía tener,
practicar el aborto sobre su propio cuerpo[11] –es la mujer que incorpora
la idea política de resistencia a través de aquella práctica que bien puede
llevarla a castigos inefables, a más daños fisiológicos e, incluso, a la muerte–.
Por lo tanto,
si replanteamos el cuerpo superior nietzscheano a la luz de esta
situación, este sería considerado en tanto un “ideal
singular, tentador, pleno de peligro, del que no queremos convencer a nadie,
porque no concedemos fácilmente a nadie el derecho
a él” (Nietzsche, 2008, p. 104), que es capaz de jugar políticamente con la
autoridad colonial a partir del autoconocimiento adquirido de su corporalidad y
de su propia enfermedad potencializada. Lo cual supone el desarrollo de
prácticas de resistencia como el aborto que buscan una reapropiación de sí, del
propio cuerpo tantas veces enajenado. El cuerpo femenino en este caso puede ser
“el ideal de un bienestar y una benevolencia humana-sobrehumana que con mucha
frecuencia parecerá inhumana” (Nietzsche, 2008, p. 104).
Tal
y como precisé anteriormente, no se puede hablar de un cuerpo superior
sin abordar el cuidado que le atañe. En el caso concreto de las mujeres esclavas
de las que hablan las autoras citadas, el cuerpo superior que encarnan refleja
el cuidado agresivo nietzscheano esbozado. Esto porque interpreto que el aborto
es una acción política que se erige como una posibilidad de manifestación de la
voluntad de poder belicosa de los cuerpos femeninos, una manifestación
que es reprimida por las autoridades coloniales esclavistas.
El cuidado de la voluntad de poder que
supone el aborto es un gesto agresivo con el entorno colonial. Ugueto-Ponce (2021), Sarmiento Ramírez y
González Blanco (2022) y Ngo
Mbeb (2023) constatan que el aborto afectaba, de
manera negativa, a la maquinaria esclavista: era considerado peligroso para el
sistema, pues significaba menos mano de obra para los trabajos.
Así pues, la agresividad de la voluntad
de poder que quiere imponerse en un mundo, crecer, crear, intensificarse y aumentar
su poder en él así esté en contra de las autoridades morales externas está
latente en el aborto. Esto porque, se demuestra con las autoras citadas que esta
práctica política impone la agencia de los cuerpos femeninos sobre el mundo de
la ley y de la norma esclavista, erigiéndose en contra de este, de su
maquinaria. La agresividad del aborto se puede considerar como un bienestar del
propio cuerpo, un cuidado de sí misma y de su agencia que implicó la
destrucción del entorno que reprimía constantemente el impulso vital del cuerpo
femenino.
Además, este cuidado que se está
argumentando existe en estas corporalidades no es totalmente egoísta per se,
al igual que el cuidado nietzscheano. Corroborándolo con el conocimiento
colectivo etnobotánico y de ginecobstetricia que tenían las mujeres, el aborto
era una práctica con todo un entramado comunitario detrás (Ugueto-Ponce,
2021). No era, pues, una práctica completamente individual, sino que los
saberes podían llegar a hacer eco en otros cuerpos, en otros cuerpos viviendo
la misma situación, haciendo del cuidado agresivo uno que trascendía a más
mujeres.
En definitiva, considero que la lectura aquí propuesta, que
sugiere abarcar la vivencia de las mujeres esclavas durante el periodo colonial
de las Américas y del Caribe –vivencia de la que dieron cuenta las autoras
mencionadas, pero que no pretende en este escrito representar la totalidad de lo
acontecido– desde los conceptos filosóficos trabajados por Nietzsche sobre el
cuerpo, puede ampliar el horizonte de comprensión y de discusión de la
situación histórica presentada y, más específicamente, de la práctica del
aborto llevada a cabo. Una práctica que un gran número de teóricas se han
propuesto estudiar, y que todavía sigue siendo imprescindible para los estudios
históricos y filosóficos sobre las mujeres.
Las teóricas aquí citadas nos ofrecen interpretaciones
acerca de la esclavitud colonial en donde se evidencia que las experiencias de
las mujeres esclavas no era la misma que la de los hombres; que las
resistencias emergentes de los cuerpos femeninos involucraban, muchas veces, impedir sus maternidades; y que prácticas
como el aborto iban más allá del solo hecho de interrumpir una gestación, pues
era una acción política que quebraba toda una estructura impuesta.
Por ello, la lectura que quise conjugar
entre estas teóricas y los conceptos nietzscheanos buscó construir una
posibilidad de comprender el aborto practicado por las mujeres como un acto de cuidado del propio cuerpo. Un cuidado
que no es entendido desde la pasividad, sino desde la agresividad del ejercicio
político que supuso abortar. Los cuerpos superiores femeninos, en
quienes el sistema esclavista ejerció abusos constantes y violentos de sus
cuerpos, sus embarazos, sus partos y maternidades, se erigieron en contra de
las normas sociales establecidas para cuidar de sí mismas y de su
descendencia, para imponer sus agencias, sus voluntades y sus conocimientos en
un mundo en donde sus vitalidades eran sofocadas.
Es menester aclarar que de ninguna manera quise decir que
el cuerpo superior y su cuidado agresivo fueron los efectos causales del
contexto de la esclavitud. Los presento aquí como posibilidades que allí pudieron
emerger. Los conceptos nietzscheanos no bastan para explicar y aprehender en su
totalidad tal situación de los cuerpos femeninos, pero sí creo que pueden abrir
perspectivas y visibilizar el fenómeno enfatizando en la voluntad de poder y
de vida de las mujeres, en su voluntad de existir en el mundo. Con ellos se
puede abrir paso a otras formas de entender las diversas historias de las
mujeres, así como ellos pueden reinterpretarse a la luz de estas historias.
A este respecto, pienso que la lectura aquí propuesta podría
ampliar su reflexión e, incluso, ponerse en discusión con los feminismos
decoloniales latinoamericanos dentro de los cuales, como lo recuerda Curiel
(2007):
(…) las afrolatinas y caribeñas también han analizado cómo la visión de
los estudios de las mujeres en la época colonial ha estado atravesada por una mirada
colonialista y occidental, al ser las mujeres reducidas a sus roles de
reproductoras de esclavos, madres de leche o como objeto sexual de los amos, o
a lo sumo, estudiadas como fuerza de trabajo en el sistema esclavista. (p. 98)
Asimismo,
sería interesante pensar cómo esta lectura puede plantearse o no para las
diversas vivencias que tuvieron los cuerpos femeninos sometidos a la esclavitud
colonial, una diversidad que no se abarcó en este escrito, pero que es
importante tener en cuenta. Preguntarse, por ejemplo, por cómo se podrían
conjugar los conceptos de Leib, de cuerpo
superior y de cuidado agresivo con la experiencia de esclavitud de las
mujeres indígenas en la época colonial en Guatemala (Cumes, 2020) sería
enriquecedor para ampliar y debatir la interpretación propuesta. Así como
implicaría un ejercicio político y epistémico importante interrogarse por cómo
la resignificación de estos conceptos puede visibilizar o reinterpretar las
formas de resistencia que hoy en día se están gestando en torno a las
imposiciones coloniales sobre la maternidad, el aborto y el cuerpo Leib femenino.
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[1]
Universidad Externado de Colombia, Colombia. Correo electrónico:
jennifer.aleman@est.uexternado.edu.co
[2] Esther Pineda G. (2021) da cuenta
de que, en cuanto a la trata de personas provenientes de África y la
esclavitud, estas tuvieron lugar en toda América. No obstante, la autora afirma
que hubo algunos países de la región que recibieron más población africana para
explotar, principalmente aquellos con mejor acceso marítimo desde África, como
Brasil, Colombia, Venezuela y las Islas del Caribe como Cuba y Puerto Rico.
[3] Empero, es menester remarcar que la
esclavitud se manifestó de manera diversa en la región que estoy abordando y
que las vivencias de las mujeres presentaron diferencias importantes que aquí
no se trabajarán. Un contexto que no se aborda en este escrito, pero que creo
necesario recalcar es el que precisa la autora Aura Cumes (2020), quien estudia
el proceso colonial desde la experiencia de las mujeres indígenas bajo el
colonialismo en Guatemala. A partir de su análisis histórico y antropológico
demuestra que, en la época colonial se dio una jerarquización racial acentuada
en el territorio estudiado, en donde la población negra, mujeres y hombres,
presentaban mayores privilegios sobre los indígenas. En particular, la autora
precisa que la mujer indígena estaba en el nivel más bajo de la jerarquía
racial y estuvo sometida a la esclavitud tanto en el espacio doméstico del
colonizador, como en el espacio del trabajo productivo, construyendo así una
identidad histórica que aún en la actualidad se va a seguir teniendo de la
mujer indígena en el país en cuestión.
[4]
Es importante precisar acá que, para promover el embarazo en las mujeres, unos
amos recurrían al matrimonio entre esclavos, mientras que otros tenían
relaciones sexuales no consensuadas con aquellas mujeres para procrear más mano
de obra (Sarmiento Ramírez y González Blanco, 2022).
[5]
No sobra recalcar que, según comentan Sarmiento Ramírez y González Blanco
(2022), los castigos infligidos a las mujeres embarazadas bajaron
exponencialmente luego de la falta de aprovisionamiento de esclavos. Por lo
que, las embarazadas pudieron haber recibido menores castigos y hasta mejores
tratos en esos momentos.
[6]
Al igual que las mujeres de las que hablan los estudios citados, la autora Aura
Cumes (2019) declara que la vida reproductiva de las mujeres indígenas en lo
que ahora se conoce como Guatemala tampoco ocurría en condiciones favorables.
Las mujeres indígenas eran también separadas de sus hijos o raptadas de manera
masiva para criar hijos ajenos.
[7]
La autora Ochy Curiel (2007) nos recuerda que existieron diversas formas en que
las mujeres se resistieron a la esclavitud. Pone de ejemplo el estudio de la
dominicana Celsa Albert, quien denomina cimarronaje doméstico a las formas
cotidianas de protesta y resistencia de las mujeres, dentro de las cuales
estuvo el desperdicio de productos domésticos, los abortos autoinducidos, entre
otros, que se han llamado “operaciones tortuga” en las Casas Grandes de los
amos. Además, Curiel (2007) afirma que las mujeres también tenían formas
radicales y arriesgadas para salirse de la realidad esclavista, como las diversas
fugas de mujeres de varias edades y naciones.
[8]
Para la época colonial aquí analizada, el aborto era asumido en las bases
jurídicas como “[...] la expulsión provocada y premeditada del producto de la
concepción, antes del término natural de la preñez” (Escriche, 1874, p.112).
Asimismo, se entendía que existía el aborto natural o espontáneo y el
voluntario o provocado: “el primero es efecto de la acción de causas
predisponentes o determinantes que obran por sí mismas, independientemente de
la voluntad o intención de persona alguna: y el segundo es efecto de algún
medicamento que se tomó o de alguna operación que se hizo con el objeto de
procurarlo”. (Escriche, 1874, p.112). En este caso preciso, me refiero al
aborto provocado.
[9]
La obra aquí descrita se puede encontrar en el siguiente enlace:
https://www.joscelyngardner.org/creole-portraits-iii
[10]
La autora Ngo Mbeb (2023) precisa que muchas mujeres, a partir del aborto,
querían evitar que sus descendientes vivenciaran la misma vida de esclavitud,
sufrimiento y explotación.
[11]
Es menester aclarar que no anulo la posibilidad de que el cuerpo superior se
manifieste de otras formas, diferentes a la práctica del aborto. Durante el
periodo trabajado hubo otras prácticas de resistencia que bien pueden
interpretarse también bajo los conceptos nietzscheanos trabajados.