DESEO LÉSBICO: RESISTENCIA FRENTE AL HETEROPATRIARCADO

 

LESBIAN DESIRE: RESISTENCE AGIANST HETEROPATRIARCHY

 

Jazmín Azucena Meda Martínez[1]

Mitzi Ariadna Torres Venegas[2]

 

DOI: https://doi.org/10.32870/lv.v7i64.8437

 

Este texto nace como una extensión de una serie de pláticas y acercamientos que se fueron tejiendo con el tiempo. Como mujeres lesbianas e investigadoras, tuvimos la fortuna de coincidir en el espacio académico de los Estudios de Género, y en este encuentro descubrimos la necesidad de hacer eco sobre una vivencia en común: el placer lésbico. Lo que escribimos parte desde nuestras propias experiencias, que aunque distintas, consiguen encontrarse en este ejercicio reflexivo en torno al gozo.

Creemos que para reconocerse, primero hay que situarse. Para mí, Jazmín, el nombrarme como lesbiana surgió después de un acercamiento transformador hacia la teoría feminista durante mis últimos años de universidad. Esa mirada crítica me acercó también a conocer la experiencia de otras mujeres que hacían manifiesto su deseo por otras mujeres. Mirarme en ese espejo me devolvió una imagen completa de mis propias emociones que me permitió reunir la valentía para elegir vivirlas con dignidad. Por mi parte, Mitzi Ariadna, reconocerme, nombrarme, buscar y habitar una comunidad lésbica representa la mitad de mi vida. Identificarme como lesbiana feminista me ofrece un marco desde el cual comprenderme, nombrarme y situar mi deseo. Realizar este apartado desde la autenticidad nos da la posibilidad para expresar lo que muchas sentimos y que quisiéramos compartir.

A continuación, buscamos ahondar en lo que consideramos que configura el placer de establecer relaciones sexuales y afectivas con otras mujeres, y en la potencia transformadora que encierra ese acto. Desde nuestra perspectiva, el deseo lésbico opera como un mecanismo de resistencia al transformar el cuerpo de las mujeres en territorios de acción política. Partimos de la premisa de que la existencia lésbica no solo representa una orientación sexual, sino una posición política que cuestiona los fundamentos mismos del sistema patriarcal. A través de la reflexión sobre las prácticas cotidianas de las lesbianas, exploramos tres dimensiones centrales: la constitución del cuerpo como territorio político, la construcción de una erótica lésbica, y el uso de códigos culturales como herramientas de resistencia.

 

El cuerpo lésbico como territorio político

Reconocerse como mujer que ama y desea a otras mujeres implica un acto de rebeldía íntima frente a los mandatos sociales que dictan domesticar los deseos en función del aparato capitalista y patriarcal. Esta insumisión no siempre se declama en discursos, también habita lo cotidiano: en el acto de tomarse de la mano en público, de mirarse amorosamente en una reunión, de que resulte evidente la existencia de una unión entre dos mujeres. Estos gestos constituyen una serie de actos que, aun cuando no partan de una conciencia política explícita, desafían el régimen heterosexual dominante.

Este deseo lésbico se constituye en esencia como un acto de desobediencia, se trata de una clara deserción del deseo orientado hacia los varones. Por el contrario, se aleja de ellos, y con él, los cuerpos de las mujeres se alejan de una naturalización de la feminidad heterosexual que oculta su carácter construido e impuesto (Wittig, 2006). Así, el cuerpo de las mujeres desde la existencia lésbica se convierte en un campo de resistencia, un territorio político, donde los estímulos, las caricias y las agitaciones confrontan los veredictos establecidos sobre la corporalidad en los marcos dominantes.

Es importante destacar que nosotras consideramos que esta dimensión política no debe ser entendida de manera uniforme, ya que no depende de una apariencia dada o de la adopción de prácticas generizadas o tradicionalmente entendidas como “femeninas o masculinas” sobre el cuerpo. Una mujer que rechaza las reglas de la belleza patriarcal, que no se maquilla, lleva el pelo corto o el vello corporal crecido, encarna una resistencia visible y legible. Sin embargo, las lesbianas que adoptan una apariencia feminizada no dejan de ser políticas, puesto que se sustraen del contrato heterosexual que implica ponerse al servicio o disponibilidad de los varones. El acto íntimo y público de orientar la vida afectiva y erótica lejos del centro heterosexual que el sistema patriarcal le ha asignado, es más bien la parte fundamental de esa desobediencia.

 

Erótica lésbica: placer más allá de la reproducción y el falocentrismo

Si el heteropatriarcado como sistema político sexual (Jeffreys, 1996) define la sexualidad femenina en función de la reproducción y como instrumento para el placer masculino, el deseo lésbico propone una erótica radicalmente distinta que se desvincula de cualquiera de estos mandatos. Paradójicamente, las limitaciones del placer lésbico, al quedar fuera la reproducción y la aprobación moral, se convierten en sus propias potencialidades: un placer infinitamente insubordinado. En este espacio, los atributos sexuales del falocentrismo (Braidotti, 2004) pierden sus imposiciones más dictatoriales. Lo que toma un lugar primordial es la capacidad de compartir con la otra, que a su vez, es una igual.

Esto nos lleva a una pregunta fundamental: ¿para quién es el placer? Desde la heterosexualidad, este ha sido definido en función del placer masculino, cuyo erotismo está asociado a la dominación y al sometimiento de las mujeres. En las relaciones lésbicas, el placer es necesariamente un acto constante de consenso: ambas mujeres deben participar para obtener ese placer, pero más que obtenerlo como si se tratara de una conquista, se trata de compartirlo. Es a partir de ahí donde se construye el erotismo lésbico: al compartir placer con otra mujer, provocar placer en la otra, recibir placer de la otra, en un ciclo casi interminable donde incluso el final es un consenso entre ambas. No lo determina una eyaculación masculina, sino la voluntad compartida de dos cuerpos que se han entregado hasta llegar a un agotamiento gozoso. Una erótica basada en la mutualidad y no en la desigualdad.

En este sentido, el placer lésbico, al no tratarse de un mandato u obligación, se convierte en una ceremonia de disfrute. Una mujer se comparte en la intimidad con otra porque ambas se desean desde un erotismo centrado en el acto de sentir y de explorar la capacidad de crear sensaciones placenteras en la otra. No se trata de prestar el cuerpo para fines ajenos, sino de participar de manera presente en lo que encontramos deleitable. Así, el intercambio íntimo que surge entre dos mujeres que se dejan llevar por el goce mutuo del que sus cuerpos son capaces de crear, genera un tipo de placer que transforma las fronteras físicas en un horizonte reivindicativo para el cuerpo de las mujeres. De ahí que el placer lésbico se construya como un entramado inagotable en el que se entrelazan las experiencias de cada una de las mujeres que se atreven a poner en práctica las oportunidades del gozo con otra mujer.

 

Humor, jerga y códigos: herramientas de resistencia en comunidad

La resistencia lésbica también se hace presente en los códigos que se tejen para la identificación de otras mujeres con quienes establecer una experiencia común, para situarnos juntas en un punto único en el mundo. Compartir las experiencias difíciles, así como las placenteras, a través del humor, posibilita el establecimiento de lazos entre lesbianas que llevan nuestras experiencias de rebeldía a los espacios más cotidianos.

La incomprensión patriarcal de las relaciones sexuales lésbicas, y su consecuente ridiculización, incluso puede convertirse en pauta para resignificar las prácticas que únicamente las lesbianas conocemos a profundidad. Muchos adjetivos nos han calificado negativamente para señalarnos como algo diferente o anormal, sin embargo, consideramos que las lesbianas hemos sido expertas en la resignificación como herramienta de resistencia colectiva para demostrar que, efectivamente, nuestra sexualidad se define por ser diferente e inapropiable para el régimen heterosexual. Por lo tanto, restituir los símbolos y representaciones resulta fundamental para desafiar a todo un sistema desde la complicidad y las alegrías lésbicas.

Un ejemplo paradigmático es la representación de las relaciones sexuales lésbicas con las tijeras o el tijereo. Independientemente de que su práctica sea generalizada o no, esta representación constituye algo completamente ajeno a las relaciones heterosexuales porque no implica, refiere, ni conlleva una penetración. Las “tijeras” cortan la idea de una relación sexual desde la sumisión o la dominación. Aunque algunas lesbianas rechazan la asociación de sus relaciones sexuales con el tijereo”, argumentando que podrá ser algo poco común para ellas, estos comentarios reflejan el rechazo a sentirse invalidadas, no la invalidez política del símbolo. Lo cierto es que la consigna del tijereoconstituye un alejamiento de las prácticas sexuales normalizadas, aquellas que se pueden realizar desde la heterosexualidad. El sexo oral y la penetración, entre otras prácticas, pueden ser realizados por ambos sexos, pero el tijereoes algo identificado exclusivamente con nuestro propio placer lésbico. Por esta razón, representa la especificidad y autonomía de la sexualidad lésbica frente al régimen heterosexual. En este sentido, el placer lésbico no solo se restringe al placer de la experiencia sexual, sino que abarca también el placer de sentirse acompañada junto a otras tantas que desafían, a su manera y cotidianamente, las presiones de la jaula heterosexual.

 

Bibliografía

Braidotti, R. (2004). Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nómade. Gedisa.

Jeffreys, S. (1996). La herejía lesbiana. Una perspectiva feminista de la revolución sexual lesbiana. Cátedra.

Wittig, M. (2006). El pensamiento heterosexual y otros ensayos. Egales.



[1] Universidad de Guadalajara, México. Correo electrónico: medajazminm@gmail.com

[2] Universidad de Guadalajara, México. Correo electrónico: mitziariadna12@gmail.com